Nº 350 - 7 de abril de 2009
 
 
 
 
 
 

El gobierno de la alternancia le debe a los ciudadanos el combate a la corrupción: Zepeda Patterson

Intocables
(Parte I)

Renata Chapa

La impunidad no sólo es producto del poder económico y político, también de la fama, de los micrófonos de la televisión, advierte el coordinador de “Los intocables”. Con pleno conocimiento de causa, Lydia Cacho sostiene: los derechos humanos los viola el Estado y a él se le ha asignado la tarea de defenderlos

Breve apartado liminar


El libro. Su propósito: denunciar la corrupción por otras vías

“Elite”, según la Enciclopedia de la política de Rodrigo Borja Cevallos (FCE, 1998), “viene del francés ‘élite’, que es el conjunto de los mejores en una comunidad, y esta de ‘élire’, que significa en francés elección o elegir. La palabra francesa ‘élite’ se empleaba, en el siglo XVII, para designar mercancías de especial calidad y después se amplió a grupos sociales de cúpula en cualquier actividad. Éste es el origen del vocablo elite que, en sentido amplio, designa un grupo selecto de personas en el orden político, científico, cultural, económico o de cualquier otra rama del saber o de la actividad humanos” (p. 368).
“Gueto” es otro vocablo que también define Borja en su Enciclopedia: “Neologismo que significa enclave de prisioneros, esclavos, gente pobre o discriminados raciales. La palabra ha sido aceptada por el diccionario castellano. Proviene del italiano ‘ghetto’, que designaba originalmente a los barrios en los que se confinaba a los judíos en las ciudades de Italia y de otros países, de modo que ellos no podían salir de allí. (…) Por extensión, se llama gueto a cualquier barrio o suburbio en que viven personas de un mismo origen, generalmente en condiciones de hacinamiento y pobreza, segregadas del resto de la población. (…) El gueto es, sin duda, expresión de una grave patología social. La pobreza, la delincuencia, la mendicidad se retroalimentan. Son generalmente barrios sucios y peligrosos, donde campea la delincuencia” (pp. 514-515).
Si se aplica el término “elite” en estricto sentido, tendríamos como ejemplos de la “elite política” a figuras públicas como las del gobernador, senador, diputado o presidente municipal. Según la definición brindada por el politólogo ecuatoriano, quienes ostentan dichos cargos son los “mejores en una comunidad”, “los selectos” e incluso los “elegidos”. Sin embargo, la realidad desafía por mucho al significado literal. Todo apunta a que sea el sentido irónico el más atinado y cuerdo en términos de resemantización de lo cotidiano. La clase política mexicana no es una “elite”, sino el “gueto” en donde los términos “prisionero”, “esclavo”, “pobreza”, “confinamiento” y “discriminación” caben de una manera más abarcadora y, por tanto, más certera en términos de esa patología social, referida por Borja Cevallos, “donde campea la delincuencia”.
De las múltiples evidencias que sustentan la ubicación de la clase política, y de otras tantas más, como guetos y no como elites, destaca el libro Los intocables (Planeta, 2008) coordinado por el periodista Jorge Zepeda Patterson, actual director editorial del diario El Universal. Él y nueve colegas acordaron investigar los perfiles de varios personajes de los ámbitos político, religioso, deportivo, empresarial, de la farándula y de los derechos humanos. Los adjetivaron “intocables” por la manera en que cada uno ejerce el poder y por su categórica invulnerabilidad.
Zepeda Patterson presentó Los intocables en la más reciente edición de la Feria Internacional del Libro en Guadalajara. Lo acompañaron tres autores de los diferentes capítulos. Las declaraciones fueron ofrecidas en una sala con cupo para ciento cincuenta personas que fue abarrotada a los pocos minutos de su apertura. La primera parte de lo explicado en aquella mesa, también frente a la prensa nacional e internacional, fue grabado desde la fila uno y es presentado a continuación. Breves currículos de los ponentes complementan la transcripción de sus participaciones.

