Nº 362 - 22 de septiembre de 2009
 
 
 
 
 
 

La falta de acuerdos confirma que el problema de México, más que económico, es político

El difícil tránsito de la presidencia imperial
a la presidencia constitucional

Gerardo Hernández G.

A la mitad de su gobierno, el presidente Calderón retoma el discurso panista del cambio, esta vez “para que el sistema político genere verdadera rendición de cuentas y acuerdos que permitan avanzar al país”. La convocatoria es tardía respecto a la transición española que se hizo dos años después de la muerte de Franco; aquí, el PRI está más vivo que nunca



Cuenta regresiva. Felipe Calderón durante su mensaje en Palacio Nacional

El paso de la presidencia imperial —“metaconstitucional”, la llamó el jurista Jorge Carpizo, uno de los secretarios de Gobernación de Salinas de Gortari— a la presidencia constitucional ha sido dolorosa y, para muchos, frustrante. México permanece entrampado. La recesión mundial, originada esta vez en los Estados Unidos, tiene efectos devastadores en el crecimiento —la caída del PIB superará el siete por ciento este año—, el empleo y el bienestar de millones de familias.
El problema de México, sin embargo, es más político que económico. Pues de haberse construido acuerdos oportunos entre los tres principales partidos (PRI, PAN y PRD) en materia educativa, fiscal, energética, laboral y de Estado, el país no sería tan vulnerable ni retrocedería en las mediciones internacionales de educación, seguridad, competitividad y rendición de cuentas.

Si hubiera más políticos que supieran poesía y más poetas que entendieran la política, el mundo sería un lugar un poco mejor para vivir en él

John F. Kennedy

Lo hicieron los españoles después de Franco y los chilenos tras otra dictadura de derecha, la de Pinochet. A base de reformas estructurales y de una mejor comprensión del mundo actual, igual avanzan —y nos rebasan por la izquierda, el centro y la derecha— Brasil, Irlanda del Norte, Polonia y otros países del antiguo bloque socialista de Europa central.
El propio presidente Calderón planteó, en la décima de sus propuestas de “cambio” una reforma política de fondo (para que) entre todos revisemos las reglas y cambiemos lo que haya que cambiar, para que la política deje de ser sinónimo de conflictos y de parálisis y se convierta en un instrumento de cambio al servicio de la sociedad, para que el sistema político genere verdadera rendición de cuentas y acuerdos que permitan avanzar al país.


Paquete fiscal. La atención está puesta en la Cámara de Diputados

Equiparar el mensaje presidencial con los Pactos de la Moncloa resulta desmesurado por varias razones: 1) los acuerdos se firmaron casi al principio de la transición, en 1977, dos años después de la muerte de Franco, 2) a nueve años de la alternancia, la transición mexicana se ha limitado a un simple cambio de siglas partidistas en Los Pinos. Para la mayoría, entre el PRI y el PAN no existen grandes diferencias, 3) España se puso de acuerdo en medio de una coyuntura económica adversa, pero menos grave que la actual, y 4) en México los tabúes del nacionalismo y la privatización impiden abrir la inversión privada en Pemex.
Frente al agotamiento de las reservas petrolíferas, la caída de la producción, el desplome de los precios y la competencia de los biocombustibles, el dogma impera: Pemex pertenece a los mexicanos y debe mantenerse alejado de manos inescrupulosas, como si en el presente y en el pasado no lo hubiera estado. Doctrina inmutable aunque la paraestatal sea un barril sin fondo, pierda miles de millones de pesos anuales por el robo de gasolinas —impune, la mayoría de las veces, por “no ser delito grave”— y su riqueza haya servido históricamente para llenar las alforjas de directivos, burócratas y líderes del sindicato petrolero.

El político piensa en la próxima elección; el estadista, en la próxima generación

