| Mientras las elecciones pasan y ni gobiernos ni partidos alcanzan el liderazgo ni la estatura que el país reclama de sus políticos para romper el círculo de la pobreza y avanzar en un mundo cada vez competitivo, surge un lado positivo: la sociedad empieza a entender que el ejercicio del sufragio, por sí solo, es insuficiente para tener poderes públicos eficientes, honorables y capaces. Las democracias fuertes se construyen mediante la participación activa, cotidiana y crítica de todos los sectores de un país y con medios que la reflejen cabalmente.
Después de visitar México a fines de marzo pasado, la secretaria de Estado norteamericana, Hillary Clinton, declaró que los vecinos del sur viven “una democracia vibrante”. La democracia, efectivamente, no es silencio ni unanimidad; al contrario, implica debate, confrontación de ideas e incluso estruendo antes de lograr acuerdos, coincidencias que venzan inercias, dobleguen intereses y propicien condiciones para el desarrollo. Al respecto, el escritor y político brasileño, país que hoy brinda a México lecciones de cómo conducir una transición, advertía que “La peor de las democracias es mil veces preferible a la mejor de las dictaduras”.
En México hemos perdido tiempo precioso, irrecuperable, en mirarnos el ombligo mientras España, Irlanda, Polonia, Chile, Costa Rica, Brasil y otros países, en plazos relativamente cortos, han modernizado sus estructuras políticas, sociales y económicas. ¿Por qué ellos sí y nosotros no? La respuesta es compleja dentro de su simplicidad: porque decidieron mirar hacia el futuro una vez que comprendieron que instalados en el pasado jamás progresarían y que hoy más que nunca el mundo premia el esfuerzo y castiga la desidia y la mediocridad.
México tarda más en reaccionar por tantos años que vivió ensimismado, pero por fortuna empieza a comprender que el verdadero cambio no vendrá mágicamente ni por voluntad de los políticos si la sociedad no los presiona para que desciendan del Olimpo donde solos se han instalado. Porque, como declaró el presidente Calderón el 10 de noviembre pasado, en un homenaje póstumo a Juan Camilo Mouriño, “es muy fácil pontificar sentados desde la columna de mármol, desde el pedestal que se convierte, precisamente por la inacción, en un pedestal de imbéciles”.
El primer paso de la transición a la democracia en México fue la alternancia, sin restar mérito a la serie de sacrificios y avances previos que la posibilitaron. Cambiar de partido en Los Pinos no basta y la separación de poderes tampoco. Es preciso que la sociedad actúe, como lo hace ahora en vísperas de las elecciones del 5 de julio. Sin embargo, para tener éxito y no perderse en la coyuntura, el movimiento debe continuar hasta fijar una agenda en el Congreso que comprenda: candidaturas independientes, reelección inmediata de diputados, senadores y alcaldes, eliminación de asientos plurinominales donde los haya y, sobre todo, acuerdos inmediatos en lo esencial: economía, seguridad, justicia. De lo contrario, el país seguirá estancado. |