| El abstencionismo, que en países tradicionalmente democráticos se da por satisfacción, en el nuestro ocurre por decepción. El mensaje de los casi dos millones de ciudadanos que el 5 de julio anularon su voto en las elecciones para el Congreso, no admite matices o interpretaciones en contrario: la política y sus oficiantes actúan de espaldas a la sociedad y en las antípodas de las exigencias nacionales. Ni izquierda, ni derecha, ni centro convencen a una sociedad harta de charlatanes y corifeos.
A México y el mundo le urgen estadistas que gobiernen con altura de miras y no con la vista puesta en la próxima elección o en la siguiente conflagración. Ninguna de las bancadas tendrá mayoría absoluta por sí sola en la LXI Legislatura, pero al PRI le bastará aliarse con los diputados del Verde para lograrla. La derrota del PAN, partido del presidente Calderón, superó las proyecciones y rebasó las sufridas por Fox y Zedillo en sus respectivas intermedias. El PRD regresa a su tamaño real, acostumbrado a dar un paso adelante y tres atrás.
¿Qué sigue? Bajo la lógica de los partidos, la sucesión presidencial. El interés nacional, que para ellos no es otro que el propio —el poder, la silla del águila— estará siempre relegado a un segundo o tercer plano. No avanzar podría ser lo de menos si países equivalentes al nuestro permanecieran estáticos también. Mas no es así. La vieja Europa del Este y la embrionaria Sudamérica nos rebasan por el centro, la izquierda y la derecha. Nuestro país abrió sus fronteras a la competencia, pero mentalmente permanece en el pasado feudal.
Ya lo sentenciaba Santa Anna, uno de los políticos que marcó —para mal— la forma de entrar, salir y regresar al poder sin el mínimo decoro: “Mientras tengamos Congreso, no hay progreso”. Y nuestro Congreso ha sido, fatalmente, una entelequia, un gasto inútil; lo mismo como comparsa del presidente que en papel de independiente. No es que sea innecesario. Pero tendría que ser la voz del país, su reflejo y sentimiento. Jamás lo ha sido. ¿Lo será algún día?
Si algo rescatable deja el 5 de julio, en términos ciudadanos, es el crecimiento del voto en blanco o nulo que está vez se expresó organizadamente. Pero dejar así las cosas, como ha pasado con tantas otras expresiones de descontento social, sería esfuerzo vano. En virtud de que partidos y gobiernos no alcanzan al país en estatura, que sea la sociedad, entonces, la que crezca y empuje a aquellos a cumplir sus deberes y desquitar lo que cuestan. El primer paso ya se dio y no hay que cejar en el intento. Si otros pueblos se decidieron, ¿por qué nosotros no? |