La Vitrina Mágica deshoja el tiempo y la vida de escritores que lograron ganarse un lugar en la cultura
De libros,
triunfos y
muertes
Gabriel Pereyra
Ciudad de México
Jóvenes ayer, colegas siempre.El Distrito Federal de alguna forma los unió
y sus trabajos artísticos se encargaron de destacarsu valía. Emparentados
por un sueño creador supieron demostrarque si bien la capital reformó
sus
ánimos,el terruño donde se criaron sirvió de base para sus múltiples proyecciones
Armando Alanís, a quien conocí gracias a que Chuy de León no publicó uno de sus cuentos en la memoria del Segundo Encuentro de Escritores que organizamos en Saltillo hace varios años, lleva una buena amistad conmigo. Frecuentemente nos reunimos. Armando me entregó su libro La Vitrina Mágica (diciembre de 2007) donde relata las aventuras y desventuras de esos jóvenes intelectuales saltillenses que se vienen al Distrito Federal a buscar fortuna, entrar a un taller de literatura y, si es posible, escriben en un periódico o publican en los suplementos culturales. El libro se inspira en sus propias desventuras y recuerda en algunas partes a Cirilo Recio, otro valiente intelectual que se vino a México y convivió durante algunos años en el edificio de Insurgentes donde habito.
Éste es el tercer libro de Armando Alanís y es una lectura obligada para todos los norteños que quieren ampliar sus horizontes viviendo una temporada en la antigua Ciudad de los Palacios donde se encuentran todas las fuerzas nacionales, todos los méxicos, todas las corrientes, y se respira otro aire. Residir en el D.F. es toda una experiencia porque si uno triunfa en este mundo de más de veinte millones de habitantes, triunfa en cualquier lugar. La vitrina Mágica sin duda enriquece el horizonte de las letras coahuilenses, hay que leerlo.
Armando me actualiza. Con las novedades hacemos un recuento de la situación en Saltillo, de las personas que conocemos, de las que nos aman, de las que no. Me dio dos noticias viejas, pero para mí nuevas: una buena y una mala. La buena es que Cirilo Recio fue actor de cine, que trabajó en la película llamada Sangre que lamentablemente no he visto y fue a Cannes a la exhibición. Pasó por la alfombra roja entre Brad Prit y Antonio Banderas. Ahí estaba nuestro admirado Cirilo a quien la vida le está pagando todas las deudas que tenía con él.
La forma cómo entró al cine es igual que muchas cosas de la vida, un hecho fortuito. Acompañaba a una actriz amiga suya a hacer una prueba y cuando lo vio aparecer el director le dio un abrazo, puso en sus manos un guión y dijo “Eres el personaje que estaba buscando”. De esa manera, de golpe y porrazo, entró Cirilo a la inmortalidad.
La otra noticia me llenó de tristeza y me deprimió fue la muerte trágica y cruel de Téodulo Carlos Flores el mejor poeta que había en Monclova, y no lo dudo, de todo el noreste de la Republica Mexicana. Téodulo se suicidó de una manera brutal y para mí novedosa. Cargó un tanque de gas hasta un terreno baldío, abrió la llave y encendió un cigarro. Innovadora manera de matarse; arriesgada, porque pudo no haber muerto y quedar mutilado, como mutilado quedó mi sentimiento ahora que me enteré de su fin.
Pocas veces vi a Téodulo, una en Monclova, otras en Saltillo. En una ocasión, cuando lo presenté en un recital —entonces trabajaba yo como director del Consejo Editorial del Estado— recordé una anécdota, mitad verdad, mitad fantasía, que me contó Chuy de León. Cuando Téodulo estudiaba en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM también lo hacía Robert Redford, de quien se hizo amigo. En esa época Téodulo le bajaba las novias a Redford, lo que confirma la sentencia de que rollero mata carita. De León agregaba que en muchas ocasiones Robert Redford visitó a Téodulo en Monclova y que él, cuando fue a verlo en una ocasión, abrió la puerta de la casa de Téodulo y vio a Redford tomándose una cerveza.
Una noche invité a Téodulo a cenar a mi casa junto con José Emilio Pacheco y algunos intelectuales saltillenses, durante esos encuentros de escritores que se organizaban en la administración de Eliseo Mendoza Berrueto y que sirvieron para descubrir que en Coahuila no sólo escribían el maestro Jesús Arreola, Catón, Roberto Orozco Melo y Javier Villarreal, sino que había una pléyade de jóvenes talentos que lo único que necesitaban era la oportunidad de mostrar su valor y talento. Téodulo pidió que se crearan cuadernos literarios en las diferentes regiones.
Para ellos se abrieron las puertas de Historias de Entretén y miento, que está a punto de cumplir veinte años de publicarse ininterrumpidamente. Es la tercera revista literaria que ha durado tanto tiempo. Las otras son la Revista de la Universidad y Tierra Adentro. Al primer encuentro llegaron más de sesenta jóvenes que se autonombraban escritores, entre ellos Téodulo Carlos y Armando Alanís, que con el tiempo demostraron su valor, vocación y capacidad.
A Téodulo el Consejo Editorial del Gobierno del Estado le publicó un libro Morador de entresueños. Él publicaba con la Fundación Pape algunos de sus poemas. A su muerte, como un remordimiento tardío, se publicaron algunos textos que tenían esperando más de diez años. Téodulo murió hace tiempo. Yo me enteré hace unas semanas, gracias a que Armando Alanís publicó La Vitrina Mágica, novela que habla de esos jóvenes soñadores que se vienen a la ciudad de México y “su vida transcurre sin rumbo aparente entablando amistades y antagonismos sin una intensión definida, hasta que comprende que no hay peor extravío que pensar que el único camino posible es el retorno”. E4