La política no es todo, pero afecta el todo. La sociedad que la repudie, por juzgarla incompatible con principios y valores, ignora la proclama de Abraham Lincoln de que “la democracia es el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo” y abre la puerta a dictaduras de cualquier pelaje. La historia lo consigna. Ronald Reagan advierte en sus memorias que los mejores hombres y mujeres no hacen fila para ocupar un cargo público. Son aquellos que, por lo mucho que pueden aportar a su país, deben ser persuadidos de prestarle sus servicios.
Por falta de atención en los asuntos públicos y en quienes los llevan, al poder suelen colarse, incluso por la vía democrática, líderes en apariencia providenciales, iluminados, sobre todo en momentos de confusión, angustia o abatimiento del ánimo nacional. En épocas menos remotas pasó en Perú con Fujimori, en Nicaragua con Ortega, en Venezuela con Chávez y a punto estuvo de ocurrirle a México con López Obrador. Alfred Smith nos recuerda que “El camino más corto para arruinar a un país es dar el país a los demagogos”.
Las sociedades más libres, prósperas y estables, las menos expuestas a los iluminismos, son las más exigentes consigo mismas, las más participativas y, en consecuencia, las más críticas con sus gobiernos. El abstencionismo en esos países es por satisfacción. En los Estados Unidos, por ejemplo, las diferencias entre los partidos Republicano y Demócrata son solo de matices. Lo confirma la baja de diez puntos en la popularidad de Barack Obama, en escasos seis meses de gobierno, a pesar de la imaginería que rodeó su elección.
Bernard Shaw cree en la democracia “porque da rienda suelta a las energías de todo ser humano”. Sólo que el entendimiento de cada sociedad sobre el concepto difiere según su cultura y tradiciones. La democracia premia y castiga también a los pueblos, según el sacrificio y esfuerzo que ofrezcan para obtenerla. El caso de Honduras es paradigmático. “Mel” Zelaya ganó en las urnas con un programa de gobierno que intentó trocar por otro y por eso fue depuesto en base a las leyes de ese país centroamericano.
El respaldo de la comunidad internacional, más que para apuntalar a un aprendiz de dictador, lo que pretende es preservar el sistema democrático; una forma de desalentar las asonadas y las cuarteladas. Por justificada y grande que sea la inconformidad de las mayorías, siempre volubles y manipulables, nadie puede deponer a un gobierno legítimo, a menos de que existan mecanismos específicos y legales previos. La enseñanza de Honduras a los pueblos de la región, entre ellos el nuestro, es que hay que saber elegir: si lo hacen bien cosecharán los frutos de una buena decisión; pero y si fallan, pagarán las consecuencias. Al fin que “Todos los males de la democracia pueden curarse con más democracia” (John Cooldige dixit). Sólo que a veces el remedio resulta bastante doloroso. |