Nº 363 - 6 de octubre de 2009
 
 
 
 
 
 

La relación entre doctores y pacientes es desigual
y el terreno fértil para el autoritarismo

¿Errores Inevitables? Médicos sin cura

Renata Chapa

La medicina mercantil incurre no sólo en cirugías excesivas e inapropiadas y en el uso inconveniente de antibióticos y otros fármacos, sino también en prácticas deleznables. Lo confirma el caso de Alejandra Guzmán y la venta de una recién nacida

Muchos médicos aprovechan la credibilidad de su profesión para hacer jugosos negocios, pero en riesgo la vida de sus pacientes. La fraudulenta intervención de la cantante Alejandra Guzmán y la venta de la bebé de Vanessa Castillo Guzmán deshonran la profesión.
Desde rasgos de comunicación no verbal que pudieran parecer inocuos, como los prolongados tiempos de espera en un consultorio o las miradas o tonos despreciativos con los que un médico atiende a un paciente, hasta rotundos actos delincuenciales que pueden, en cuestión de segundos, condenar al sacrificio y frustración perennes a inocentes o a cortar la vida de cuajo a quienes pudieron haberla conservado, conforman una gama amplia de situaciones anómalas que ciertos doctores transforman en oportunidades para buscar su propio beneficio.
Cirugía excesiva e inapropiada, mal uso de antibióticos y otros medicamentos, falta de seguimiento del caso, atención no coordinada, duplicación de servicios o terapias en conflicto, además de otros muchos problemas.


Alejandra Guzmán
En malas manos

Luego de conocer los casos de los doctores Jeremías Flores Felipe y Alfredo Ortiz Rosas vinculados, respectivamente, a la fraudulenta intervención quirúrgica de la cantante Alejandra Guzmán y a la venta de la bebé de Vanessa Castillo Guzmán, queda claro que el crimen organizado, a través de sus diferentes modalidades, nos va cercando cada vez más.
Ambas historias presentan a profesionistas de la salud que aprovecharon la imagen positiva que generalmente se tiene de los médicos y de la credibilidad y gratitud que les otorgamos per se porque están dedicados a velar por nuestro bienestar integral. En este sentido, otras profesiones, pese a que, en esencia, se supone defienden el bien común, son evaluadas con parámetros contrarios. El político, el abogado y el policía, por ejemplo, son tres de las más representativas muestras con sus respectivas excepciones.
Si bien historias de galenos corruptos e incompetentes siempre han existido (quién no tiene ubicados a unos cuantos por experiencia propia; yo, al menos, recuerdo de inmediato a una decena en Coahuila de comportamiento deleznable, así como otros más de intachable reputación), la manera en que se presentaron los hechos en los casos citados; las particulares características de las personas involucradas; la forma en que la autoridad dio respuesta a ambos delitos; y el seguimiento dado por los medios de comunicación invitan a reflexionar sobre las estrategias de acción emergentes de otros profesionales en el actual contexto de violencia potenciada que puede llevarlos a delinquir.

