Tres premios Nobel, en 13 años,
acreditan a México en el mundo
La carga histórica y la incapacidad política impiden que la democracia en nuestro país se consolide; un par de bufones no son insignia

Premios Nobel. Alfonso García, Octavio Paz y Mario Molina
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La democracia mexicana no termina de cuajar, entre otras causas por la herencia del partido hegemónico (PRI) que gobernó al país de 1930 a 2000 —setenta años contra cincuenta y cuatro que el Partido Liberal Demócrata de Japón ostentó el poder—, la incapacidad de la derecha (PAN) y la izquierda (PRD) para generar cambios profundos y a mayor velocidad, pero también debido al espíritu autodestructivo y flagelante que distingue a un pueblo influido por el mito y la resistencia a la grandeza.
En un lapso de trece años, México ganó tres premios Nobel. El de la Paz, 1982, fue para Alfonso García Robles; el de Literatura, 1990, para Octavio Paz; y el de Química, 1995, para Mario Molina.
A principios de mes, mientras los mexicanos José Hernández y “Dany” Olivas orbitan la Tierra en la Estación Espacial Internacional, el diputado Gerardo Fernández Noroña (PRD) y Rafael Acosta Ángeles “Juanito” (PT) dan la nota: uno por escandalizar frente a Palacio Nacional cuando el presidente Calderón ofrecía un mensaje con motivo de su tercer informe; y otro por rebelarse al cacique urbano López Obrador, quien le presiona para que renuncie como delegado de Iztapalapa. (Hernández y Olivas nacieron en Estados Unidos, pero por ley son mexicanos según el artículo 30 de la Constitución. El primero en viajar al espacio fue Rodolfo Neri, en 1985)
En esos márgenes se mueve un país históricamente proclive a los bandazos, a transitar entre lo sublime y lo ridículo.
Crítico del sistema político mexicano y, en general, de los países que dilapidan tiempo y recursos por su indecisión de tomar el camino del progreso o del atraso, de la democracia o de una doctrina que la simule, el escritor Mario Vargas Llosa narra en El pez en el agua (1993) sus experiencias como candidato a la presidencia del Perú en 1990 por el centro derechista partido Frente Democrático.
Recuerda que durante la dictadura de Velasco Alvarado (1968-1975) los medios de comunicación cayeron en Perú a unos niveles de servilismo indescriptibles. Más hábil, Alan García iba a conseguir el control total de la información a través de los créditos y la publicidad, manteniendo, a la mexicana, la apariencia de una prensa independiente.
Explica: La mención a México no es gratuita. El sistema del PRI (Partido Revolucionario Institucional), una dictadura de partido que guarda las apariencias democráticas con elecciones, prensa “crítica” y gobierno civil, ha sido una antigua tentación para los dictadores latinoamericanos. Pero ninguno ha podido repetir el modelo, genuina creación de la cultura y la historia de México, porque uno de los requisitos de su éxito es algo a lo que ninguno de sus émulos se resigna: el sacrificio ritual del presidente, para que el partido siga en el poder.
El autor de Conversación en la Catedral, donde Zavalita formula una pregunta demoledora que igual puede aplicarse a México —“¿en qué momento se jodió el Perú?”—, abomina del nacionalismo por ser “una de las aberraciones humanas que más sangre ha hecho correr” y del patriotismo que “puede ser ‘el último refugio del canalla’”, según escribió el doctor Johnson, algo en lo que nuestro país también tiene experiencia.
Entre el cúmulo de cosas malas que despidieron el siglo pasado, Vargas Llosa, quien comparte las nacionalidades española y peruana, resalta una buena, sin precedentes en la historia. Hoy los países pueden elegir ser prósperos. Uno de los mitos más dañinos de nuestro tiempo es el que los países pobres lo son por una conspiración de los países ricos, que se las arreglan para mantenerlos en el subdesarrollo a fin de explotarlos. No hay mejor filosofía para eternizarse en el atraso. Porque tal teoría es, ahora, falsa. En el pasado, es cierto, la prosperidad dependía casi exclusivamente de la geografía y de la fuerza. Pero la internalización de la vida moderna —de los mercados, de las técnicas, de los capitales— permite a cualquier país, aun al más pequeño y menos dotado de recursos, si se abre al mundo y organiza su economía en función de la competencia, un crecimiento rápido. En las últimas dos décadas, practicando, a través de sus dictaduras o gobiernos civiles, el populismo, el desarrollo hacia adentro, el intervencionismo económico, América Latina eligió ir para atrás.
Vargas perdió con Alberto Fujimori por el voto de los barrios pobres del Perú. Sobre esa experiencia, el autor de Contra viento y marea resume La política real, no aquella que se lee y escribe, se piensa y se imagina ––la única que yo conocía––, sino la que se vive y practica día a día, tiene poco que ver con las ideas, los valores y la imaginación, con las visiones teleológicas ––la sociedad ideal que quisiéramos construir–– y, para decirlo con crudeza, con la generosidad, la solidaridad y el idealismo. Está hecha exclusivamente de maniobras, intrigas, conspiraciones, pactos, paranoias, traiciones, mucho cálculo, no poco cinismo y toda clase de malabares. Porque al político profesional, de centro, de izquierda o de derecha, lo que en verdad lo moviliza, excita y mantiene en actividad es el poder: llegar a él, quedarse en él o volver a ocuparlo cuanto antes. Hay excepciones, desde luego, pero son eso: excepciones. Muchos políticos empiezan animados por sentimientos altruistas —cambiar la sociedad, conseguir la justicia, impulsar el desarrollo, moralizar la vida pública—, pero, en esa práctica menuda y pedestre que es la política diaria, esos hermosos objetivos van dejando de serlo, se vuelven meros tópicos de discurso y de declaraciones —de esa persona pública que adquieren y que termina por volverlos casi indiferenciables— y, al final, lo que prevalece en ellos es el apetito crudo y a veces inconmensurable de poder. Quien no es capaz de sentir esa atracción obsesiva, casi física, por el poder, difícilmente llega a ser un político exitoso. E4 |