Nº 352 - 5 de mayo de 2009
 
 
 
 

Una interpretación pujante revela de nuevo la vitalidad del drama ensalzado por la actuación

 

Un Roll on
por la de Victoria

Escenario de acontecimientos perdidos en el tiempo, jergas cambiantes y amoríos que se suceden uno tras otro. “La de Victoria” se convierte en el eterno legado que inmortaliza cada nueva generación

Víctor Antero Flores

 

Vamos a “victorear”.
Para quien no sea de Saltillo esta expresión le puede parecer disparatada. Nadie le dice calle Guadalupe Victoria, ni calle de Victoria, sino simplemente “la de Victoria”. La más popular de las arterias de nuestro centro histórico.
¿Cuántas jergas habrán sonado en sus calles? Nuestros abuelos ya “victoreaban” a principios del siglo XX. Más atrás no lo sé; la calle lleva el sobrenombre del primer presidente de México desde que se ganó la independencia.
Ha sido la calle de los jóvenes de la clase media. La calle de los ligues domingueros. Es corta, apenas mide cuatrocientos metros, o para el entendimiento general, cuatro cuadras. Corre de oriente a poniente, y esa orientación hace que la ilumine de cabo a rabo. Es limpia, abierta y uno respira libremente. ¿Por qué nos hace sentir tan bien? No lo sé. Tal vez por el hecho de que termina en las arboledas de la Alameda. Es como hacer un grato camino a un vergel donde la aventura, no termina.
Por ella anduvieron los fundadores de Saltillo, arrieros, comerciantes, los irlandeses del Batallón de San Patricio, revolucionarios de a caballo, tranvías de mulas, los jipis y muchas personalidades del ayer. En sus esquinas resonaron, por primera vez, las frases de moda de cada década, como “¡Qué pasotes tan grandotes!” en los años cincuenta; “Quiúbole camarada”, en los sesenta; “¿Qué onda!”, en los setenta y “¡Qué jais?”, en los ochenta.
Por allí pasaron los desfiles chuscos del Ateneo y de la “Narro”, con sus buenas intenciones convertidas en desmanes; ahí estaba el mejor cine de entonces, el Palacio, con su estilo modernista cincuentero. Las oficinas Correos de México se mantuvieron casi intactas por sesenta o setenta años, hasta entrado el siglo XXI que las remozaron. A un lado se encontraba la oficina de telégrafos, la forma más rápida de enviar textos hasta la aparición de Internet en los noventa. Allí pereció ese medio de comunicación. El cielo de la calle fue por décadas una telaraña de cables eléctricos, del teléfono y de televisión por cable. A no pocas personas les entristecía ese aspecto tan lamentable, enredado y sucio.
Los años ochenta fueron críticos, lúcidos y multifacéticos para la calle de Victoria. Los estudiantes de la “Narro” se apropiaban de ella los sábados, detenían el tráfico, sometían a los agentes de tránsito y no pasaba quien no portara chamarra de “Buitre”. Aparecieron los primeros rockers, los chundos y los fresas. Tribus urbanas juveniles, movidas por los géneros musicales de moda.
Allí, en la de Victoria, junto al viejo cine, estaba la preparatoria más recurrida de los reprobados: el Instituto de Ciencia y Cultura, conocida como el “UR”, el Último Recurso. (Imagínense, ¡una preparatoria en la calle más popular y juvenil de Saltillo!).
Dar el roll por la de Victoria era todo un acontecimiento. Sucedía los viernes y sábados por la tarde, poco antes de la caída del sol y varias horas después de ésta. Algunos a pie, otros en coche. Chavos y chavas se juntaban en “bolitas” a lo largo de la vía. Otros sólo caminaban de ida y vuelta una y otra vez. Quienes tenían estéreo en su coche lo traían a todo volumen, presumiendo su potencia, bajo el dogma de que un buen sonido y una rola padre te darían varias muchachas por cuadra. La cosa era lucirse, mirarse, coquetearse, ligar. Había que ser atrevido para conocer mujeres y había algunas deidades que rompieron con el estatus femenino de ser abordadas y eran ellas quienes les sacaban plática a los hombres. Eso era, en la jerga juvenil de los ochenta, dar un Roll on por la de Victoria.
Había personajes eternos, que no se movían de sus esquinas o pórticos; como el “Johnny”, viejo buitre de la Narro, de vestir vaquero; y el “Archie”, un pelirrojo que departió con sus amigos cada fin de semana, durante décadas, en el pórtico del Hotel Arizpe y su cabellera lo hacía muy notorio y popular en la de Victoria.
Algunos chavos se “volaban” anuncios de tránsito, insignias de los automóviles, y también los parquímetros, señalados por unos cuantos como “transímetros”, para ponerlos en sus recámaras porque eso se veía “fregón” o “perrón”.
La idiosincrasia popular le dio varios apelativos a la calle, ninguno trascendente: la “Vick Vaporrub”, la “Viky Car” y “La Playa”. ¿Qué por qué La Playa? Pues porque los hombres iban a ver qué pescaban y las mujeres a quemarse.
Recientemente, en octubre de 2008, la de Victoria ha sido fundamentalmente remodelada. Las autoridades municipales y estatales decidieron que esta calle, tan significativa en los recuerdos de los saltillense, debía preservarse y ser mejorada.
Durante varios meses fue sometida a una cirugía mayor. Trascabos, grúas, palas mecánicas, máquinas pavimentadoras y hombres trabajando entorpecieron el paso y el comercio, en pro de la mejora.
Ahora dos leones de bronce reciben a los visitantes en la entrada de la calle. Dos leones cuyo bulto parece estorbar al nuevo paisaje. Dos bestias que tratan de emular las que estuvieron en el Banco y Hotel de Coahuila a principios del siglo XX. Sólo un puñado de viejos saltillenses podría guardar de ellos algún recuerdo. Pero que en realidad, esos dos leones, parecen estar de más. (Aunque tal vez, si perduran, serán, en el futuro, parte de los recuerdos de nuestros hijos).
Vemos que los cruceros tienen un diseño concéntrico en el asfalto, con rulos coloridos en losetas de cantera y pavimento hidráulico.
Se respira un aire mejor desde que la telaraña de cables fue subterranizada. El cielo luce limpio, diferente, como no se veía en doscientos años.
Los arbotantes de la iluminación pública son enormes, como de seis metros. Con dos lámparas sujetas a sendos brazos doblados en forma de arcos… diferentes a los anteriores.
La calle luce banquetas más anchas. Ya no hay espacio para la línea de estacionamientos en su acera sur. Y tampoco hay parquímetros. Se encontró una cláusula en la ley que señalaba como anticonstitucionales estos aparatos, reafirmándoles el mote de los jóvenes ochenteros de “transímetros”.
Se añoran las banquetas tanto más estrechas, íntimas, con los postes de electricidad “estorbando” al peatón. Pero ahora son banquetas más anchas, nobles, que invitan a caminar con soltura. El andar por ellas nos brinda un efecto de libertad.
Los edificios, todos, fueron remozados. Ahora exhiben diferentes colores en un mismo grado tonal, como añejo… me hubiera gustado fueran más brillantes, pero es lo que hay.
La de Victoria se convirtió en una fantasía, un abanico de nuevos tonos, que serán en años venideros los añejos recovecos de paseo y galanteo. Nueva imagen de hoy que se convertirá en las añoranzas de nuestros nietos viejos. E4

 
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