Nº 350 - 7 de abril de 2009
 
 
 
 
 
 
Obama en México


Antes de concluir la administración del presidente Bush, y sin saber aún quién sería su sucesor, la secretaria de Estado Condoleezza Rice lanzó un mea culpa, urbi et orbi. Admitió que por privilegiar la estabilidad en regiones conflictivas del planeta, su país se olvidó de la democracia, y que al final ni estabilidad ni democracia. Piénsese en Irán, Iraq, Filipinas, Guatemala, Argentina, Venezuela y México en menor medida. Las transiciones chilena y brasileña, de dictaduras militares a gobiernos civiles, por el contrario, fueron menos traumáticas, más exitosas.
La alternancia en la Casa Blanca siempre es suave, aun en las peores crisis, pues su fortaleza institucional la salva de bandazos, que por lo regular resultan nefastos para cualquier país. El mismo orden y disciplina se observa en democracias modernas. A Felipe González, por ejemplo, el socialismo duro le reprochaba ser más de derechas que Cánovas, sin prever que el giro que dio a la economía le permitiría a España colocarse entre las potencias de Europa, aunque ahora resiente como pocos los efectos de la recesión mundial.
Por la razón arriba expuesta es muy probable que en el futuro la política de Estados Unidos procure estabilidad sin descuidar la democracia en los países donde tiene intereses. Una de ellos es el nuestro, lo que explicaría la atención que el gobierno del presidente Obama le ha prodigado después de su clamorosa victoria del 4 de noviembre pasado. Antes de rendir protesta se reunió con el presidente Calderón en Washington y los días 16 y 17 de abril lo harán en México. Además se ha registrado un intercambio incesante entre funcionarios de alto nivel de ambos gobiernos.
Sólo así pueden asegurar una relación sólida y constructiva, menos expuesta a interpretaciones y juicios maliciosos como los que se han formulado al calor de la escalada de violencia por la guerra contra el narcotráfico, sobre todo en la frontera. El reconocimiento de Obama a su colega mexicano, por encabezar esa cruzada, así como la aceptación de que gran parte del problema lo generan los consumidores de drogas y los proveedores de armas de su país, compromete a la Casa Blanca a sumar tecnología y recursos para ganar la lucha contra la delincuencia organizada.
Esta nueva actitud debe ser compasada por los agentes políticos de ambos países. Para lograrlo es preciso eliminar prejuicios de un lado y recelos del otro: aprovechar la oportunidad que a México le ofrece como pocas veces el inicio de un gobierno, el de Obama, que siembra esperanza, en medio de una guerra contra los carteles cuyo fin todo el mundo anhela. Estados Unidos tampoco debe desaprovechar el ánimo menos yanqui en nuestro territorio para ganar amigos duraderos y compartir beneficios de una sociedad basada en la justicia y la buena voluntad.

 
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