Otto von Bismarck

Acusado de transferir más de mil millones de pesos al sindicato de Pemex, los cuales habrían sido triangulados después a la campaña presidencial de Francisco Labastida, el ex director de la petrolera, Rogelio Montemayor fue inhabilitado veinte años del servicio público. Penalmente se le exoneró.
Ahora mismo se discute la responsabilidad de otro coahuilense, el panista Rosendo Villarreal, en la Dirección Corporativa de Pemex, de la cual fue separado el 4 de septiembre en medio de un escándalo por el robo de combustibles. El periodista Miguel Badillo publicó en su columna “Oficio de papel” del 21 de julio de 2008:
Qué tan rentable debe ser el negocio de la comercialización de gasolina que Rosendo Villarreal Dávila, director corporativo de Administración de Pemex, también enfrenta un conflicto de interés similar, con la única diferencia, mas no atenuante, que Villarreal Dávila no participa en las reuniones del Consejo de Administración de Pemex. Sin embargo, aunque el gobierno federal se las arregla para evitar sancionar a sus servidores públicos que se enriquecen con contratos gubernamentales, moralmente han sido juzgados por la sociedad que los ha encontrado culpables.
Por ello se ha considerado a Pemex como “la caja chica” de los gobiernos de turno. Otra parte de los ingresos que genera se derraman en los estados y municipios, por lo regular para solventar sueldos y gastos de administración. De ahí la resistencia para asociar a la paraestatal con capitales privados de México y otros países.
Sin embargo, a la hora de malbaratar industrias y servicios que en otro tiempo también fueron “estratégicos” —Altos Hornos, Telmex, Fertimex, Canal 13, Ferrocarriles y bancos—, muchos de quienes desde el Congreso y fuera de él se oponen a la apertura de Pemex, prefirieron mirar hacia otro lado. Salinas reinaba y gobernaba.
Justamente sobre el poder, sus perversiones y prevaricaciones, Vargas Llosa —capaz de sacar de sus casillas al dictador o déspota más ampuloso y pendenciero, como lo demostró en mayo en las barbas del venezolano Hugo Chávez—, dice en El pez en el agua:

El verdadero progreso democrático
no consiste en rebajar la élite al nivel de la plebe, sino en elevar la plebe a la élite

Gustave Le Bon

El poder me inspiró desconfianza, incluso en mi juventud revolucionaria. Y siempre me pareció una de las funciones más importantes de mi vocación, la literatura, ser una forma de resistencia al poder, una actividad desde la cual todos los poderes podían ser permanentemente cuestionados, ya que la buena literatura muestra las insuficiencias de la vida, la limitación de todo poder para colmar las aspiraciones humanas. Es esa desconfianza hacia el poder, además de mi alergia biológica a cualquier forma de dictadura, lo que, a partir de los años sesenta, me había hecho atractivo el pensamiento liberal, de un Raymond Aron, un Popper y de un Hayek, de Friedman o de Nozik, empeñado en defender al individuo contra el Estado, en descentralizar el poder pulverizándolo en poderes particulares que se contrapesen unos a otros y en transferir a la sociedad civil las responsabilidades económicas, sociales e institucionales en vez de concentrarlas en la cúpula.
Mientras Vargas Llosa recorre el mundo cual profeta, su rival en las urnas, Alberto Fujimori, purga una condena de veinticinco años como autor intelectual de las ejecuciones en Barrios Altos (1991) y La Cantuta (1992), cometidas por escuadrones de la muerte. E4

Tres premios Nobel, en 13 años,
acreditan a México en el mundo

La carga histórica y la incapacidad política impiden que la democracia en nuestro país se consolide; un par de bufones no son insignia