Referentes generales y aclaraciones metodológicas

Jorge Zepeda Patterson es economista por la Universidad de Guadalajara y maestro en ciencias sociales por la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales. Cuenta con estudios de doctorado en ciencias políticas en La Sorbona. Formado periodísticamente en El País de Madrid, España. En 1999, la Universidad de Columbia lo distinguió por su trayectoria con el premio María Moors Cabot.
Zepeda Patterson fue quien abrió la mesa de presentaciones: “Los intocables (en lo sucesivo LI) es un libro que intenta describir personajes que hemos padecido desde hace mucho tiempo ya. LI es un libro dedicado a develar aspectos de la impunidad. En realidad, lo más difícil al hacer este libro fue escoger sólo diez casos porque, efectivamente, podría haber dado lugar a muchos tomos. Nos concentramos en diez que de alguna manera recogen distintas modalidades para el acercamiento de la impunidad. Desde la esfera política a esferas menos celestiales, artísticas, deportivas, se va construyendo en este país una cultura hacia la corrupción. Y es eso lo que intentamos develar aquí. No mediante un análisis sociológico; no a través de descripciones discursivas, sino esencialmente dando cuenta de las biografías que sustentan esta condición de ‘intocables’.
“Como coordinador de la obra quisiera hacer algunos señalamientos metodológicos generales. Los diez casos que escogimos son una mezcla. Por un lado tenemos a políticos relevantes que no podían faltar en un libro como éste: Emilio Gamboa, coordinador de los diputados priistas en la Cámara, y, sobre todo, alguien que durante tres décadas se ha mantenido en la cresta de la ola del poder político en nuestro país. Está también Diego Fernández de Ceballos que, desde otro partido, ha sido también beneficiario de los privilegios, por un lado operando como abogado y, por otro, operando como miembro del Estado que enriquece al abogado. Está también Jorge Hank Rohn, cachorro de la Revolución; hijo del profesor Hank. Es el zar de los casinos en este país, ex alcalde de Tijuana, competidor por la candidatura del gobierno de Baja California que no estuvo lejos de haber ganado, y que ejemplifica otra vertiente de la impunidad todavía más salvaje y despiadada. Tampoco podían faltar Martha Sahagún y sus hijos, los Bribiesca, que encontraron una vieja manera de reeditar la corrupción bajo nuevas modalidades del gobierno de alternancia.
“Hicimos también un capítulo largo sobre los gobernadores. El libro está formado por nueve casos, por nueve personas, y un décimo capítulo sobre gobernadores. Intentamos escoger uno, pero la verdad es que la competencia hacía imposible inclinarse hacia un ‘góber precioso’, un ‘góber piadoso’ o un ‘góber bailador’. Tomamos el tema de los gobernadores como los ‘nuevos señores feudales’ de este país, verdaderos amos y señores de su administración pública. Este capítulo lo trabajé yo. El de Martha Sahagún, Rita Varela, una connotada periodista; el de Emilio Gamboa lo preparó Genaro Villamil, conocido reportero y autor de varios libros; el caso de Jorge Hank Rohn fue trabajado por Marco Lara; el de Diego Fernández por Roberto Rock; el de José Luis Soberanes, Lydia Cacho; San Juana Martínez trata el caso de alguien muy conocido acá en Guadalajara, Juan Sandoval Íñiguez, el cardenal; y finalmente dos casos: Julio César