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Fuegos artificiales,
esplendor, show y… caos. Adentro del estadio, la fiesta de
inauguración del Territorio Santos no tuvo nada que envidiarle
a eventos del primer mundo. Asistieron el presiente Felipe
Calderón, el gobernador Humberto Moreira y directivos del
Grupo Modelo, Lala, Soriana y Peñoles.
Afuera, la afición rebasó las expectativas de la directiva
y de las autoridades y se hizo el caos vial y en los accesos
al inmueble. El operativo de vigilancia fracasó. El embotellamiento
fue tal que al filo de las cinco de la tarde el director de
Seguridad Pública, Karlo Castillo, dirigió la circulación
a la entrada del estadio. Intento vano.
La situación se complicó por los operativos de revisión de
la Policía Federal, los vehículos de proveedores, los curiosos
y el personal de la Junta de Mejoras Materiales, del municipio
y de la empresa PASA, que se realizó trabajos de limpieza
de última hora en la carretera a Torreón-San Pedro. La ausencia
de agentes de tránsito provocó un cuello de botella en el
entronque La Unión-La Partida.
Las entradas al TSL resultaron insuficientes. El desorden
y el enojo del público se instalaron en primera fila. La fiesta,
sin embargo, transcurrió en paz.
A pesar de los silbidos y abucheos del público —quizás por
el fuerte dispositivo de seguridad impuesto por el Estado
Mayor Presidencial, al que debió someterse—, Felipe Calderón
inauguró el nuevo estadio junto a figuras como el presidente
de la FIFA, Joseph Blatter, y Edson Arantes do Nascimento
“Pelé”. Ambos coincidieron que el TSM es una inspiración para
el mundo y un sinónimo de modernidad.
En su discurso, dado desde uno de los palcos, el presidente
dijo ante treinta mil personas que el estadio se abría “para
la alegría, humildad y éxito del equipo Santos y la afición”.
El presidente del consejo de administración del Grupo Modelo,
Carlos Fernández; el presidente del Club Santos Laguna, Alejandro
Irraragorri; el gobernador de Humberto Moreira y el alcalde
de Torreón, José Ángel Pérez —también abucheado—, acompañaron
al Ejecutivo federal.
Antes del partido inaugural entre el Santos Laguna y el Santos
de Brasil, el cantante Ricky Martin dio un concierto y luego
se desplegó un show pirotécnico con coreografías que aludieron
al origen de la región.
La Laguna tiene sobrados motivos para estar de fiesta. El
Territorio Santos Modelo se toma con el principio del nuevo
empuje que necesita la región, una de las más castigadas por
el desempleo y la delincuencia… y los malos gobiernos. E4
Calderón
divide opiniones;
Pérez las unifica en contra
Gerardo Hernández G. |
Ningún termómetro
tan exacto para medir el ánimo social que la arena, el estadio,
el coliseo, a donde el público asiste con su dinero y por
sus propios medios. Ningún evasor de la realidad tan eficaz
que el espectáculo, el opio del fútbol: a falta de pan, circo
en mayores dosis. Ningún artificio más burdo que el acarreo
político, la porra estridente en ceremonias donde, además
de ocioso, resulta del peor gusto. Ninguna ostentación o alarde
más efímeros que su contraste con un entorno que lo contradice
y desmiente.
El Nuevo Territorio Santos Laguna ajustó cuentas viejas y
nuevas. El presidente Calderón dividió opiniones cuando apareció
en las pantallas del estadio para declararlo inaugurado. Igual
de fragmentado fue el voto que lo instaló en Los Pinos. Con
el agravante de una recesión que le impedirá cumplir sus promesas
de empleo, bienestar, crecimiento y seguridad; y un Congreso
donde el interés nacional es pecata minuta. Es el de los partidos
y el propio, sin cuestión, el que mueve a los legisladores.
El presidente empató en aplausos y reproches.
La rechifla de la noche fría del 11 de noviembre —adentro
celebración, afuera anarquía, enojo por la imprevisión de
la directiva y la desidia de las autoridades de vialidad del
municipio— fue para el alcalde panista José Ángel Pérez, hombre
bien intencionado. Sin embargo, rebasado por las circunstancias,
su impericia para ejercer el poder y su genio destemplado.
Las tribunas validaron el resultado de las elecciones en las
que el PRI recuperó Torreón.
Gente de todo el estado, de otras entidades y aun del extranjero
atestiguaron la apertura de un estadio hasta ahora sin par
en la República. Sólo en Torreón, y no es jactancia, se emprenden
obras de esa magnitud. Hace poco, Arturo Gilio y Ramón Iriarte
abrieron el Coliseo del Centenario. Antes que ellos, Juan
Abusaíd construyó estadios. El impacto de este tipo de proyectos
es tan rápido como la luz, hiperbólicamente, claro: hoteles
y restaurantes hasta el tope, taxistas que no se dan abasto.
Derrama económica, pues.
Aún fascinado y con la emoción a flor de piel, el público
volvió a padecer, ahora en casa nueva, malos tratos: para
llegar al estadio, un suplicio; para estacionarse, un calvario;
para entrar, conmoción. Negligencia, torpeza, codicia, danzaron
de la mano. El espectáculo había empezado y afuera miles,
en tropel, por falta de organización y cuidado de la empresa,
eran vejados, encajonados como ganado.
El estadio no basta por sí solo. A cualquiera de su tipo de
los Estados Unidos se ingresa con facilidad y se sale con
fluidez. Miles de coches, en un abrir y cerrar de ojos, desaparecen
a los pocos minutos de terminada la función. ¿Malinchismo?
¡Pamplinas! Realismo, que es otra cosa. Los Santos y la afición
tienen nueva casa, pero no es todo. El juego inaugural registró
un aforo extraordinario, cierto. Mas si el parsimonioso Compeán
y el “democrático” Irarragorri anuncian que el Territorio
será sede mundialista, habrá que esperar futuros caos. ¿O
acaso aspiran a un estadio medio lleno? Al TSL le faltan vialidades;
a la directiva, respeto por la afición; y a las autoridades
locales, sentido de responsabilidad. No se puede exponer impunemente
a miles de aficionados de a pie o en coche. E4
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