Premios Nobel. Alfonso García, Octavio Paz y Mario Molina

La democracia mexicana no termina de cuajar, entre otras causas por la herencia del partido hegemónico (PRI) que gobernó al país de 1930 a 2000 —setenta años contra cincuenta y cuatro que el Partido Liberal Demócrata de Japón ostentó el poder—, la incapacidad de la derecha (PAN) y la izquierda (PRD) para generar cambios profundos y a mayor velocidad, pero también debido al espíritu autodestructivo y flagelante que distingue a un pueblo influido por el mito y la resistencia a la grandeza.
En un lapso de trece años, México ganó tres premios Nobel. El de la Paz, 1982, fue para Alfonso García Robles; el de Literatura, 1990, para Octavio Paz; y el de Química, 1995, para Mario Molina.
A principios de mes, mientras los mexicanos José Hernández y “Dany” Olivas orbitan la Tierra en la Estación Espacial Internacional, el diputado Gerardo Fernández Noroña (PRD) y Rafael Acosta Ángeles “Juanito” (PT) dan la nota: uno por escandalizar frente a Palacio Nacional cuando el presidente Calderón ofrecía un mensaje con motivo de su tercer informe; y otro por rebelarse al cacique urbano López Obrador, quien le presiona para que renuncie como delegado de Iztapalapa. (Hernández y Olivas nacieron en Estados Unidos, pero por ley son mexicanos según el artículo 30 de la Constitución. El primero en viajar al espacio fue Rodolfo Neri, en 1985)
En esos márgenes se mueve un país históricamente proclive a los bandazos, a transitar entre lo sublime y lo ridículo.
Crítico del sistema político mexicano y, en general, de los países que dilapidan tiempo y recursos por su indecisión de tomar el camino del progreso o del atraso, de la democracia o de una doctrina que la simule, el escritor Mario Vargas Llosa narra en El pez en el agua (1993) sus experiencias como candidato a la presidencia del Perú en 1990 por el centro derechista partido Frente Democrático.
Recuerda que durante la dictadura de Velasco Alvarado (1968-1975) los medios de comunicación cayeron en Perú a unos niveles de servilismo indescriptibles. Más hábil, Alan García iba a conseguir el control total de la información a través de los créditos y la publicidad, manteniendo, a la mexicana, la apariencia de una prensa independiente.
Explica: La mención a México no es gratuita. El sistema del PRI (Partido Revolucionario Institucional), una dictadura de partido que guarda las apariencias democráticas con elecciones, prensa “crítica” y gobierno civil, ha sido una antigua tentación para los dictadores latinoamericanos. Pero ninguno ha podido repetir el modelo, genuina creación de la cultura y la historia de México, porque uno de los requisitos de su éxito es algo a lo que ninguno de sus émulos se resigna: el sacrificio ritual del presidente, para que el partido siga en el poder.
El autor de Conversación en la Catedral, donde Zavalita formula una pregunta demoledora que igual puede aplicarse a México —“¿en qué momento se jodió el Perú?”—, abomina del nacionalismo por ser “una de las aberraciones humanas que más sangre ha hecho correr” y del patriotismo que “puede ser ‘el último refugio del canalla’”, según escribió el doctor Johnson, algo en lo que nuestro país también tiene experiencia.
Entre el cúmulo de cosas malas que despidieron el siglo pasado, Vargas Llosa, quien comparte las nacionalidades española y peruana, resalta una buena, sin precedentes en la historia. Hoy los países pueden elegir ser prósperos. Uno de los mitos más dañinos de nuestro tiempo es el que los países pobres lo son por una conspiración de los países ricos, que se las arreglan para mantenerlos en el subdesarrollo a fin de explotarlos. No hay mejor filosofía para eternizarse en el atraso. Porque tal teoría es, ahora, falsa. En el pasado, es cierto, la prosperidad dependía casi exclusivamente de la geografía y de la fuerza. Pero la internalización de la vida moderna —de los mercados, de las técnicas, de los capitales— permite a cualquier país, aun al más pequeño y menos dotado de recursos, si se abre al mundo y organiza su economía en función de la competencia, un crecimiento rápido. En las últimas dos décadas, practicando, a través de sus dictaduras o gobiernos civiles, el populismo, el desarrollo hacia adentro, el intervencionismo económico, América Latina eligió ir para atrás.
Vargas perdió con Alberto Fujimori por el voto de los barrios pobres del Perú. Sobre esa experiencia, el autor de Contra viento y marea resume La política real, no aquella que se lee y escribe, se piensa y se imagina ––la única que yo conocía––, sino la que se vive y practica día a día, tiene poco que ver con las ideas, los valores y la imaginación, con las visiones teleológicas ––la sociedad ideal que quisiéramos construir–– y, para decirlo con crudeza, con la generosidad, la solidaridad y el idealismo. Está hecha exclusivamente de maniobras, intrigas, conspiraciones, pactos, paranoias, traiciones, mucho cálculo, no poco cinismo y toda clase de malabares. Porque al político profesional, de centro, de izquierda o de derecha, lo que en verdad lo moviliza, excita y mantiene en actividad es el poder: llegar a él, quedarse en él o volver a ocuparlo cuanto antes. Hay excepciones, desde luego, pero son eso: excepciones. Muchos políticos empiezan animados por sentimientos altruistas —cambiar la sociedad, conseguir la justicia, impulsar el desarrollo, moralizar la vida pública—, pero, en esa práctica menuda y pedestre que es la política diaria, esos hermosos objetivos van dejando de serlo, se vuelven meros tópicos de discurso y de declaraciones —de esa persona pública que adquieren y que termina por volverlos casi indiferenciables— y, al final, lo que prevalece en ellos es el apetito crudo y a veces inconmensurable de poder. Quien no es capaz de sentir esa atracción obsesiva, casi física, por el poder, difícilmente llega a ser un político exitoso. E4

 

Vieja antipatía intelectual hacia el PAN: Krauze

Entre el paquetazo fiscal
y la sucesión presidencial

(Al político profesional) lo que en verdad lo moviliza, excita y mantiene en actividad es el poder: llegar a él, quedarse en él o volver a ocuparlo cuanto antes: Vargas Llosa