Chávez, el boxeador, investigado por Alejandro Páez, subdirector de la revisa Día Siete, y Paty Chapoy, cuyo perfil no es menos conocido, lo hizo Mauricio Carrera, periodista cultural. Esos dos últimos casos son interesantes porque quizá escapan un poco a las largas vidas llenas de infamias de los convocados por este libro (me refiero a los biografiados; no a los autores). Incluimos a ellos dos porque entendemos que la impunidad no sólo es producto de la fortuna del poder económico y político, sino que a ella también se llega por otras vías como son la fama y la celebridad. Julio César Chávez no tiene los cadáveres en el clóset que tienen otros incluidos en el libro, pero sí va caminando por la vida sin estar sujeto a las normas tribunales, o a las leyes que el resto de los mortales. Quisiera conocer al policía de tránsito que se atreviera a multar a Julio César Chávez si se pasa un semáforo o al valiente que se anime a desafiar el micrófono de Paty Chapoy. ¡La andanada que se le vendría encima si fructifica en su desafío! Éste también es otro caso en el que no por su poder político y no por su poder económico, pero por el enorme poder que le da un micrófono lo que la vuelve ‘intocable’.
“Nos han preguntado por qué no incluimos otros empresarios, salvo el caso de Víctor González Torres que, en realidad, es como sus farmacias: ‘semi’ empresario. Él viene de una familia política y en buena medida fue ésta, la política, la que permitió su acceso a su imperio. No hay más empresarios porque LI es la trilogía de una obra antecedida por ‘Los suspirantes’, sobre los candidatos presidenciales; y hace un año, por ‘Los amos de México’, un trabajo dedicado por completo a los empresarios de nuestro país y a su impunidad. No quisimos desperdiciar capítulos habiendo hecho ya este libro, pero, desde luego, si habláramos de ‘intocables’, los empresarios estarían aquí de manera sobresaliente.
“Ustedes, al leer el libro verán que no hay una intención de crucificar a los personajes; existe la intención de que los hechos hablen por sí mismos; las evidencias son tan ricas que no hay necesidad de adjetivar o de cuestionar; sus propias biografías son ejemplos patentes de cómo se va construyendo en el día a día esta impunidad. Desde luego no son panegíricos, pero tampoco son satanizadotes.
Finalmente, la intención de este libro es un intento de denunciar la corrupción por otras vías, por conocer cómo se construye porque creemos que, junto con la inseguridad, y quizá detrás de ella, es el verdadero cáncer de este país. Lo decimos en la introducción. En 1999, Mario Villanueva, el ex gobernador de Quintana Roo, fue llevado a la cárcel. Por fortuna, ahí sigue. Es el último pez gordo de la clase política de la elite de este país que ha sido llevado a la prisión. Esto fue hace nueve años. Han transcurrido ya ocho años del gobierno de alternancia que le sigue debiendo a los ciudadanos el tema del combate a la corrupción porque el hecho de que Mario Villanueva haya sido el último nos tendría que llevar a una pregunta con sólo dos posibles respuestas: ¿es que la corrupción ya se acabó o es que la impunidad ha aumentado? La lectura de este libro deja claro que, en efecto, no hay en este momento mecanismos que permitan llevar a la rendición de cuenta a personajes de esta vida pública caracterizada por los privilegios que aquí se describen”.

