Nº 354 - 2 de junio de 2009
 
 
 
 
 
 

LA OFERTA DE títulos académicos a diestra y siniestra es un negocio lucrativo en méxico y anzuelo para los jóvenes ávidos de triunfos fáciles

Doctorados patito

Renata Chapa

Los grados académicos no siempre avalan el nivel de conocimientos, pero con tal de sacarles dividendos, las universidades amenazan con convertir la manga de la permisividad en un horizonte de libertinaje. La multiplicación de licenciados, maestros
y doctores no se corresponde con el profesionalismo que de ellos se espera


Superación.
Bajo los principios de la oferta y la demanda

La educación en México es y seguirá siendo un negocio redondo. Quienes están al frente de escuelas privadas o de gobierno conocen que la demanda de servicios educativos se incrementa con celeridad meteórica. La clientela sobra por millones en todo el país, al igual que los problemas por estudiar, pero las escuelas no son ni suficientes ni del todo competentes para encararlos. Éstas han recurrido a prácticas de supervivencia que constantemente ponen en tela de juicio su calidad académica y su ética. Una de esas prácticas tiene que ver con la educación superior y el valor social conferido a la obtención de diferentes grados académicos.
Conforme pasan los años, son más las evidencias de la laxitud con que se llevan a cabo los procesos de admisión, acreditación y evaluación a nivel superior. Sin embargo, esa flexibilidad (“manga ancha”, dirían algunos) tiene un poderoso parapeto: la imagen que históricamente hemos construido y concedido a los grados académicos, a los espacios donde se ofrece la preparación para obtenerlos y a los actores que participan en los procesos de enseñanza-aprendizaje correspondientes. El halo de omnisciencia y de poder incuestionable que rodea a La Universidad llega a ser una coraza que cubre serias deficiencias.
Existe una penosa paradoja. La abrumadora producción de datos que dio pie al término “sociedad de la información” camina junto a una gastada capacidad de asombro. El individuo queda rebasado ante el frenético flujo informativo. Sabe que ni sumando varias vidas podría llegar a conocer todo lo que se genera en los medios impresos de comunicación o en Internet. Por tanto, declina a priori, aun y cuando su competencia profesional vaya de por medio.
Es aquí cuando el actual progreso científico-tecnológico debería entrar a examen. Los medios, lugares y personas académica y socialmente obligadas para desarrollar esta tarea de evaluación son los que pertenecen al ámbito de la educación superior. Pero de nuevo emerge otra contradicción, alimentada por incompetencias transversales: primero, el estudioso no lo es tanto cuando se supone que debería de aspirar a la erudición en su área; segundo, sus producciones no cumplen con el nivel de profesionalismo esperado; y tercero, los recintos que se anuncian como académicos respaldan lo que no llega a tener esa cualidad, pese a que la solvencia y estatura moral de la institución superior pudiera quedar en entredicho.
Hoy parece que este malestar se reproduce sin provocar alarma. Productos de medio pelo intentan dar línea en diferentes campos y solucionar complejas crisis que entrampan al país, pero siendo juez y parte de ellas. Se busca aparentar solvencia poniendo por enfrente el nombre de ciertas instituciones de rango superior. Y ellas, a su vez, siguen teniendo que ver en este enredo porque confieren títulos de suficiencia profesional sin el debido rigor. Graduar a muchos les permite no quedar fuera de la jugada del voraz mercado de la educación. Ganan prestigio, credibilidad y reconocimiento.
Antes, ocupar una silla en el aula de una institución de educación superior representaba una oportunidad no concedida a cualquiera. Era un reto personal de alto grado de dificultad no sólo por el valor atribuido al conocimiento en sí mismo, sino por la actitud de compromiso que asumían quienes mostraban un auténtico deseo y pasión por aprender. Por ejemplo, el acopio de datos, en las décadas de los setenta y ochenta, representaba búsquedas minuciosas que implicaban bastante tiempo, años quizá, y lecturas acuciosas. Pese a las condiciones del sistema informativo de aquellas épocas, y que ahora nos parecen precarias y nada favorables para el proceso de enseñanza-aprendizaje de nivel superior, daba la impresión de que el compromiso era más notorio. Las huellas de tales empeños quedaron en los textos logrados o en los agudos debates que entablaban miembros de comunidades universitarias. Se respiraban aires académicos distintos.
Ahora, a pesar de que en México sigue siendo una minoría la que estudia una carrera profesional, se va arraigando cada vez más la siguiente idea: el acceso a alguna facultad o cátedra superior es un escalón más qué pisar en la trayectoria escolar. Un paso común y a la mano que poco tiene de encanto y mucho de imposición, y que provoca el alza de la demanda. La universidad, entonces, entra a la dinámica del oferteo del servicio y corre el riesgo de tener que dar al cliente lo que pida. Al buscar la captación y retención de una determinada matrícula, la salud académica se pone en jaque.
