Nº 351 - 21 de abril de 2009
 
 
 
 

Una interpretación pujante revela de nuevo la vitalidad del drama ensalzado por la actuación

 

UN AMARGO SABOR
DE ESPERANZA: MONTE CALVO

Ensoñaciones de un lugar que nos obliga a comparar nuestro propio hábitat en medio de una ciudad decadente. Desde las tablas del Teatro García Carrillo el drama mueve a la reflexión de nuestra propia identidad

Cirilo Recio Dávila

Dos vagabundos, pordioseros que viven al margen de una sociedad  ausente, encuentran un magro consuelo en la música de boca de una armónica y en el recuerdo de antiguas hazañas. Dos miserables que siguen un destino errático. Dos seres que se mueren en los basurales de la vida, pero que se niegan a morir. Y como si fuera un faro en medio del altamar violentado por la tempestad de una vida a la deriva, el recuerdo de Monte Calvo y la esperanza de un nuevo amanecer. Monte Calvo, el momento de la victoria. Monte Calvo el lugar de la gloria. Monte Calvo la historia de honor del soldado que para Canuto, el payaso-vagabundo sólo representa la desgracia de su amigo el vagabundo-soldado…
Una historia entrañable se presenta en el pequeño foro del Centro Cultural Teatro García Carrillo. Monte Calvo es un drama que destaca valores poco evidentes en un mundo y en una ciudad como los nuestros, en lo que la vida de todos los días se encuentra opacada, apocada, por recesiones impresionantes, desempleos abrumadores, narcoterrores nocturnos, broncas interminables y pequeñeces magnificadas. Valores como la fraternidad en medio de la desolación, la riqueza de la amistad dentro de la miseria material, la psicosis de la guerra en un periodo de paz. Una historia entrañable que Julián González, Luis Arturo Gatica, Alberto Trejo y Víctor Antero Flores, resucitan de los escombros del tiempo. Los rescoldos de un teatro vigoroso y sutil crean una nueva flama. Con una interpretación pujante, en este drama se ve de nuevo la vitalidad de una acción dramática centrada en la actuación.
La excelente caracterización que hace Julián González del soldado que ha sido baldado y perdió  una pierna en el trance bélico, se suma a una convincente tarea actoral de Alberto Trejo del payaso desamparado, alejado de las ovaciones del circo, perdido en el día a día de la pobreza extrema. Y en estas realidades perdidas en la periferia del confortable vivir, aparece el coronel. Luis Arturo Gatica interpreta al militar con un vigor que de inmediato genera contrapunto con las adversidades que enfrentan los dos limosneros. Sin embargo bien pronto se verá que la esperanza está también dañada por la guerra, ensombrecida por los estragos que provoca la conflagración, la esperanza es un laberinto donde deambulan ciegos los personajes de Jairo Aníbal Niño.
En esta puesta en escena de El Monte Calvo puede observarse un concienzudo trabajo actoral. Con todo y los altibajos que es posible advertir —que por lo demás son subsanables— es visible la formación de un estado de ánimo de frustración, angustia existencial, dolor, esperanza al límite en el trabajo colectivo del grupo, así como una explícita búsqueda de crear una forma de ser para cada personaje. A veces esto sucede por la caracterización de los personajes, pero también por un deliberado trabajo interior. Se echa de menos —eso sí— una comunicación más tersa y por lo tanto más convincente entre unos y otros, también es cierto que hace falta pormenorizar algunas condiciones que requiere la atmósfera de dolor, crueldad y desamparo, además de reforzar los elementos que permitirían matizar, graduar las acciones dramáticas como puede ser combinar una iluminación de acuerdo a cada momento o hacer del sonido un medio que reafirme los aspectos climáticos, sin embargo estas apreciaciones subjetivas, personales, no demeritan en modo alguno la labor escénica atendible de esta obra.
En una cartelera teatral que en los últimos años ha logrado establecer un ritmo constante y revitalizado por numerosos grupos y propuestas diversas, la reciente creación del grupo Delfos que representa este trabajo, es consecuencia de una inquietud que se registra en la ciudad: la necesidad de desarrollar una mayor actividad escénica. El teatro es una de las artes más significativas de la salud social porque presenta en forma viva las realidades más profundas del corazón humano. Por esta razón es pertinente referirnos a este colectivo que como señala en el programa de mano aparece el mes de enero de 2008 con un hálito de renovación y de experimentación para asombrar al espectador.
A pesar de que es un drama ya conocido y representado de muy diferentes formas, sigue teniendo un hondo impacto en la conciencia. A las realidades que vivimos ordinariamente, a los continuos acontecimientos, siempre es valioso confrontar el peqeño pero vigoroso impacto de la conciencia. ¿Qué de ese mundo desolador de Monte Calvo corresponde a las vidas que ahora vivimos? Quizá podemos jactarnos de vivir fuera de la miseria y de la locura. Pero ¿podríamos ausentarnos de la entrañable amistad de Canuto el payaso-vagabundo y Sebastián el vagabundo-soldado? O peor aún. ¿Podríamos —tal vez— ser ese Coronel desquiciado —por el que vibra el alma de un ser desconsolado y conmovedor— que sigue viviendo dentro de una guerra que ya no existe?
Los integrantes de este grupo que toma su nombre del Oráculo de Delfos son Alberto Trejo (en el papel de Canuto) quien fue director del grupo de teatro Fascinarte Clown y entre sus maestros están Gerardo Trejo Luna y el cown Tonathiú Morales del Cirque du Soleil, también participa Julián González (como Sebastían el soldado) que ha recibido preparación entre otros directores de Gerardo Trejo Luna y Martín Alepin y Luis Arturo Gatica (quien interpreta al Coronel) con 32 años de experiencia teatral ha sido discípulo de Luis de Tavira, Raúl Quintanilla, Rogelio Luévano  y ha participado en talleres de dramaturgia con autores como Juan Tovar, Tomás Urtusástegui, Jaime Chabaud y Vicente Leñero, entre otros. En el grupo Delfos se encuentra así también Víctor Antero Flores que es encargado de la producción y la co-dirección, es autor de literatura, teatro y radio, actor y como dramaturgo ha tenido como mentores a Vicente Leñero, Juan Tovar y Enrique Mijares. El autor de El Monte Calvo, Jairo Aníbal Niño nació en Moniquirá, Boyacá, Colombia en 1941, es célebre como escritor de literatura infantil, pero como dramaturgo su teatro ha sido representado en muchos escenarios del mundo. El Baile de los Arzobispos, Golpe de Estado, Las Bodas del Hojalatero y El Monte Calvo son algunas de sus obras más destacadas. E4

 
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