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Ryszard Kapuscinski escribió que el papel moderno de la prensa consiste en exigir respuestas, ya no sólo en limitarse a preguntar como en el pasado. Es, en pocas palabras, la diferencia entre ejercer el periodismo en democracias simuladas y reales. Gustavo A. Madero se quejaba de que los periódicos mordían la mano de quien les había quitado el bozal. Él, como su hermano Francisco, fueron asesinados por la maquinaria de muerte que echó a volar el dictador Victoriano Huerta.
Los medios de comunicación, unos más que otros, jugaron un papel central en la transición hacia la democracia por la que Madero luchó desde principios del siglo pasado. Algunos lo hicieron por convencimiento propio; la mayoría, presionados por la sociedad. Sin embargo, no todos se han adaptado a las nuevas circunstancias políticas y sociales del país. Como el resto de los sectores, supusieron que el simple cambio de partido en la presidencia de la República obraría milagros. No es así y jamás lo será.
En el momento actual, la delincuencia organizada es el tema nacional. Exaltar la violencia induce a repetirla y llevarla a extremos aberrantes. Pero como advierte Silvia Canto Celis, directora del Centro Diocesano para los Derechos Humanos Fray Juan de Larios, todavía es peor lucrar con ella en los medios de comunicación porque subordina la paz y la concordia —tan anheladas— a intereses puramente pecuniarios. “Los hombres”, advertía Vizconde de Boland, “son pervertidos no tanto por la riqueza, cuanto por el afán de riqueza”.
La libertad de prensa y de pensamiento debe ejercerse sin cortapisas, sin importar cuán poderosas sean las fuerzas que pretendan limitarla. Pero jamás al grado de poner en riesgo a la sociedad o al país mismo, lo cual cae en la conciencia de cada periodista, de cada empresa informativa. Para eso existe la deontología, los códigos. No se trata de ocultar la realidad, mucho menos de cambiarla, con el hecho de no publicar, sino de reparar en que el mal se disfraza de mil maneras para llevarnos a su infierno.
La sociedad, que no siempre tiene la mejor imagen de los medios de comunicación, por desgracia, y mucho menos del gobierno, se ha percatado de que el crimen ha impuesto su agenda a la prensa, la radio y la televisión, y no lo acepta. Censura el amarillismo, que ya dejó de ser patrimonio de espacios marginales para instalarse cómodamente en las pantallas y en las primeras planas de los diarios. Vender más periódicos y ganar audiencia así no contribuye a tener un mejor país. Al contrario, lo envilece.
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