Carlos Salinas de Gortari se legitimó mediante un golpe de mano, signo que, junto con la corrupción y el asesinato de figuras emblemáticas (Clouthier, Posadas Ocampo, Colosio, Ruiz Massieu) marcaría su sexenio. La detención de Joaquín Hernández Galicia “La Quina” y otros líderes del sindicato petrolero, el 10 de enero de 1989, a todas luces ilegal por la siembra de un cadáver y armas de alto poder, respondió a un doble propósito: advertir al país, pero sobre todo a la nunca tan bien llamada clase política, de lo que sería capaz si alguien cuestionaba su legitimidad manchada y se interponía en su camino.
Salinas cobró al mismo tiempo una factura, con intereses de usura, a los caciques de un gremio que no sólo amenazó a De la Madrid —“si cae Pemex, cae usted”—, sino que además expresaron público descontento por su candidatura, de la que ahora se arrepiente quien la impuso, y simpatía por la de Cuauhtémoc Cárdenas, hijo del presidente que estatalizó la industria petrolera, cuyos principales beneficiarios son todavía el sindicato y los gobiernos que la utilizan como caja chica.
Después de una elección igualmente cuestionada, todo el mundo se preguntaba “¿Cómo legitimaría Felipe Calderón su presidencia? Al respecto se tejieron múltiples conjeturas. Que metería a la cárcel a los hermanos Bribiesca, hijos de la esposa de Vicente Fox, por enriquecimiento ilícito; que condenaría, a través de la Corte, a Echeverría por la masacre del 68; que defenestraría a varios gobernadores por sus vínculos con el narcotráfico… Calderón prefirió esperar. Emprender una cacería en sus condiciones —deslegitimado, con un Congreso dividido y la mayoría de los gobiernos estatales, alcaldías y congresos locales en poder del PRI y el PRD— no era lo más sensato.
Calderón prefirió esperar, tomar aliento y ampararse en las instituciones más sólidas y confiables del país, por su labor cotidiana y celo profesional, pero también por su apego a la norma constitucional y apartamiento del poder político, como son el Ejército y la Marina. Uno de los primeros actos del presidente Calderón fue vestir, sobrepuesto, el saco de comandante supremo de las fuerzas armadas. Deliberadamente o por descuido, el uniforme le quedó holgado, como grande se pensó que le sentaría el cargo, motivo por el cual todavía hoy es caricaturizado.
A dos años y medio de iniciado su período, ese presidente, en apariencia débil, se manifiesta hoy tal cual es y ha sido siempre. Respaldado por las secretarías de la Defensa y la Marina, emprende la mayor cruzada contra el crimen con un carácter y una determinación que sólo su círculo más inmediato le conocían. Calderón podrá ser demócrata, pero también tiene rasgos autoritarios. Calderón no es Fox y, por lo visto, no se detendrá en contemplaciones ni correcciones políticas para imponer orden. Es bueno que así sea, pero mejor será si mide todas sus acciones por el mismo rasero. |