Muchos médicos aprovechan
la credibilidad de su profesión para hacer jugosos negocios,
pero en riesgo la vida de sus pacientes. La fraudulenta
intervención de la cantante Alejandra Guzmán y la venta
de la bebé de Vanessa Castillo Guzmán deshonran la profesión.
Desde rasgos de comunicación no verbal que pudieran parecer
inocuos, como los prolongados tiempos de espera en un consultorio
o las miradas o tonos despreciativos con los que un médico
atiende a un paciente, hasta rotundos actos delincuenciales
que pueden, en cuestión de segundos, condenar al sacrificio
y frustración perennes a inocentes o a cortar la vida de
cuajo a quienes pudieron haberla conservado, conforman una
gama amplia de situaciones anómalas que ciertos doctores
transforman en oportunidades para buscar su propio beneficio.
Cirugía excesiva e inapropiada, mal uso de antibióticos
y otros medicamentos, falta de seguimiento del caso, atención
no coordinada, duplicación de servicios o terapias en conflicto,
además de otros muchos problemas.

Alejandra Guzmán
En malas manos
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Luego de conocer los casos de los doctores
Jeremías Flores Felipe y Alfredo Ortiz Rosas vinculados,
respectivamente, a la fraudulenta intervención quirúrgica
de la cantante Alejandra Guzmán y a la venta de la bebé
de Vanessa Castillo Guzmán, queda claro que el crimen organizado,
a través de sus diferentes modalidades, nos va cercando
cada vez más.
Ambas historias presentan a profesionistas de la salud que
aprovecharon la imagen positiva que generalmente se tiene
de los médicos y de la credibilidad y gratitud que les otorgamos
per se porque están dedicados a velar por nuestro bienestar
integral. En este sentido, otras profesiones, pese a que,
en esencia, se supone defienden el bien común, son evaluadas
con parámetros contrarios. El político, el abogado y el
policía, por ejemplo, son tres de las más representativas
muestras con sus respectivas excepciones.
Si bien historias de galenos corruptos e incompetentes siempre
han existido (quién no tiene ubicados a unos cuantos por
experiencia propia; yo, al menos, recuerdo de inmediato
a una decena en Coahuila de comportamiento deleznable, así
como otros más de intachable reputación), la manera en que
se presentaron los hechos en los casos citados; las particulares
características de las personas involucradas; la forma en
que la autoridad dio respuesta a ambos delitos; y el seguimiento
dado por los medios de comunicación invitan a reflexionar
sobre las estrategias de acción emergentes de otros profesionales
en el actual contexto de violencia potenciada que puede
llevarlos a delinquir.
Conductas sancionables
En el intento de buscar algunos referentes para comprender
varios porqués de conductas sancionables en médicos, di
con una voluminosa compilación titulada Manual de sociología
médica a cargo de Howard E. Freeman, Sol Levine y Leo G.
Reeder, publicado dentro de la Biblioteca de la Salud por
la Secretaría de Salud y el Fondo de Cultura Económica (México,
1998, primera edición en español de la primera en inglés).
De esta fuente, cito tres fragmentos útiles para la comprensión
de la relación desigual que se da entre doctores y pacientes,
terreno fértil para el ejercicio del autoritarismo. Desde
rasgos de comunicación no verbal que pudieran parecer inocuos,
como los prolongados tiempos de espera en un consultorio
o las miradas o tonos despreciativos con los que un médico
atiende a un paciente, hasta rotundos actos delincuenciales
que pueden, en cuestión de segundos, condenar al sacrificio
y frustración perennes a inocentes o cortar la vida de cuajo
a quienes pudieron haberla conservado, conforman una gama
amplia de situaciones anómalas que ciertos doctores transforman
en oportunidades para buscar su propio beneficio.
En el capítulo IX titulado “Los médicos”, David Mechanic
sostiene lo siguiente: “Muchos estudios sugieren que la
práctica médica ha caído considerablemente por debajo de
las normas enseñadas en las escuelas de medicina, como también
lo sugieren estudios del desempeño, incluso en hospitales
de enseñanza. Cirugía excesiva e inapropiada, mal uso de
antibióticos y otros medicamentos, falta de seguimiento
del caso, atención no coordinada, duplicación de servicios
o terapias en conflicto, además de otros muchos problemas.