Este ambiente lleva a suponer que el objetivo es palomear la obtención de un grado como si se tratara de una lista del supermercado. La ley del menor esfuerzo se impone y los ambientes educativos van moldeándose a ella. Las instituciones no escapan ni desconocen esta situación y, por su parte, tienen el interés de evitar que los estudiantes deserten. Vocación profesional o espíritu de servicio, entonces, ya no son prioridad. Son otro tipo de usos y costumbres los que se le dan a eso de ser “licenciado” o “ingeniero”. Lo relajado, y no lo contrario, es lo que embona sin tanto conflicto en la lógica educativa hedonista y neoliberal de este inicio de siglo.
El laxo camino detrás de la consecución de un grado profesional ha marcado pautas poco afortunadas. Al existir numerosas muestras de que el modelo para otorgar títulos de carreras profesionales sigue siendo “todo un éxito” y “ejemplo de crecimiento”, era de esperarse que invadiera el siguiente nivel de la educación superior, la maestría, que va adquiriendo más popularidad y adeptos. Existen maestrías que bien pudieran pasar como diplomados; otras más, con títulos extravagantes o de una especialidad tal que despiertan el escepticismo. La exigencia en ese nivel también refleja lagunas. Las justificaciones para tolerar lo intolerable nos llevan de regreso a varios de los puntos ya tratados como son la ley de la oferta y la demanda, así como el tipo de competencias con el que el profesionista ingresa a este nivel. A estas alturas de la historia académica de un alumno, una formación torcida no suele enderezarse. Por el contrario, confirman que la incompetencia sí puede escabullirse y hasta ser justificada.
“Es que ya es un adulto”. “Es que está casado”. “Es que se está pagando sus estudios”. “Es que tiene bocas qué alimentar”. “Es que sale del trabajo y viene a estudiar”. “Es que es el que asigna el presupuesto para la maestría”. “Es que no pudo venir porque tenía junta”. “Es que eso no se lo enseñaron en la carrera”. “Es que es el jefe del área de recursos humanos”. “Es que se enoja y nos agrede”. “Es que es mujer”. “Es que es amigo del director de la facultad”. “Es que le dieron vacaciones en la chamba y por eso no vino”. “Es que está bien parado en el gobierno”. “Es que no viene de una licenciatura/ingeniería relacionada”. “Es que está becado”. “Es que no es su culpa no saber inglés”. “Es que se le han muerto varios familiares”. “Es que se pone nervioso cuando habla”. “Es que es líder sindical”. “Es que odia leer y redactar”. “Es que no tiene tiempo”. “Es que está en un curso de capacitación”. Pese a éstas y más necedades, miles obtienen el grado de maestro. Y siguen escalando. La energía que se supone deben canalizar a la academia, a la investigación, a la lectura de revistas científicas o a la contrastación de fuentes está encaminada con vehemencia a la elaboración de justificaciones que busquen la misericordia magisterial que se traduce en acreditar materias.
Es una vergüenza comenzar a detectar que los síntomas en materia de deterioro académico a nivel superior comienzan a manifestarse en los doctorados. Pero qué se podía esperar. Por ahí medran ya algunos nuevos doctores posmodernos que, de hecho, demandan ser llamados así, “doctor” o “doctora” porque “su buen trabajo les ha costado”. A sus tarjetas de presentación han agregado el remate “Ph.D.”, es decir, “Philosopher Doctor” cuando ni siquiera pueden entablar una conversación lógica y fluida en inglés. Lo más patético es que tampoco lo logran hacer en español, su lengua materna. Son doctores al vapor, producto de la cadena de incompetencias transversales ya citadas. Varios de estos doctores del nuevo milenio si en algo se especializaron fue en encontrar los recovecos de sistemas educativos que, para subsistir, van ensanchando la manga de la permisividad. Si en el grado anterior, la maestría, pese a la incompetencia tantos pudieron alcanzar su título, por qué habría de cambiar el patrón.
Estos nuevos doctores patito, como bien pueden ser definidos en complicidad con el argot popular, no conocen con certeza metodologías de la investigación porque, obviamente, tampoco han investigado con seriedad. Ni piensan hacerlo. Sus publicaciones llegan a la friolera de cero porque tampoco cuentan con una auténtica inquietud por la cultura libresca. Si leyeron, fue por obligación y con desagrado, durante su paso por toda la escuela. Sus construcciones de conocimientos, que es lo que se espera de un doctor, son meras especulaciones que dejaron enterradas en ensayos apresurados, de cuartillas que fueron producto de la impune transcripción de libros. Ya comienzan a multiplicarse nuestros nuevos doctores mexicanos y ahí de aquél que se atreva a afirmar lo contrario.
Antes de concluir, aquí la aclaración que hubiera evitado el disgusto de varios lectores. Por supuesto que en México sí existen casos en los que la obtención del grado a nivel superior es congruente y honorable. Precisamente por respeto a ellos y a los esfuerzos notables que realizan las instituciones educativas a nivel superior comprometidas con la honestidad académica es que los casos de fraude escolar deben ser denunciados. Son un cáncer que, como se ha explicado, amenaza con una veloz y despiadada expansión. E4

 
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