Nº 361 - 8 de septiembre de 2009
 
 
 
 
 
 
Alternancia trunca


La explicación de por qué otros países libran más pronto las crisis económicas y aprovechan mejor los ciclos de crecimiento que el nuestro, radica en la solidez de sus sistemas de gobierno, preparados lo mismo para sortear dificultades que para administrar la prosperidad, la cual no depende del precio de un recurso natural —en nuestro caso el petróleo— ni de ingresos extraordinarios por otros conceptos, sino del trabajo, la disciplina, la riqueza y la prevalencia de normas jurídicas y políticas que los posibiliten.
Mientras México no encare esa realidad y los poderes Ejecutivo y Legislativo se culpen mutuamente del atraso —las crisis son recurrentes, y por lo tanto, inevitables—, el país verá alejarse el tren del progreso y los caudales de inversión nacional y extranjera, al tiempo que aumentará la emigración, el desempleo, la pobreza y la inseguridad. En México, por desgracia, la confrontación y el encono priman sobre el acuerdo, el partidismo sobre el interés general y el futurismo sobre un presente plagado de problemas cuya solución se pospone siempre para una situación mejor que nunca llega ni llegará porque no se construye.
El paso de la presidencia imperial a la presidencia constitucional resultó doloroso y frustrante en el ánimo social. El PAN, que tardó 61 años en ganar el poder —menos de los 55 que al Partido Demócrata de Japón le llevó desbancar al hegemónico Partido Liberal Democrático—, podría perderlo en 2012. Por falta de resultados en un contexto adverso, pero también por algo mucho más elemental: incapacidad e incongruencia, algo que las urnas ya empezaron a cobrarle.
Fundar la solución de los problemas en el deseo de que se cumpla, más que en la posibilidad real de conseguirla, dejaría a México a merced del azar. Si de lo primero dependiera, bastaría la potencia volitiva del presidente de turno para derribar todo obstáculo, interno o externo, que se le cruzara. Pero las cosas no funcionan de esa manera. Para que el país funcione, no solo la presidencia, es preciso, de una vez por todas, que a la voluntad la acompañen actos concretos. Es decir, reformas que lo modernicen. Es probable que al principio algunos pierdan —los partidos—, pero al final México será el que gane.
Una de las grandes enseñanzas de la alternancia es que el simple cambio de siglas en Los Pinos no resuelve mágica ni voluntaristamente los rezagos ancestrales ni satisface por sí misma el anhelo de mejores grados de empleo, bienestar, seguridad y justicia de los mexicanos. Para ello es necesario un cambio general y profundo de conducta. De lo contrario, ningún presidente, del partido que sea, podrá solo con el peso del país. Es preciso que los poderes públicos, que cada estado y municipio, que cada ciudadano, hagan su parte. Sólo así México podrá ver el presente con certeza y el futuro con esperanza.

 
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