Literatura y antipoder.
Los escritores Mario Vargas y Enrique Krauze

“…Seamos una generación a la altura de nuestra historia, de nuestros anhelos, y conduzcamos a México al futuro”. El presidente Calderón cerró así su mensaje del 2 de septiembre en Palacio Nacional. Impedido por el Congreso para presentar su informe ante el pleno, el documento lo entregó la víspera el secretario de Gobernación, Manuel Gómez Mont, en la sede legislativa de San Lázaro.
Dos días después, el presidente recibió en Los Pinos al coordinador de los diputados del PRI, Francisco Rojas. Al salir declaró que su partido, cuyos 237 votos lo convierten en la primera fuerza en la Cámara baja, regresaría a la residencia oficial en 2012 y que por ello colaboraría con Calderón.
El 8 de septiembre, Joaquín López Dóriga remata su columna “En privado” (Milenio) con esta pregunta: “¿Será este el costo al que aludía el presidente Calderón a cambio de las ‘reformas imposibles’? ¿Está dispuesto a pagarlo?”
Meses atrás, en una reunión con gobernadores del PRI encabezados por Beatriz Paredes, Calderón habría invocado a Dios para que el PRI no volviera a Los Pinos. Entonces nos encomendaremos a la Virgen de Guadalupe, replicaría la presidenta del Partido Revolucionario.
Después de las elecciones del 5 de julio, en las que el PAN perdió sesenta y tres diputaciones con respecto a la legislatura anterior, el presidente alzó con una mano la bandera blanca y con la otra el paquete fiscal 2010 que incluye aumento de impuestos, nuevas cargas fiscales y alzas en los combustibles.
El PAN, que tardó más de seis décadas en conquistar el poder, podría perderlo en doce años. El PRI, que lo ostentó setenta años, podría recuperarlo en la próxima elección. Y el PRD, que a punto estuvo de instalarse en la presidencia hace tres años, está resuelto a meterse de nuevo en la pelea.
Pero más allá del discurso presidencial —“Es tiempo de actuar y es tiempo de tender puentes de diálogo entre quienes queremos lo mejor para México”— y la promesa de las oposiciones, de que esta vez sí colaborarán, el tema que marca la agenda no es otro que la sucesión presidencial de 2012.
Esto confirma la tesis de Vargas Llosa en el sentido de que al político profesional de todas las tendencias, lo que en verdad lo moviliza, excita y mantiene en actividad es el poder: llegar a él, quedarse en él o volver a ocuparlo cuanto antes.
La sentencia de Rojas, de que el PRI ganará Los Pinos, no pasa de un buen deseo en estos momentos. Fundado, eso sí, en el desánimo nacional por los gobiernos del PAN y en las elecciones intermedias. El 5 de julio, el partido de Paredes pasó de ciento seis a 237 diputaciones. A las presidenciales de 2006 llegó con 206.
A dos años y diez meses de las elecciones presidenciales, el PRI está mejor posicionado, debido, en gran parte, a la fuerza de sus gobernadores, entre los que destaca el de Coahuila, Humberto Moreira. Sin figuras a la vista, el futuro electoral del PAN depende del presidente, de cómo sortee la crisis y de las cuentas que entregue.
Sobre el tema, Enrique Krauze pondera al margen de sus aciertos y errores, hay un factor que incide en el juicio que se hace al Presidente: la vieja antipatía intelectual hacia el PAN. Desde la reforma, el corazón intelectual de México es secular, laico, liberal. Más tarde fue (y, en buena medida, sigue siendo) nacional-revolucionario. Esos valores no están en el PAN: están en el PRI y en el PRD. (El Norte, 6-9-09)
Consciente de este hecho ideológico y político, Calderón declaró alguna vez que “rebasaría a sus adversarios por la izquierda” (…). Pero la magia no se produce. La antipatía persiste, porque a lo largo del siglo 20 el PAN se la ganó a pulso. Nunca ha resuelto la contradicción original entre el liberalismo político y el conservadurismo social de sus fundadores. (…)
El autor de La Presidencia Imperial concluye que ante las reticencias de un Congreso adverso y para salvar su sexenio, el presidente necesita actuar con rapidez y apelar de manera institucional pero directa al ciudadano (…). Lo que no puede es postergar su ofensiva, porque de hacerlo condenaría al país a una “brega de eternidades”.
Hoy lo prioritario consiste en superar dificultades, reencauzar al país, reformar sus estructuras, bajar la presión social —lo que explicar el impuesto al consumo general del dos por ciento “contra la pobreza”—. Si el futurismo no contamina el esfuerzo y los partidos se suman, la próxima sucesión será mejor para todos. El ciudadano —al que Krauze alude— anota hoy y premiará o castigará mañana. E4

 
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