Nº 359 - 11 de agosto de 2009
 
 
 
 
 
 

La validez iconográfica del “Rey del Pop” incide más en sus millones de seguidores que la letra o el ritmo de sus canciones

El Michael que todos quieren

Renata Chapa

Consecuencia de la tecnología, agencias publicitarias y constantes escándalos, la figura del artista trasciende su marco musical para alcanzar dimensiones sociales. Su imagen hoy es símbolo de rebeldía y rompe barreras culturales, raciales y hasta generacionales


Mamá, ¿Michael Jackson le gana a Barack Obama?
Ivana Muñoz, 6 años

 

¿Sería un atrevimiento afirmar que Michael Jackson, como Pedro Infante, no ha muerto? ¿Es osado defender que millones de mexicanos, queramos o no, llevamos un Michael Jackson dentro?
Las reacciones que ha provocado la muerte del “Rey del pop” siguen poniendo al descubierto deseos y frustraciones de una sociedad cada vez más subdesarrollada y, por tanto, anhelante de iconos (y no “íconos”) que le garanticen algo de esperanza a su tan golpeado bienestar emocional.
Hace apenas un año en la Universidad de Carolina del Norte fue defendida la investigación Characterization of popular culture icons in Life and Time magazines por Marshica Stanley. Asesorada por cinco doctores, Stanley abordó el caso “Michael Jackson”, al igual que el de otros siete personajes —Elvis Presley, Marilyn Monroe, Muhammad Ali, Babe Didrikson, Wilma Rudolph, Babe Ruth y Oprah Winfrey— para determinar la manera en que cada uno de ellos cumplía con variables que, según ciertos teóricos, son las que caracterizan a un “icono”. La selección de la muestra respondió tanto al número de apariciones de los ocho famosos en ambas revistas, así como al hecho de que todos fueron denominados en ambos medios impresos en calidad de iconos.
Posteriormente, la investigadora estadounidense efectuó la correlación e interpretación de los resultados arrojados por el sondeo de dichas variables considerando género, raza, tendencias de la moda y las dos industrias representadas por los ocho casos, es decir, la del entretenimiento y la del deporte.
Al determinar cuál de los investigados contaba con la imagen “más icónica”, Stanley concluyó que no era uno, sino cuatro los que aparecían en la cúspide. Michael Jackson formaba parte de ese cuarteto y, sólo en ciertas variables, fue superado por Muhammad Ali.
La introducción y el marco teórico de esta investigación son precisos y reveladores. Lo que Michael Jackson puede representar como icono para tantos mexicanos puede inferirse con relativa facilidad si se compara el contenido de varias líneas de esos dos capítulos con lo que los medios de comunicación masiva han presentado por décadas en relación al intérprete de Ben y, ahora, sobre su fallecimiento y su apoteósico funeral:

a) Los medios masivos de comunicación en Estados Unidos, conforme fue acercándose el fin del siglo XX, volvieron a difundir diferentes iconos culturales. Esos iconos, ya fueran monumentos, personas o lugares, representan valores que los norteamericanos atesoran.
Es en la década de los 70 y después, precisamente en 1982, cuando Michael Jackson se consagra con su álbum Thriller, el más vendido en toda la historia de la discografía mundial con alrededor de 104 millones de copias. Sus éxitos anteriores y el que se anotaba como solista encuentran el entorno cultural ideal. Embona con ese boom icónico manifestado en su país. Su estatus como el “número uno” de la música popular del país con más poder económico revitamina la influencia cultural del icono a nivel global.
En México no faltaron los seguidores de Jackson. De pronto, esparcidos en diferentes puntos de la ciudad aparecían estos otros “Michaels” con pantalones brincacharcos, guante y calcetines blancos, pero, sobre todo, con los famosísimos lentes oscuros que se convirtieron en una especie de metaicono. En la radio, en las discotecas, en las fiestas juveniles, las canciones de Jackson eran referente musical obligado. Pese a las diferencias idiomáticas, miles de mexicanos entonaban las letras del moonwalker a cómo su inglés les daba a entender y bailaban con la idea de parecerse aunque fuera en unos cuantos movimientos a su ídolo. Jackson se volvía una especie de cohesor social que causaba revuelo. Como icono, era entrañable tesoro de los norteamericanos y también de los fanáticos mexicanos lo habían vuelto suyo en peculiar comunión sincrética.
Con Beat it fue despedido el sexenio de los azotes económicos del lópezportillato y Billy Jean sirvió de fondo para recibir a De la Madrid. Hoy, la muerte de Jackson evoca aquellos signos con fuerza. Es un nuevo distractor que pone en evidencia el peso del niño-joven-adulto fenómeno en un país que no deja de sumar todos los días más y más graves problemas sociales.