“Hablar derecho” en México

Lydia Cacho, aunque bien ubicada por muchos, tiene un curriculum vitae que cuesta trabajo resumir porque es una denuncia vigente a la corrupción de las altas esferas políticas en México y un constante recordatorio de la impunidad que gozan personajes bien ubicados.
Según lo consigna su página www.lydiacacho.net/autora/, “es autora de varias obras de impacto social y ha sido premiada en varias ocasiones por su labor periodística. Lydia Cacho es también una reconocida activista por los derechos humanos y especialmente los de la mujer. Es autora del libro Los Demonios del Edén en el cual denuncia a la mafia de la pederastia en México, implicando a varios personajes públicos, como Kamel Nacif, Jean Succar Kuri (líder de organización de pederastas). Cacho saltó a la luz pública por la denuncia penal en su contra, por el delito de difamación que impuso el empresario libanés Kamel Nacif Borge en el estado de Puebla, y el posterior escándalo político que tuvo lugar al implicar al gobernador de Puebla y al empresario en una supuesta confabulación para violentar la ley en contra de la periodista. Los delitos que denunció Cacho tuvieron lugar en Cancún, Quintana Roo, donde ella residía y donde denunció que fue secuestrada por elementos policiacos de Puebla y trasladada de manera presuntamente ilegal a ese estado, por una supuesta orden del gobernador de Puebla, Mario Marín Torres. Una vez en Puebla, y después del escándalo público, fue puesta en libertad bajo fianza (…).
El 14 de febrero de 2006 fue dada a conocer una presunta grabación de una llamada telefónica entre el gobernador de Puebla y Kamel Nacif, en la cual este último le agradece el favor hecho por Marín al detener y procesar a Lydia Cacho; estos hechos sustentarían las denuncias hechas por ella. Marín ha negado reiteradamente que sea su voz la que se escucha en la grabación, sin embargo, gran parte de los políticos de México, organizaciones sociales y medios de comunicación han exigido la aclaración del caso e incluso su renuncia (…) (Hasta) la fecha no se ha probado ni demandado formalmente la participación en el caso de funcionarios ajenos a los estados de Puebla y Quintana Roo”.
Al tomar el micrófono, Lydia narró la historia que vive detrás del capítulo que le fue encomendado dentro de Los intocables: “Para mí fue bastante fácil decidir que el personaje que me tocaría indagar sería José Luis Soberanes, el ombudsman mexicano: el que lleva en sus manos la comisión de derechos humanos más cara en el mundo, la menos eficiente, la más problemática. La idea era presentar perfiles personales sin meternos en su vida privada al estilo de Paty Chapoy, pero sí tratar de desentrañar cómo era esa persona que habíamos elegido, cómo llegó a su puesto, qué hace ahí, y, en mi caso, si sirve o no la CNDH o si Soberanes ayuda a que sirva o no.
“Si ustedes leen el capítulo que escribí, entenderán por qué elegí titularlo ‘José Luis Soberanes, el cancerbero del poder’; el cancerbero es quien lleva las llaves para abrir la puerta al poder. José Luis Soberanes (en lo sucesivo JLS) es un hombre que tiene vínculos formales, profundos y evidentes con el Opus Dei en México, lo cual no significa ningún delito, evidentemente. Lo que sí hay que destacar es que él llegó a la CNDH acompañado por sus ideales religiosos, por su visión del mundo desde el Opus Dei, pero no necesariamente desde su fe, sino desde la perspectiva de cómo se hace política, de cómo se implementan reglas, de cómo se imponen ideas desde esa orden.
“A JLS yo lo comencé a investigar desde antes. Cuando fui perseguida por uno de los gobernadores aquí analizados, mi caso llegó a la CNDH y mi paseo por esa supuesta agencia de los derechos humanos de la ciudadanía se convirtió en un vía crucis paralelo. No hablo sólo como la reportera que investigó acuciosamente a quien dirige la CNDH, sino como alguien que pasó por los vericuetos de la institución. Así fue como pude entender muchas cosas. Entre otras, esta necesidad de algunos de los visitadores, abogados y abogadas, que me tenían que dar la información un poco por debajo del agua. Gente muy cercana al comisionado de los derechos humanos que en algunos de los momentos más difíciles de la persecución, de las amenazas, incluso del atentado, me dijeron que en las oficinas personales de JLS habían estado los abogados de Mario Marín para pedirle mi expediente que él mandó pedir, expediente que a mí, en lo personal, nunca se me permitió ver porque esas son las reglas internas de la CNDH. Me cuenta este abogado cercano al ombudsman que cuando a él le mandaron pedir mi expediente, como responsable de dicha información de inmediato preguntó quién lo pedía y por qué. Le dijeron que el doctor Soberanes lo solicitaba; ‘y para quién lo pide’, preguntó este abogado, y le dijeron que para los abogados de Marín. Él se acercó al doctor Soberanes para decirle que eso era imposible y la respuesta que recibió de él fue: ‘El gobernador tiene derecho a defenderse’.
