
Creel, Chihuahua. Reflejo de la impunidad en México y la corta memoria de que hacen alarde las autoridades
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Muchos familiares van caminando,
retomando su vida, pero el dolor no los deja.
Javier Ávila, S.J.
Yo, después de luchar para que se hiciera justicia y no conseguirlo, estoy aprendiendo a vivir mi duelo con dignidad”. Estas son las palabras de Yuriana Armendáriz Galdeán, la primera de los tres hijos del matrimonio formado por Noé Armendáriz Loya y Luz Julieta Galdeán. Yuriana es hermana de Luis Daniel, joven estudiante que tenía 18 años cuando fue asesinado en Creel, Chihuahua, el 16 de agosto de 2008.
Aquel sábado, Yuriana también perdió a su primo hermano, Fernando Adán Córdova Galdeán, de 19 años de edad: “ese día, los dos habían llegado de una carrera de caballos cerca del pueblo, que hoy se sabe era clandestina; venían de ‘Los carriles’, propiedad de Ernesto Estrada, presidente municipal de Bocoyna; ellos estaban fuera del salón de la Profortarah (Promotora Forestal de la Tarahumara) porque ahí era un espacio grande para jugar entre ellos. Estaban divirtiéndose (con) las vencidas, pies descalzos, volados y todos esos juegos de hombres”.
La continuación de esta historia aún sigue dando la vuelta al mundo: un comando armado apareció en el lugar, abrió fuego y terminó con las vidas de Luis Daniel, de Fernando y de once personas más: Freddy Horacio Aguirre Orpinel (transportista); Alfredo Caro Mendoza (comerciante); Luis Javier Montañez Carrasco (comerciante); Daniel Alejandro Parra González (estudiante, 20 años); Oscar Felipe Lozano Lozano (estudiante, 19 años); René Lozano González (estudiante, 17 años); Alberto Villalobos Chávez (intendente, 26 años); Edgar Alfredo Loya Ochoa (maestro); Juan Carlos Loya Molina (estudiante, 21 años); Cristian Loya Ortiz (estudiante, 22 años); y Edgar Arnoldo Loya Encinas (menor, 1 año y 4 meses).
La Masacre en Creel no dejará de doler, y menos cuando recién se cumplen más de doce meses de la misma. Yuriana, ama de casa y comerciante, recuerda la manera en que ella y su familia comenzaron esta dura experiencia. “Yo estaba en Cuauhtémoc. Vivo allá con mi esposo. No tengo hijos. Mi hermana Mayra se fue a pasar conmigo ese fin de semana. Nosotras supimos de la tragedia porque mi mamá, cuando estaba la balacera, nos habló muy preocupada, llorando, nerviosa, pero ni siquiera imaginaba nada. Luego, a mis papás les avisaron que a mi tía, hermana de mi mamá, le habían hablado para que fuera a reconocer un cuerpo. Ellos fueron a acompañarla sin imaginar que mi hermano estaba ahí (…). Después de un rato, pudimos comunicarnos con nuestro papá y él nos confirmó lo que ya sabíamos, pero que no queríamos creer. Ese maldito sábado ha sido el peor día de mi vida. El mundo se me vino encima”.
Con la dura noticia a cuestas, las hermanas Armendáriz Galdeán se trasladaron de inmediato a Creel. Evocar ese viaje jamás será tarea sencilla, pero Yuriana, una vez más, declara con mucho valor: “Ni siquiera podía creerlo. Para empezar, el solo hecho de tener que enfrentarlo me aterrorizaba y paralizaba. El camino se me hizo interminable. Quería volar para estar con mis papás. Sólo eso quería. Y conforme viajábamos, empezaron a llegar mensajes al celular con más nombres y detalles. Nos mantenían informadas todos mis amigos y nuestra pobre mamá”. Comenta Yuriana que las primeras impresiones de su llegada a Creel no las tiene muy claras. “Recuerdo un aire frío que me congeló las entrañas y, a la vez, la peor tristeza de mi vida, acompañada de ese odio que me quitó el sueño por muchos meses. Y todavía, de repente. Todos los masacrados eran conocidos y amigos. El bebé, su papá y su sobrino eran también familiares nuestros”.
En la fotografía que Yuriana reconstruye a partir de su experiencia el 16 de agosto de 2008, las autoridades aparecen de una manera que también duele: “creímos que la carretera estaría llena de retenes y, tristemente, no hubo uno solo. Cuando llegamos a Creel, la policía tenía poquito de haber entrado. De hecho, casi llegamos juntos. Se les notaba asustados mientras acordonaban toda el área. Yo fui a la funeraria al otro día muy temprano y uno de ellos no me quería dejar pasar, pero me le metí y, de hecho, hasta lo insulté. Algo de lo más lamentable que he tenido que enfrentar es ver cómo las autoridades poseen tan corta memoria y se les pudo olvidar un acto tan cobarde y ruin”.
Pese a la intensa tristeza que sumaban los familiares de los trece masacrados, Luis Daniel y Fernando fueron despedidos con música. “Ellos eran muy alegres. Yo siempre he dicho que me mataron a mis hermanos porque así considero a mi primo Fer. Eran mujeriegos, muy guapos y muy buenos hijos. Mi hermano había terminado el bachillerato en Creel con las Hermanas del Sagrado Corazón de Jesús y se había inscrito en la Universidad Interamericana en Chihuahua en la licenciatura en administración de empresas. Era muy deportista. Le gustaba mucho cantar y bailar. También le gustaba el futbol y era ‘Chiva’ de corazón. Aparte, trabajaba haciendo tours a los huéspedes de un pequeñito hotel de la familia y también colaboraba en la refaccionaria de mi papá que, desde siempre, se ha llamado como mi hermano: Refaccionaria Daniel”.