 b) Aunque representan diferentes significados para distintos tipos de personas, un icono simplemente nos dibuja a todos (Hall y Hall, 2006).
Las raíces afroamericanas del icono Michel Jackson y varias características fuertemente asociadas con su raza, causaron que segmentos importantes de nuestro país se vieran proyectados en la trayectoria exitosa de “El del guante”. Su muerte también representa una especie de infortunio racial compartido.
Pese a los cambios sufridos en la tez de Jackson en las últimas tres décadas, el color de piel que sabemos es el del cantante y los sentimientos de marginación y rechazo étnico asociados a sus orígenes, siguen siendo ganchos sicológico entre el asediado Michael y sus admiradores mexicanos. Entre ellos se produce un efecto espejo basado en el estereotipo de dominados, sometidos y violentados —negros y mexicanos— pero, a la vez, de alguna manera vengados por el avasallador éxito global del autor de We are the world. Ver que Jackson arrebata Grammys; que se colocaba en la cima de las listas Billboard; y que pese a su muerte, sigue gozando de gran aceptación a nivel internacional, es ver uno de los más deseados retratos nuestros.
Incluso, algunos han encontrado que la aceptación de ese “icono que nos dibuja a todos”, puede ser explicada a partir de la aceptación que en su momento tuvieron en México las presentaciones del defeño Adalberto Martínez, “Resortes”, con su particular estilo de bailar. Si se comparan sus coreografías con las del originario de Gary, Indiana, brincan, literalmente, varios puntos de convergencia. En ambos, su manera de bailar les dio un sello de identidad irremplazable y el popular acogimiento de una nación donde la fiesta es parte de su esencia cultural. Pero, claro está, en ambos ejemplos es necesario ubicar particularidades. A Michael Jackson es imprescindible sumarle contexto histórico: el poder de la tecnología de punta aplicada al mundo del show business y ese poder hipnótico que produce en una sociedad comandada por imágenes cada vez más llamativas, tanto en forma como en contenido.

c) Según Brown y Fishwick (1978), una celebridad es un icono que atrapa nuestra atención porque queremos ser como ella. Representan nuestra expectativa, por mínima que sea, de que algún día podremos hacer o ser como ellos; que podremos significar lo que ellos significan. No son ellos como personas lo que deseamos ser; es su imagen la que nos deslumbra y la que es venerada.
En efecto, no interesó ni interesa Michael Jackson como persona, sino el artista de color que pese a su corta edad, a su delgado físico, a su color de tez, a su humilde origen, a su numerosa familia, se impuso sobre los estereotipos, rompió paradigmas —incluyendo el estético— y, con su carisma musical, logró fama y una fortuna calculada en mil millones de dólares.
En cuántos mexicanos no se cruzó la idea de triunfo, reconocimiento y salvación al ver la manera en que Jackson, con las características ya mencionadas, escalaba sin fin y le chorreaban los millones de dólares. Es necesario insistir: ¡mil millones de dólares en la cuenta de una persona! En cuántos no se sigue cruzando la duda del fin que tendrá lo que queda de la fortuna de Jacko y lo que pasará con la deuda de 500 millones de dólares que ha dejado como herencia. En cuántos mexicanos no se seguirán cruzando los cálculos de los ahorcamientos económicos de sus propias familias —agua, gas, luz, gasolina, alimentos, salud, escuela, vestido, esparcimiento— y por qué no pensarlo, hasta la deuda externa de México que, por cierto, ahora ha crecido en más del 240 por ciento en los dos primeros meses de 2009. ¿Cómo no llevar a un Michael Jackson dentro en medio de tanta jodidez e injusticias inacabables?

