Nº 353 - 19 de mayo de 2009
 
 
 
 

La osamenta de un Militante

Jesús Carranza

 

Al fin la revolución le iba hacer justicia a don Pancracio. Después de tantos años en el congelador por haberse equivocado, al parecer, el partido lo había tomado en cuenta para una responsabilidad.
Don Pancracio se había desempeñado por más de veinte años en las oficinas de gobierno. Fue escalando escaños en la burocracia partidista. Desde representante de colonia, director de la porra, reparador de matracas, proveedor de lonches y refrescos al final de los eventos, hasta coordinador de avanzada del precandidato a la gubernatura. Allí comenzó su desgracia.
La política es de circunstancias. El gallo de don Pancracio quedó en último lugar de la lista de aspirantes. Así pues, el candidato triunfador, una vez con el poder en las manos, no podía ver ni en pintura a los seguidores de sus antiguos contrincantes e inició una purga en todas las oficinas de gobierno. Durante esa limpia fue don Pancracio a  parar a la calle, con todos sus años de servicio en el partido. De nada le sirvió su argumento de que traía bien puesta la camiseta.
“Yo asumí con resignación —contaría mucho tiempo después— la medida que tomaron los del nuevo gobierno. Pensé: al rato se compone la situación y nos acomodamos en alguna oficina”.  A don Pancracio pronto empezaron a sacarle la vuelta los nuevos funcionarios. Lo veían como a un apestado. “Tenía tres años trabajando en el gobierno cuando me despidieron. Dizque por pertenecer al otro equipo. Pero cómo no íbamos a andar en campaña, si el de la calentura con lo de la gubernatura era nuestro jefe. Andábamos  más a huevo que por convicción. Así que no me quedó de otra”.
Don Pancracio se recluyó en su casa. Con la pensión de su esposa tenían  para irla pasando. Se lamentaba que el partido le pagara de esa forma sus años de servicio.
Me contaba con nostalgia tantas experiencias. Tantos eventos.  Recordaba con exactitud cuando los candidatos a la Presidencia de la República pasaron por estas tierras.
— Algún día me hará justicia la Revolución  —decía—, el partido nunca olvida.
Don Pancracio tenía la esperanza de que en algún lugar del entramado burocrático alguien se acordaría de él.
Pasaron los años  y un buen día un funcionario pasó por su domicilio a buscarlo. No lo encontró. Sólo estaba su esposa.
— Dígale, por favor, a su marido que el partido necesita de su experiencia.
Al llegar a su casa, su mujer lo puso al tanto.
Cambió su semblante en un segundo. A partir de ese día, empezó a usar traje. Decidió frecuentar los desayunaderos de la clase política. Asistía a las ceremonias públicas y procuraba ubicarse detrás de los políticos encumbrados para salir en los periódicos.
Se aproximaban las elecciones y la actividad partidista empezaba a calentarse. Don Pancracio me compartía sus esperanzas:
— ¿Será acaso que el partido me postulará como candidato a diputado? ¿Me irán a incluir en la lista de regidores? No importa el cargo. Lo importante es que después de estos años me han tomado en cuenta para una función importante.
Ya habían pasado más de tres meses desde que se apersonó aquél funcionario por su casa y no se habían tenido noticias desde entonces. Por más que se aparecía por las oficinas del partido, nadie le decía nada. Se hacía presente en todos los eventos, se le atravesaba al dirigente, y nada. Ni una señal. Pero don Pancracio no se atrevía a preguntar.
Una mañana kafkiana tocaron otra vez la puerta de su casa.
Al abrir, allí estaba otra vez el hombre del partido. Don Pancracio se restregó los ojos con incredulidad. El funcionario entró a la vivienda, abrió un enorme portafolio, le entregó un sobre cerrado y le dijo:
— En estos tiempos difíciles necesitamos de su experiencia, esfuerzo y dedicación. Usted es un hombre probado en la lucha partidista. Estamos seguros que no nos va a fallar. 
— Tenga usted la seguridad de que pondré todo mi empeño y dedicación en esta elección. No defraudaré al partido —remató don Pancracio.
— Estamos seguros de su lealtad. Lea detenidamente los documentos. Lo esperamos la próxima semana para entregarle las acreditaciones y tomarle la protesta.
— Al fin, vieja —gritó eufórico una vez que se retiró el funcionario—, al fin me ha hecho justicia la Revolución.
— A ver viejo, abre el sobre, vamos viendo la documentación.
Don Pancracio recorrió con la vista las pocas palabras que componían el oficio. Se le hizo un nudo en la garganta y se derrumbó en el sillón.
La esposa le arrebató el documento y lo leyó en voz alta:
“En virtud de la elección que se realizará el último domingo de octubre, el partido lo ha distinguido con la enorme responsabilidad para que represente los intereses de nuestro instituto político en la casilla electoral ubicada en el ejido San Antonio de la Osamenta, del Municipio de Santa Catarina, en el vecino estado de Nuevo León”.

 
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