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Un gobernante puede acometer con éxito reformas y ejecutar obras trascendentes por su utilidad o belleza y sin embargo no ser recordado por ellas sino por un escándalo, un desliz, cometido a veces por otros, pero con su aprobación o disimulo. Caso paradigmático es el de Nixon. En el ánimo de los estadounidenses pesó más el escándalo “Watergate” que la reducción de tensiones con Rusia, en plena Guerra Fría, el acercamiento con China, hoy crucial, y el final de la guerra de Vietnam impulsada por un presidente Demócrata: Lyndon B. Johnson.
En su libro La era de las turbulencias: aventuras de un nuevo mundo, Alan Greenspan menciona que los presidentes más brillantes que trató, antes de ingresar a la Reserva Federal y durante su dilatado ejercicio como encargado de conducir la política monetaria, fueron Richard Nixon y Bill Clinton. Con el primero no congenió acaso por su carácter irascible, autoritario y por su falta de escrúpulos, aunque esto último no pasa de la insinuación. El tiempo, que todo lo cura, le empezó a hacer justicia al Republicano por sus alcances de estadista, mas no al grado de exonerarlo por haberle mentido a su país.
En México, por razones culturales, la mentira pesa menos en la conciencia individual y nacional que en sociedades como la norteamericana, donde la religión influye de manera determinante en el comportamiento social y político. En nuestro país los gobernantes no se disculpan, como Nixon lo hizo tres años después de haber renunciado a la presidencia, agobiado por la carga de las culpas y la insoportable voz de la conciencia; menos pedirán perdón pues se suponen infalibles, predestinados.
López Portillo derramó lágrimas de cocodrilo en su último informe y el perdón que pidió por haber quebrado al país no fue en realidad a los mexicanos, sino a su vanidad herida de estadista frustrado. El autonombrado “último presidente de la Revolución” cayó de la silla por su presunción y egolatría. Hizo honor al aforismo de que “el poder es el mejor afrodisíaco” (Henry Kissinger dixit) y acabó odiado, convertido en piltrafa, víctima de pleitos familiares y operaciones fraudulentas. Incluso llegó a vivir de la generosidad de amigos y ex colaboradores.
Por suerte ese presidencialismo mendaz, atroz y atrabiliario, que tuvo su culmen en el sexenio de Carlos Salinas de Gortari —admitido hoy así por quien lo impuso, Miguel de la Madrid—, forma parte de la historia y de cada uno de los ciudadanos depende que no vuelva a reeditarse. Con Fox y Calderón la alternancia ha dejado hasta ahora más descanto que satisfacciones, pero en una democracia efectiva siempre estarán las urnas para cambiar de parecer en la siguiente elección. La voluntad de la mayoría será mejor toda la vida que la de un solo individuo. De la Madrid vive para contarlo y padecerlo.
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