d) Marshall Fishwick (Browne y Fishwick, 1970) define a los “iconos” como objetos físicos, tangibles, que se convierten en artefactos admirados; expresiones externas de conexiones internas, y objetos de todos los días que también son usados a diario. La mezcla de admiración con el uso constante ubica al icono como “sustancias” que le dan sentido al día a día.
Ayer y ahora, hablar sobre Michael Jackson es parte de una cómoda cotidianidad. No representa un conocimiento ajeno ni complicado y esto, para una nación con un promedio de escolaridad de 7.8 años de estudio, que no “sale de mother y father”, que ha bajado los brazos frente al cancerígeno sindicalismo liderado por la no menos dañina Elba Esther Gordillo, ¡hasta llega a reflejar estatus! Barajar palabras como Dangerous, Bad, Jam o Scream suena cosmopolita. Nos proyecta como mexicanos tercermundistas, pero con “mundo”. Esta interpretación pudo corroborarse con claridad al ver la manera en que desde el jueves 25 de junio fueron marginados del discurso cotidiano los nombres de partidos políticos y sus representantes en plena efervescencia electoral por las palabras “Murió Michael Jackson”. Y por como pinta el panorama, las preguntas y respuestas alrededor de su muerte continuarán ocupando un lugar VIP de la agenda discursiva nacional. El fetiche se impone a la realidad. La reencarna y define.

e) Los iconos son claves culturales que le ayudan a las personas a desencadenar actitudes y asunciones. La admiración que causa un icono opera en los niveles emocionales de muchas personas. Y un nivel emocional puede ser el reflejo de una pérdida. Los iconos dependen de aquellas personas que están divorciadas del trabajo material y del sentido de continuidad en el tiempo y en el espacio, y que por eso necesitan una alternativa de referente material que les permita ubicarse en el presente y contar con un cierto sentido de control. Además, el hecho de que los iconos funcionen en un nivel emocional, provoca que se despierten deseos de las más variadas formas e incesantes. Y porque los iconos operan a estos niveles, ellos se presentan ante nosotros como los “impresentables”: como algo material que tiene detrás de sí a fuerzas que no podemos ver y, por tanto, se vuelven objetos de adoración o fetiches (Besky, 1997). Un icono se vuelve lo que nosotros deseamos que sea.
No es gratuito enlazar el revuelo de la noticia de la muerte de Michael Jackson en un país donde campea el desempleo, el ocio, la defensa por el menor esfuerzo y la pérdida de la confianza en las instituciones y sus representantes. La aceptación de un icono como es Jackson, con toda la proporción que el ejemplo guarda, tiene puntos en común con la manera en que el mexicano sigue abrazando productos massmediáticos como son las telenovelas y la historieta. Consolar con baladas pop o con historias de amores y compartir en ambos casos un final feliz traducido en sensaciones agradables, es un remedio catártico, y a la mano, para las apaleadas fibras sensibles de los mexicanos.
Michael Jackson rompe con barreras idiomáticas y genera satisfacción a la medida. Por increíble que parezca, un ídolo musical importado llega a generar más confianza y apego que un representante político. Es Jackson quien merece los honores, piensan muchos, no nuestros líderes gubernamentales. Él sí es como nosotros deseamos que sea, mientras los otros, ni pagándoles, cumplen con las expectativas.

