|
Barack Obama criticó a los presidentes latinoamericanos que imploran asistencia de los Estados Unidos con la mano derecha y con la izquierda lo acusan de intervencionista al grito de “yanquis go home”, en el marco de la V Cumbre de Líderes de América del Norte celebrada el 10 de agosto en Guadalajara. Quienes suponían que el jefe de la Casa Blanca, por ser joven, idealista y de tez oscura sería el anticristo del “imperio”, fallaron en redondo. Entre los más conspicuos: el dictador cubano Fidel Castro y su acólito venezolano Hugo Chávez.
Vistos hasta ahora los resultados de la alternancia, la idea casi general es que el PRI y el PAN “son la misma cosa”. Ambos carecen de visión de Estado y subordinan los intereses del país a los de sus respectivas cúpulas. En los Estados Unidos, las diferencias entre los partidos Demócrata y Republicano también son de matices, pero el cambio de siglas en el Despacho Oval jamás mecerá el péndulo más allá de los límites de la razón. Cuando es preciso se unen por causas superiores, sin reparar en consecuencias políticas. Sea de uno u otro bando el presidente, la seguridad y el bienestar de la nación siempre imperan. En ello radica la grandeza de los países auténticamente democráticos.
Sin experiencia en política exterior, como otros presidentes tampoco la poseyeron de primera mano —Bush hijo, para no ir tan lejos—, Obama dispone del aparato de inteligencia más avezado y avanzado del mundo, además de poderío militar que lo respalda. Lo saben los caricaturescos sátrapas del Tercer Mundo cuyo discurso antiyanqui, además de anacrónico, perdió seguidores gracias al antídoto más eficaz contra la verbosidad y la siembra de revoluciones: la globalización, que exhibe a cada quien tal cual es.
El discurso antinorteamericano, en países como el nuestro, perdió vigor a medida que se descubrió que nuestros vecinos no son la quimera —monstruo fantástico que, según la fábula, vomitaba fuego y tenía cabeza de león, vientre de cabra y cola de dragón— que la historia oficial nos ha pintado. Tampoco son ángeles, pues de serlo jamás habrían llegado a ser lo que hoy son, a pesar de todos los avatares. Sin embargo, no hay duda de que su sistema, basado en la libertad —de elección, culto, pensamiento y expresión—, la competencia y el apego al Estado de derecho, es mil veces menos malo que aquellos que mutilan al hombre hasta en sus aspiraciones más íntimas.
Es hora de ver las cosas como son y la historia desde otra perspectiva, lejos de los dogmas. Si Fujuyama pronosticó, sin acertar, “el fin de la historia”, los nacionalismos tocaron fondo con la apertura y la liberalización, que son consustanciales al hombre desde sus orígenes. Para progresar y superar traumas y complejos es preciso también ser congruentes: aceptar al vecino tal cual y no como quisiéramos que fuese. Estados Unidos es para México un colchón, de resortes, si se quiere, pero lo bastante fuerte para soportar once millones de paisanos que inyectan a la economía nacional más divisas después que el petróleo y el turismo. No más hipocresías.
|