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Ahora que la moda consiste en llevar el laicismo al extremo de toda negación divina, y frente al desasosiego causado por la influenza porcina, conviene recordar “Me encanta Dios”, uno de los poemas más hermosos de Jaime Sabines (1926-1999). Empieza así: “(…) Es un viejo magnífico que no se toma en serio. A él le gusta jugar y juega. Y a veces se le pasa la mano y nos rompe una pierna o nos aplasta definitivamente. (…) Nos ha enviado a tipos excepcionales como Buda, o Cristo, o Mahoma, o mi tía Chofi, para que nos digan que nos portemos bien. (…)
“Pero eso a él no le preocupa mucho: nos conoce. Sabe que el pez grande se traga al chico, que la lagartija grande se traga a la pequeña, que el hombre se traga al hombre. Y por eso inventó la muerte: para que la vida —no tú ni yo—, la vida, sea para siempre. Ahora los científicos salen con su Big Bang… Pero ¿qué importa si el universo se expande interminablemente o se contrae? Esto es asunto sólo para agencias de viajes.
“A mí me encanta Dios. Ha puesto orden en las galaxias y distribuye bien el tránsito en el camino de las hormigas. Y es tan juguetón y travieso que el otro día descubrí que ha hecho —frente al ataque de los antibióticos— ¡bacterias mutantes! Viejo sabio o niño explorador, cuando deja de jugar con sus soldaditos de plomo y de carne y hueso, hace campos de flores o pinta el cielo de manera increíble. (…) Dicen que a veces se enfurece y hace terremotos, y manda tormentas, caudales de fuego, vientos desatados, aguas alevosas, castigos y desastres. Pero esto es mentira. Es la tierra que cambia —y se agita y crece— cuando Dios se aleja.
“Dios siempre está de buen humor. Por eso es el preferido de mis padres, el escogido de mis hijos, el más cercano de mis hermanos, la mujer más amada, el perrito y la pulga, la piedra más antigua, el pétalo más tierno, el aroma más dulce, la noche insondable, el borboteo de luz, el manantial que soy.
“A mí me gusta, a mí me encanta Dios. Que Dios bendiga a Dios”.
Un virus, un simple microorganismo formado de proteínas y ácidos nucleicos, que cuando anida en células vivas es para aniquilar el cuerpo donde habita, trae al mundo —alejado de Dios— de cabeza. Choque brutal, desnudamiento cruel de la fragilidad e insignificancia del hombre, que en su delirio de grandeza cree poseerlo todo: universo, bienes y personas. Fatuidad, soberbia en grado sumo.
John F. Kennedy, presidente católico, proclamaba: “Si hubiera más políticos que supieran poesía y más poetas que entendieran de política, el mundo sería un lugar un poco mejor para vivir en él”. Más aún si a la sensibilidad y al talento se le sumaran humildad y conciencia de nuestra finitud.
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