f) Hall y Hall (2006) aseveran que un icono es creado con la ayuda de la mercadotecnia y la publicidad y es promocionado de manera que resulte muy visible en audiencias múltiples.
Huelga defender el apabullante rol que cumplieron las estrategias de mercado que lograron posicionar a Michael Jackson en miles de públicos de diferentes estratos, lenguas y culturas, incluyendo la nuestra. De hecho, sobran quienes conceden absoluto talento a Jackson, pero más aún a su multimillonario equipo de publicistas.
El New York Times publicó el pasado jueves 25 de junio un interesante ensayo titulado “Después de Jackson, la fama nunca podrá ser la misma”. Su autor, David Seagal, aborda precisamente el punto del éxito desbordante y global de Jackson, así como su presencia mediática. Sostiene que ya no será posible ver que otro cantante pop supere al intérprete de Black or white o de Men in the mirror porque la actual oferta en medios de comunicación virtuales es amplísima y caótica.
El periodista Seagal cuenta la forma en que la noche de ese mismo jueves 25, una multitud se reunió espontáneamente afuera del Union Square en Manhattan para rendir tributo a la memoria de Michael Jackson. Comenta que todos hicieron un círculo amplio para que dentro de él comenzaran a bailar, o a intentar bailar, como el King of Pop. Narra que mientras él veía ese espectáculo se preguntaba cuándo volvería a pasar algo así de nuevo, cuándo volvería a significar tanto otra figura de la cultura pop para que tantas personas decidan juntarse, unirse en un abrazo y… bailar. Seagal concluyó que eso ya no será posible. O al menos, sumamente difícil.
Dice el colaborador del New York Times: “Jackson ha vendido un estimado de cien millones de copias alrededor del mundo del álbum Thriller (1982), mismo que se mantuvo más de 31 semanas en la cima de las listas de Billboard. Este tipo de altas marcas nadie las alcanzará más porque las tiendas de discos están desapareciendo al igual que los álbumes megabits. Una semana en grande en las listas de Billboard es aquélla que llega al cuarto de millón de unidades vendidas, número que los Jonas Brothers llegaron a colocar la semana pasada de su última grabación. Y es raro que un álbum permanezca hasta tres semanas en la cima. Las personas que compran música en estos días tienden a hacerlo en línea o a robarla ahí mismo y a buscar una sola pieza (…). El campo de los ídolos pop, al igual que todos los campos que pueden conducir a la súper fama, está más congestionado que nunca y la variedad de rutas rumbo al estrellato sigue creciendo.
Cuando Los Beatles estuvieron en el Show de Ed Sullivan en 1964, más de setenta millones de personas lo vieron, esto es, más de un tercio de la población entera de los Estados Unidos. Sí, Los Beatles eran así de buenos, pero en ese tiempo, sólo había tres cadenas de TV y el radio. No existía el Facebook, Twitter, juegos de video, malls u otra docena de aparatos potenciales llegando a una audiencia (…). De la misma manera, Michael Jackson tuvo MTV que era “El Lugar” de los videos musicales (…) Ha pasado mucho tiempo desde que MTV transmitiera hora tras hora los videos más famosos. Hoy es posible ver videos musicales en YouTube y como no hay programadores que filtren lo que vemos, cada artista tiene que competir con miles de otros cantantes. Y ahora que cualquier persona con una computadora tiene un estudio en miniatura y que cualquiera con una conexión a Internet puede postear una canción, hoy en día existen más géneros, subgéneros y artistas que nunca. Por eso hasta Michael Jackson tendría serios problemas para ser Michael Jackson en estos tiempos. (…) Algo muy triste está detrás de este menú infinito de opciones. Puede significar el fin de verdaderos superestrellatos y con ellos, el fin de experiencias colectivas como la que vi este jueves en la noche en Union Square. Todos los que estábamos ahí conocíamos a Michael Jackson. Todos lo habíamos visto; habíamos cantado con él, intentado bailar con él y todos estábamos colectivamente muy espantados de sus más recientes conductas. Pero él era nuestro”. Y de muchos mexicanos, también.

g) Además sostienen que los iconos son carismáticos y provocan fuertes reacciones positivas o negativas en el público.
¿Habrá alguna duda de esto al abrir los periódicos, al encender la radio o la televisión, o al conectarse a Internet y tener la plena certeza que encontraremos la nota de Michael Jackson en ello igual que en los del resto del globo? ¿Tendremos algo que rebatir en este punto al pesar el impacto que tuvo en la carrera de Jackson el tema del abuso sexual de menores en el que se vio envuelto? ¿Algún paralelismo entre el caso Trevi-Andrade y la absolución que el público nacional le ha otorgado a la cantante?