Yo no utilizo esta anécdota que les estoy contando en el perfil de JLS, pero me sirve para entender su manera de pensar. Lo que hice fue buscar a gente que lo conoce bien; pedí muchas citas con él, mismas que nunca me aceptó; yo dije honestamente que quería entrevistarlo, que estaba escribiendo sobre él y siempre estaba ocupado o viajando. Al final busqué a gente muy cercana a él, que lo quiere bien; y también a gente que trabajó de manera muy cercana a él, muy apegada, pero con casos de algunas personas maltratadas y unas más despedidas de los diferentes espacios en los que él trabajó a lo largo de su carrera como doctor en leyes. Entrevisté a quienes fueron sus amigos y ahora son sus grandes enemigos; entrevisté a jóvenes que trabajaron con él en la CNDH y que salieron huyendo y me contaron datos muy delicados.
“Ahora estoy investigando sobre mafiosos, sobre hombres vinculados con el crimen organizado, a maltratadores, a políticos corruptos, y la verdad, les confieso, nunca me había encontrado con tanta gente con tales ganas de hablar de un personaje y, a la vez, con tanto miedo de hacerlo. Este trabajo de investigación me dejó profundamente sorprendida. Nunca me imaginé que me iba a topar con tanta gente joven que me contara horrores, pero me pedían que no contara nada porque iban a perder su carrera como abogados. Me dijeron, ‘no puedes publicarlo así, como me gustaría que lo publicaras. No quiero terminar en una tumba o desaparecido del mundo de las leyes o de la justicia, pero te tengo que contar quién es este hombre’.
“Antes de que este texto circulara en las librerías, yo recibí a un propio vestido de traje y corbata en Cancún, en mis oficinas. Me llevaba un documento y dijo que iba de parte del doctor Soberanes; que yo lo tenía que recibir con mi credencial de elector y copia, y creímos que era la denuncia anticipada sin que el libro estuviera aún en el mercado. Es decir, que él de alguna manera tuvo acceso a mi trabajo sin que éste hubiera salido aún a la luz pública.
“Esa carta que me mandó Soberanes resume y ratifica lo que yo escribí en mi capítulo. En las primeras líneas me llama mentirosa. Nunca explica cuál es el fondo de mis mentiras o cuál es la mentira concreta, excepto que dije que tiene siete hijos, dato que yo intenté corregir porque había dos versiones. Tiene unos cuantos menos, pero, en fin, ése sí es un error, efectivamente. Lo confieso. Pero creo que eso no es lo importante, sino el hecho siguiente: en la carta incluye una cuartilla con esta ira que yo describo en el libro y el desprecio con el que él actúa sobre todo en contra de las mujeres. A mí me llama ignorante, me acusa de haber sido manipulada de forma vulgar por sus enemigos políticos; descalifica toda mi carrera periodística y demás. Al final del texto, me convenzo de las razones por las que yo debí haber escrito: su prepotencia, su abuso de poder y su ignorancia por los casos que lleva. Después de la retahíla de descalificaciones que me brindó al calificarme como mentirosa, tonta, incapaz, que no escribí bien el texto, que no le di la oportunidad de que hablara (y tengo manera de comprobar que le pedí las entrevistas), al final me dice, ‘aunque usted no lo crea, señora, le daré seguimiento puntual a las dos causas abiertas que la CNDH tiene sobre su caso porque yo sí cumplo’. Lo que el comisionado de los derechos humanos no sabe es que desde el 2007 supe a través de miembros de su equipo, que mi caso ya estaba cerrado en la CNDH.
“Con esta anécdota les cuento lo que he vivido como reportera e investigadora y como ciudadana dentro de las entrañas de la comisión. Las declaraciones de la veintena de personas que entrevisté para realizar este perfil se ratifican con la respuesta y el insulto que él me envía. Lo que debo de contarles aquí es que la carta que me envía JLS me llega en este formato típico de la denuncia. Creímos que era un citatorio porque estaba firmado a los lados como lo hacen los abogados, como si fuera ésta ya su primera prueba para meter una causa penal en mi contra. No sabemos si lo vaya a hacer. Espero que no. Y si lo hace, pues ya lo enfrentaremos, pero me parece que ésa es la estrategia: el amedrentamiento, la descalificación, la misoginia y el abuso del poder para beneficio propio y de su grupo político-religioso.
“Al revelar su caso quise recordar algo que debiera estar en la mente de todos en México: los derechos humanos de las personas no los violan los demás ciudadanos; esos son delitos o crímenes. Los derechos humanos los viola el Estado y a él se le ha asignado la tarea de defender y proteger los derechos humanos de la sociedad, mismos que son violentados todos los días por servidores públicos de todos los niveles de gobierno. Y JLS se ha dedicado a guardar las llaves de las puertas para proteger a los poderosos. Con este texto estoy más convencida de que la sociedad mexicana se tiene que movilizar. En unos días se celebran los sesenta años de la Declaración de los Derechos Humanos y México está peor que antes en materia de derechos humanos, o al menos peor que hace diez años, porque hay un discurso público que avala la protección de los derechos humanos cuando antes al menos no se decía, ahora ya lo dicen y obran de manera contraria. Sostengo lo que escribí y creo que si muchas de mis fuentes se hubieran atrevido a que yo verdaderamente contara sus historias, tendríamos un libro completo”. E4

 
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