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El déficit fiscal se afrontará por las tres únicas vías asequibles: deuda, en una proporción manejable, más y nuevos impuestos y reducción del gasto público. Pero mientras la desaparición de las secretarías de Turismo, Reforma Agraria y Función Pública no se traduzca en beneficios tangibles, la sociedad tiene derecho de recelar y prevalecerá la idea de que el cacareado sacrificio gubernamental pertenece más al reino de la fantasía que al mundo real.
“Política es el arte de obtener dinero de los ricos y votos de los pobres, con el fin de proteger a los unos de los otros”, advierte el escritor y humorista español Noel Clarasó. Mas los primeros ya no se dejan exprimir tan fácilmente —jamás lo han permitido— y ya no sólo se acude a los segundos en busca de sufragios, sino también de recursos que ayuden a solventar las penurias del Estado, con el estribillo de que, al final, los más necesitados resultarán favorecidos.
Tienen razón el PRI y el PRD en oponerse al nuevo IVA de dos por ciento, adicional al del quince ya existente, pues el horno no está para bollos. Sin embargo, peor sería recurrir sólo a la deuda, como en el pasado fue costumbre. Igual de explicables son los reclamos del empresariado, pues subir el ISR, sin ofrecer nada que fomente el crecimiento o por lo menos detenga el cierre masivo de industrias y comercios, es suicida. Pero igual de destacable es la actitud del presidente Calderón ante la emergencia. Zedillo, en una crisis menos grave, propuso elevar cincuenta por ciento el IVA y el Congreso lo apoyó. No quedaba otra. Tampoco ahora.
Endeudarse es un paliativo, pero no resuelve los problemas de un país cuya recaudación fiscal ronda apenas el once por ciento del PIB. Lo que hoy se pida prestado mañana tendrá que pagarse. La pregunta es ¿cómo? y ¿con qué, de dónde? si las fuentes de ingreso, en las condiciones actuales, serán las mismas en el corto y mediano plazos y el petróleo estará siempre sujeto a los vaivenes del mercado y de la política internacional. La coyuntura llama a todos a la racionalización, al ahorro, no al endeudamiento ni al gasto indiscriminado.
Lo importante del debate sobre el paquete fiscal 2010 es que nadie permanece ya callado como en el pasado, cuando las propuestas del presidente se aprobaban sin chistar ni mistar, por disparatadas que fuesen. Es bueno que se cuestione a Calderón y se le pidan cuentas, que al Congreso se le exija ser congruente, pues en esta nueva hora de sacrificios pide todo y nada ofrece, y que de los partidos se demande ver primero a México que a sus intereses. Pero mejor será, sin duda, que del barullo el único ganador sea el país, barco en el que vamos todos.
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