Conductas sancionables
En el intento de buscar algunos referentes para comprender varios porqués de conductas sancionables en médicos, di con una voluminosa compilación titulada Manual de sociología médica a cargo de Howard E. Freeman, Sol Levine y Leo G. Reeder, publicado dentro de la Biblioteca de la Salud por la Secretaría de Salud y el Fondo de Cultura Económica (México, 1998, primera edición en español de la primera en inglés).
De esta fuente, cito tres fragmentos útiles para la comprensión de la relación desigual que se da entre doctores y pacientes, terreno fértil para el ejercicio del autoritarismo. Desde rasgos de comunicación no verbal que pudieran parecer inocuos, como los prolongados tiempos de espera en un consultorio o las miradas o tonos despreciativos con los que un médico atiende a un paciente, hasta rotundos actos delincuenciales que pueden, en cuestión de segundos, condenar al sacrificio y frustración perennes a inocentes o cortar la vida de cuajo a quienes pudieron haberla conservado, conforman una gama amplia de situaciones anómalas que ciertos doctores transforman en oportunidades para buscar su propio beneficio.
En el capítulo IX titulado “Los médicos”, David Mechanic sostiene lo siguiente: “Muchos estudios sugieren que la práctica médica ha caído considerablemente por debajo de las normas enseñadas en las escuelas de medicina, como también lo sugieren estudios del desempeño, incluso en hospitales de enseñanza. Cirugía excesiva e inapropiada, mal uso de antibióticos y otros medicamentos, falta de seguimiento del caso, atención no coordinada, duplicación de servicios o terapias en conflicto, además de otros muchos problemas. (…) La opinión más influyente entre los médicos es que el remedio a estos problemas está en la revisión de los colegas y en la continuada educación. (….) Friedson (1975), que ha estudiado la autorregulación profesional (enfocando, sin embargo, más la atención externa que la hospitalaria), arguye que una eficaz supervisión de los colegas es extraordinariamente difícil porque los médicos sostienen enérgicamente los valores de autonomía y juicio clínico como aspecto importante al enfrentarse al caso individual; porque el desempeño real es difícil de observar, y a causa de las ideas comúnmente compartidas de que debe confiarse en la persona del médico y que los errores son inevitables. Además, puesto que todos los médicos son vulnerables a la crítica, una regla de etiqueta consiste en proteger a nuestros colegas” (p. 261).
Seis capítulos después, en “Relaciones entre paciente y médico”, Samuel W. Bloom y Robert N. Wilson explican varios modelos teóricos que analizan las diferentes maneras en que se relacionan pacientes y médicos y señalan los numerosos estudios sociológicos que existen al respecto. De su ensayo destacan varios párrafos: “La afirmación parsoniana de que los papeles de ‘tratador’ y de cliente deben comprenderse y recompensarse mutuamente no significa, en absoluto, que practicantes y pacientes son iguales en la situación terapéutica. Por la naturaleza del caso, se calcula que debe promoverse algún cambio importante en la conducta del paciente: su total estado de salud. Cuando la persona capacitada trata de alterar la no capacidad, las partes no pueden ser más iguales que padre e hijo o maestro y alumno: para inducir el cambio, el agente que ayuda debe tener influencia, la cual es generada por circunstancias básicas, especialmente el prestigio profesional y la autoridad situacional del agente de salud y la dependencia situacional del paciente. (…) En la relación terapéutica la aureola de la alta categoría es menos importante que las calificaciones técnicas específicas del curador, que son las que le dan poder: un poder arraigado en que tiene lo que el paciente desea y necesita. Así, hasta el ayudante de sala de un hospital siquiátrico cuyo status social en general puede ser considerablemente inferior al de la mayoría de sus pacientes, en la situación concreta de una sala está dotado de un profundo control sobre los recursos de castigo y recompensa.

Pacientes vulnerables
Se supone que el paciente adopta una actitud pasiva y dependiente en muchas, si no es que en todas, las interacciones del cuidado de la salud por varias razones. La existencia misma de la relación se basa en que el paciente ignora lo que sabe quien lo trata. Además, el experto en prestar cualquier servicio tiene cierta iniciativa: hasta un muchacho limpiabotas dice al cliente cómo debe colocar sus pies. Sin embargo, mucho más importante es la vulnerabilidad social y sicológica de una persona que se ha definido a sí misma, o que ha sido definida por otra, como enferma. Cualquier enfermedad, desde el daño traumático hasta la siconeurosis, parece fomentar la regresión del paciente en cierto grado al papel del niño dependiente. Hay propiedades al estar enfermo que amenazan la integridad de la persona. El que adopta el papel de enfermo, por cualquier razón, se siente al menos temporalmente incompleto, debilitado, expuesto al miedo. La amenaza de la enfermedad física le priva de sus defensas ‘normales’ haciéndole más frágil y pueril” (pp.376-377).


Vanessa Castillo
Con su bebé, vendida al nacer


Finalmente, Eliot Freidson, en el capítulo XV, “La organización de la práctica médica”, cita un fragmento de la obra de Illich, importante recordatorio de la misión de los doctores británicos y estadounidenses hasta aquí referidos, así como de los de cualquier territorio. Pero, de manera especial, el mensaje queda subrayado para quienes ejercen en países donde el tercermundismo puede detonar con mayor facilidad conductas que deterioran el ejercicio médico de manera más repetida y flagrante: “La atención médica es más que la aplicación de técnica en la producción de algún resultado físico mensurable. Incluye dar servicio a seres humanos, y no es posible evaluarla adecuadamente salvo por referencia a lo que se hace para beneficiar a esos seres humanos: beneficiar no sólo sus cuerpos, sino también su humanidad misma” (p. 409). E4

 
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