(…) La opinión más influyente entre los médicos es que el
remedio a estos problemas está en la revisión de los colegas
y en la continuada educación. (….) Friedson (1975), que
ha estudiado la autorregulación profesional (enfocando,
sin embargo, más la atención externa que la hospitalaria),
arguye que una eficaz supervisión de los colegas es extraordinariamente
difícil porque los médicos sostienen enérgicamente los valores
de autonomía y juicio clínico como aspecto importante al
enfrentarse al caso individual; porque el desempeño real
es difícil de observar, y a causa de las ideas comúnmente
compartidas de que debe confiarse en la persona del médico
y que los errores son inevitables. Además, puesto que todos
los médicos son vulnerables a la crítica, una regla de etiqueta
consiste en proteger a nuestros colegas” (p. 261).
Seis capítulos después, en “Relaciones entre paciente y
médico”, Samuel W. Bloom y Robert N. Wilson explican varios
modelos teóricos que analizan las diferentes maneras en
que se relacionan pacientes y médicos y señalan los numerosos
estudios sociológicos que existen al respecto. De su ensayo
destacan varios párrafos: “La afirmación parsoniana de que
los papeles de ‘tratador’ y de cliente deben comprenderse
y recompensarse mutuamente no significa, en absoluto, que
practicantes y pacientes son iguales en la situación terapéutica.
Por la naturaleza del caso, se calcula que debe promoverse
algún cambio importante en la conducta del paciente: su
total estado de salud. Cuando la persona capacitada trata
de alterar la no capacidad, las partes no pueden ser más
iguales que padre e hijo o maestro y alumno: para inducir
el cambio, el agente que ayuda debe tener influencia, la
cual es generada por circunstancias básicas, especialmente
el prestigio profesional y la autoridad situacional del
agente de salud y la dependencia situacional del paciente.
(…) En la relación terapéutica la aureola de la alta categoría
es menos importante que las calificaciones técnicas específicas
del curador, que son las que le dan poder: un poder arraigado
en que tiene lo que el paciente desea y necesita. Así, hasta
el ayudante de sala de un hospital siquiátrico cuyo status
social en general puede ser considerablemente inferior al
de la mayoría de sus pacientes, en la situación concreta
de una sala está dotado de un profundo control sobre los
recursos de castigo y recompensa.
Pacientes vulnerables
Se supone que el paciente adopta una actitud pasiva y dependiente
en muchas, si no es que en todas, las interacciones del
cuidado de la salud por varias razones. La existencia misma
de la relación se basa en que el paciente ignora lo que
sabe quien lo trata. Además, el experto en prestar cualquier
servicio tiene cierta iniciativa: hasta un muchacho limpiabotas
dice al cliente cómo debe colocar sus pies. Sin embargo,
mucho más importante es la vulnerabilidad social y sicológica
de una persona que se ha definido a sí misma, o que ha sido
definida por otra, como enferma. Cualquier enfermedad, desde
el daño traumático hasta la siconeurosis, parece fomentar
la regresión del paciente en cierto grado al papel del niño
dependiente. Hay propiedades al estar enfermo que amenazan
la integridad de la persona. El que adopta el papel de enfermo,
por cualquier razón, se siente al menos temporalmente incompleto,
debilitado, expuesto al miedo. La amenaza de la enfermedad
física le priva de sus defensas ‘normales’ haciéndole más
frágil y pueril” (pp.376-377).

Vanessa Castillo
Con su bebé, vendida al nacer
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Finalmente, Eliot Freidson, en el capítulo XV, “La organización
de la práctica médica”, cita un fragmento de la obra de
Illich, importante recordatorio de la misión de los doctores
británicos y estadounidenses hasta aquí referidos, así como
de los de cualquier territorio. Pero, de manera especial,
el mensaje queda subrayado para quienes ejercen en países
donde el tercermundismo puede detonar con mayor facilidad
conductas que deterioran el ejercicio médico de manera más
repetida y flagrante: “La atención médica es más que la
aplicación de técnica en la producción de algún resultado
físico mensurable. Incluye dar servicio a seres humanos,
y no es posible evaluarla adecuadamente salvo por referencia
a lo que se hace para beneficiar a esos seres humanos: beneficiar
no sólo sus cuerpos, sino también su humanidad misma” (p.
409). E4