Nº 353 - 19 de mayo de 2009
 
 
 
 
 
 
Tentaciones del poder


A diferencia de la monarquía parlamentaria española, donde la Constitución de 1978 declara al rey (ahora Juan Carlos I de Borbón) “símbolo de la unidad nacional”, en sistemas presidencialistas como el nuestro el jefe del Ejecutivo carece —por su propio origen— de esa dignidad. No cabe entonces la machacona advertencia del líder nacional del PAN, Germán Martínez, en el sentido de que no estar con el presidente equivale a estar contra el país. A menos, claro, de que hayamos regresado a la “presidencia imperial” sin darnos cuenta. La tentación es mucha, mas no es el caso.
Cuando Martínez acusó al PRI de traicionar al país por no apoyar expresamente a Felipe Calderón en la lucha contra el crimen organizado en cualquiera de sus formas —narcotráfico, secuestro, tráfico de armas y de personas, blanqueo de dinero— anticipaba cuál sería la estrategia de su partido para los comicios legislativos del 5 de julio. Consiste en persuadir a los mexicanos de que la nueva condición de patriota la concede el reclutamiento ciego, absoluto, en las filas de Los Pinos. Como táctica puede pasar, pero como forma de gobierno es inaceptable pues apela al autoritarismo. Muchos pueden estar de acuerdo con el presidente en ciertos temas y discrepar en otros sin que ello los convierta en pérfidos.
Incluso para la mayoría el presidente es un buen mexicano y cada día se esfuerza en construir un país mejor para todos. Pero igual que Fox no ha resistido la tentación de ser actor en las elecciones. Si lo inspiran democracias donde los gobernantes pueden hacer proselitismo por los candidatos de sus partidos, sin necesidad de embozarse, primero habría que reformar la ley en aras de la igualdad. Mas si para procurarse la mayoría en la Cámara de Diputados utiliza “la fuerza del Estado”, entonces faltaría, además de a la Constitución, al espíritu de Madero que lo despide y recibe a diario en la explanada de la residencia oficial.
Es plausible que el presidente aspire a un Congreso dominado por su partido en la siguiente legislatura. Ello le permitiría gobernar con menores resistencias —no necesariamente mejor pues las mayorías no son mágicas, además de que “quod natura non dat, Salamantica non prestat”— y empujar reformas que al país le urgen y que el apocamiento y la mezquindad política han sustituido con cambios que en medicina equivale a suministrar placebos a cuerpos cancerosos. Reagan se quejaba de que los diputados y senadores de su país le vetaban presupuestos e iniciativas, pero la sabiduría política y la fortaleza democrática radican justamente en la capacidad de convencer al contrario.
Por su parte, los priistas no deben quejarse de que el presidente y su partido recurran a prácticas que ellos mismos utilizaron durante setenta años —menos, si se descuenta el sexenio de Zedillo, activo que el PRI desperdicia por juicios tontos, propios de espíritus menores—, pues la ilegalidad de un acto lo es al margen de quien la cometa. Mejor que tirios y troyanos jueguen limpio y que los ciudadanos decidan su voto no seducidos por encantadores de serpientes o anuncios que lo mismo prometen enderezar jorobados que curar el pie de atleta.

 
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