h) Un icono es físicamente bello, considerando diferentes formas en esta expresión. Esta característica también incluye la concesión que el icono tiene de “redefinirse” o “remodelarse” en cuanto a su figura externa siempre y cuando esto vaya acorde a la imagen cimentada en el público.
Michael Jackson fue “El hombre de las mil caras”, según lo definen en tantos medios. Esa constante metamorfosis, ciertamente criticada por muchos y que también le mereció el apodo del “Dorian Grey invertido”, también fue el reflejo de un exorbitante poder económico asociado a la búsqueda incesante de la belleza, a partir del modelo estético ideal impuesto por el occidente y en el que muchos mexicanos siguen creyendo, depositando el éxito o fracaso de sus relaciones interpersonales y de su autoestima, así como cantidades millonarias de pesos.
Uno de los negocios más rentables en nuestro país es el que tiene que ver con cirugías plásticas, al igual que el de las dietas, salones de belleza, gimnasios, depilaciones láser, aplicación de bótox, SPA, camas bronceadoras, entre otros. Todos ellos son diariamente asediados con la finalidad de embonar en ciertos grupos sociales y, acaso, ser aceptado y acariciar la idea de triunfo. De éxito. De fama. De Jackson.
Si bien los resultados en el físico de Michael Jackson no eran los más atractivos, sí lo eran todo el oropel y misterios que rodeaban esas cuentas de incalculables dólares y cuidados por los que tuvo que pasar el cantante. Los cambios en su rostro, así de dramáticos, lograron convertirse precisamente en esa imagen que cimentamos de Jacko a lo largo de sus poco más de treinta años de carrera. Pese a sus dolorosas y extrañas transformaciones, su éxito permanecía y parecía que jamás tendría fin. Michael además enseñó que pese a las trágicas decisiones tomadas, los caudales de dinero no terminaban de acabarse. Eso, representado en las pantallas de una audiencia sojuzgada, sometida, denostada y violentada, alimenta cualquier cantidad de actos catárticos que lo perdonan todo. Que quieren todo lo que ven en el monitor… y más.
Según comenta Sara Sef-chovich en País de mentiras (Océano, 2008) al citar a Carlos Pereda (“¿Qué puede enseñarle el ensayo a nuestra filosofía?”, Fractal, núm. 18, otoño de 2000, pp. 90-91), “en México tenemos el logos occidental como deseo, como ilusión, como discurso, como prejuicio, y de allí que sea la nuestra una eterna fe en las recetas de fuera, las de los países exitosos y ricos, y un afán de imitarlos, que nos hace colectivamente una y otra vez a lo que alguien llamó sus ‘mecas simbólicas’” (p. 20).
Para finalizar, las siguientes dos características, la i) y la j), explican por sí solas la relación que se ha tratado de vislumbrar entre el icono Michael Jackson y la respuesta que México ha dado a su muerte. Pero antes de presentarlas, a manera de autoevaluación, se propone una segunda revisión de todas ellas para saber en cuál cabría la reacción que tuvo el presidente de nuestra nación ante el fallecimiento del solista de los Jackson 5.
Felipe Calderón recurrió al referente del inesperado fallecimiento de Jackson para asociarlo con el tema de la drogadicción en pleno acto oficial para conmemorar el Día Internacional de la Lucha Contra el Uso Indebido y el Tráfico de Drogas. Considerando la fecha de publicación de esta entrega, y a más de un mes del fallecimiento del dueño de Neverland, es decir, muchísimo antes de que los forenses asignados ofrecieran resultados oficiales sobre la causa de la muerte de Michael Jackson, Felipe Calderón aseveró contundente que el ídolo del pop, un hombre que lo tenía “todo” (?) en la vida, “fama y dinero”, según la percepción de Calderón, había muerto a consecuencia de su adicción a las drogas. El imaginario del presidente fue elocuente ejemplo de lo que Jackson puede llegar a representar a nivel individual cuando proyectamos nuestras más hondas necesidades y anhelos en figuras icónicas con las que vamos construyendo el diario vivir. Jackson y su muerte nos ayudaron a calcular el peso de la presión que tiene sobre los hombros el primer mandatario. Quedó al descubierto un recoveco discursivo más que busca desesperadamente ganar credibilidad en este encañonado México nuestro.
Las dos características finales son, pues, las siguientes. En ellas queda claro que Michael Jackson no sólo es un icono que transita en diferentes piezas simbólicas muy bien aceptadas en México. Tal y como se dijo al inicio, Michael Jackson no ha muerto. Sigue vivo el icono, el Michael que todos quieren:

h) Un icono es una figura que funciona como puente entre diferentes naciones y diferentes culturas (Hall y Hall, 2006), por lo que sus cualidades y caracterizaciones se convierten en ese lente por el que pasan las conversaciones de los distintos públicos. Un icono no pertenece sólo a un país, sino al mundo entero. Su habilidad de ser traducido en diferentes países o culturas refleja su condición generalizada o en común (Browne y Fishwick, 1978).

i)  Los iconos mueren. Otto Friedrich (Worrell, 1988) propone la idea de la trascendencia proveniente de la religión como un camino posible para entender la difícil negociación que tiene que salvar una celebridad icónica entre su muerte y el deseo del público de tenerlos siempre con vida. Esta necesidad asociada a sentimientos religiosos no tolera la muerte de un icono. Pero es precisamente la muerte de un icono lo que les permite convertirse en mitos (Taborelli, 1999). E4
 
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