Por su parte, Fer era muy parecido en su forma de ser a Danny. Él estaba en el bachiller e iba a iniciar su último año. También le gustaba el futbol, pero Fernando era americanista de corazón. Y al igual que Daniel, Fernando trabajaba con sus papás en el negocio familiar.
Los Armendáriz Galdeán, como complementa Yuriana, han sido una familia unida que, ante todo, se ama y es eso lo que les ha ayudado a resistir tantos sufrimientos. Muy “hermanables”: así es como ella define la manera en que fue educada junto a Mayra y a Luis Daniel. “Ahora sé que lo somos más y que nos amamos más que nunca”. Aquí vale comentar que Yuriana, su hermana, y sus papás, junto a los demás parientes de las víctimas de la Masacre en Creel, forman una gran familia. Así como a cada uno de ellos los unió la desdicha, la rabia y los llevó a clamar justicia en diferentes foros como si fueran una sola voz, hoy, sin olvidar lo sucedido, siguen buscando fines comunes, pero pidiendo la paz y seguridad para todos los chihuahuenses en medio de un clima de no violencia. El pasado 16 de agosto, a un año de la Masacre, realizaron una procesión en memoria de las trece víctimas que finalizó en el sitio donde ellos perdieron la vida. Esta procesión, así como la oración, la eucaristía y el ayuno a los que la iglesia católica convocó fueron para pedir por el derecho a la paz.
En esta misión conjunta los sigue acompañando, como desde los primeros momentos de la tragedia, el jesuita Javier Ávila. Dice Yuriana: “El padre es el pilar más importante en esta lamentable historia. Es nuestro amigo, familia, sacerdote y hasta sicólogo para algunos. ¡El padre Pato es nuestro! Es el más valiente y solidario de todos”.
Luego del desgaste sistemático, de la espera sostenida, de ese constante ir y venir emocional, es comprensible y muy necesario que los familiares de los trece masacrados abran una tregua, tomen un respiro y vuelvan a sentir. Desafortunadamente, las autoridades muchas veces recurren a esa mezcla de impotencia y cansancio como si se tratara de una especie de “exención implícita” o “perdón sobreentendido” de sus responsabilidades aún pendientes. Esta postura puede ser muy riesgosa. El dolor y el deterioro de quienes sufren y piden justicia jamás deberán ser usados para dar “carpetazo” a los asuntos que debieran estar en la primera página de las agendas de los responsables de la seguridad y el bienestar social. Como bien lo sostiene Yuriana, “los chihuahuenses tenemos derecho a la vida, pero a una vida tranquila, con paz y armonía”. Ella también cuenta con el derecho a concluir su estancia —ya de un año— en Creel; continuar con la vida que tenía forjada en Cuauhtémoc al lado de su esposo; y, sobre todo, tener la plena certeza de que en esas dos ciudades, como en cualquier punto de Chihuahua, ella y su familia podrán honrar la memoria de Luis Daniel y de Fernando con tranquilidad. E4
Chihuahuenses a merced de la violencia

Reclamo inútil. ¿Cuántas fotos más se necesitan para que no se olvide la tragedia?
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El 16 de agosto de 2008 al menos 12 sicarios llegaron a un salón de baile en Creel y empezaron a disparar hasta asesinar a 13 personas, entre ellas un menor de un año de edad. El comando arribó en tres camionetas cerca de las cinco de la tarde cuando las personas se encontraban festejando un evento familiar. El hecho representa la más cruel matanza que se ha registrado en la historia de Chihuahua.
De las personas masacradas, la mayoría eran jóvenes estudiantes de entre 17 y 22 años, a quienes los habitantes calificaban como la alegría del pueblo. En más de una boca de los habitantes de Creel se escuchó la frase “nos quitaron a la juventud”. La comunidad entera lloró la pérdida de muchachos que en cada festival participaban con cuadros de danza folklórica para gusto y placer de sus familias, mientras otros seguían sus estudios a nivel universitario o acudían al gimnasio para aportar lo mejor de sí en partidos de basquetbol.
Sin embargo, esta matanza dista mucho de ser un suceso aislado. Meses después, el 9 de octubre, otro grupo armado entró al bar Río Rosas alrededor de las diez de la noche, acabando con la vida de 11 personas, entre ellas la del periodista David García Monroy. Los delincuentes huyeron rumbo a Ciudad Juárez. En el trayecto se sumó a ellos un convoy conformado por cuatro unidades más que a la altura del kilómetro 300 se enfrentaron con elementos de la Policía Federal Preventiva división Caminos. En el intercambio fallecieron dos agentes federales y dos sicarios, además dejaron abandonados los vehículos en que viajaban y que contaban con reporte de robo en la ciudad de Chihuahua, Ciudad Juárez, El Paso Texas, y Sunland Park.
Otro asalto a la tranquilidad de ese estado norteño aconteció la tarde del 2 de febrero del presente año, cuando una balacera desatada en el hipódromo El Terrero, del poblado Namiquipa, provocó una enorme psicosis entre sus habitantes al circular el rumor de que habría unos 20 ejecutados, aunque oficialmente sólo se confirmaron dos, además de otro par de agentes gravemente heridos.
Según los informes, tres grupos de sujetos en varias camionetas de lujo arribaron al lugar para descargar sus armas de grueso calibre —sin motivo aparente— contra civiles y policías, quienes quedaron lesionados de gravedad. E4 |
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