La cotidianidad hecha fantasía a través de una pluma mexicana
Realismo místico
de Luisa Josefina.
Vocera de un país tradicional y cosmogónico
Lucía Sánchez
La dramaturga mexicana Luisa Josefina Hernández, considerada pilar del teatro mexicano, cumplió ochenta años de vida en noviembre de 2008. Uno nunca piensa que esté haciendo una novedad terrible, sino que uno va teniendo necesidades, y debe tener una lealtad muy grande con esas necesidades, afirma

Pluma maestra para mezclar de manera realista en sus obras un trasfondo irreal con la vida cotidiana, Luisa Josefina Hernández Lavalle llegó a ochenta años de prolífica vida en noviembre de 2008.
Autora de gran cantidad de libros, piezas de teatro y novelas, la dramaturga, novelista y traductora mexicana nació el 2 de noviembre de 1928, en la capital del país. La autora pertenece a la generación de escritores de gran talento como Carlos Fuentes, Sergio Galindo, Jorge López Páez, Rosario Castellanos y Emilio Carballido, por mencionar algunos.
Siempre más asociada e identificada con el teatro, su obra narrativa es abundante en novelas (hasta 1989 había publicado dieciséis). Su carrera como narradora comenzó en 1959 con la publicación de El lugar donde crece la hierba. El entusiasmo que provocó esta primera novela en los suplementos culturales de la época auguraba el advenimiento de una escritora de excepción, casi inédita en el panorama literario de entonces por sus temas y motivos.
La primera época narrativa de Luisa Josefina Hernández osciló entre la Ciudad de México y la provincia, por lo que no es ajena a las prácticas literarias de la época.
Entre novelas y obras de teatro, suma cerca de un centenar de libros. Además, ejerció la docencia universitaria por más de cuarenta años en la Universidad Nacional Autónoma de México, institución que le otorgó la Maestría en Letras, con especialidad en arte dramático. Fue también profesora de esta última disciplina en el Instituto Nacional de Bellas Artes y catedrática en la máxima casa de estudios de México.
Su obra ha formado parte de antologías de autores latinoamericanos y representada en varias ocasiones en todo el país; también ha sido traducida a varios idiomas.
De su prolífica labor teatral destacan las piezas Los sordomudos, La llave del cielo, Los frutos caídos, Los duendes, Hécuba y El orden de los factores, entre otras. Libros de su autoría son La plaza de Puerto Santo, El valle que elegimos, La cólera secreta y La noche exquisita.
En la década de 1960 salieron a la luz siete de sus novelas, lo cual nos da idea de su ritmo de trabajo en la escritura, eso sin tomar en cuenta las obras de teatro que escribió en ese mismo periodo y que estrenó, sin considerar las que se quedaron en el cajón para ser estrenadas.
La estructura de las novelas de Luisa Josefina Hernández, el juego de las formas, “lo formal”, se podría afirmar que es el aspecto más subrayado y más importante de su narrativa. El lector brinca de un capítulo al otro y se encuentra con una fábula diferente en cada ocasión. Las historias se van enlazando y se van tocando a medida que la lectura avanza. El último capítulo mete a foco toda la historia.
Los peregrinos de Luisa
De sus últimas dieciséis novelas hay por lo menos cuatro que son magistrales: Apocalipsis cum figuris, Los trovadores, Cartas de navegaciones submarinas y Apostasía. En ellas se percibe a una artista madura, trabajando con toda la capacidad de su inteligencia, su aprendizaje y abriendo nuevos caminos en su tradición y en perfecto dominio de sus habilidades estéticas. Son cuatro textos que de alguna forma llevan al género a límites insospechados. Las tres exigen a un lector atento, avisado, que no se distraiga y dispuesto a entrar en un juego plástico donde se pone a prueba la inteligencia, conocimiento del mundo y la cultura.
A principios de los años setenta se hace evidente en la producción de Josefina Hernández una preocupación estética que trabaja y reflexiona sobre la mística, la gracia y el pecado, los problemas de la fe que Dios, como ente y concepto, le plantea al hombre.
Desde sus trabajos, realizados en los años sesenta, se nota la correspondencia o el diálogo que se da entre su producción dramática y su producción narrativa.
Ha ganado diversos reconocimientos entre los que destacan los premios Magda Donato, Xavier Villaurrutia y el Premio Nacional de Ciencias y Artes 2002.
La obra de Josefina Hernández Lavalle es un proyecto sólido, apabullante, bien pensado y planeado, comparable a los trabajos de los grandes maestros de las letras, por ejemplo de José Revueltas o al de sus compañeros de generación Juan García Ponce y Jorge Ibargüengoitia.
En mayo de 1984, el semanario Milenio publicó “El monumento literario de Luisa Josefina Hernández”, artículo donde se señala que el premio Xavier Villaurrutia le fue otorgado por la obra Apocalipsis cum figuris:
“Apocalipsis cum figuris, es un mundo de peregrinos y seres deformes que nos recuerda también algunos de los personajes de Chaucer y de The Pilgrim´s Progress, novela inglesa, escrita en la celda de una cárcel en el siglo XVI por John Bunyan. Solamente que los peregrinos de Luisa Josefina Hernández no tienen meta aparente, o ellos la ignoran o nos la ocultan —a veces—, y cuando llegan a ella, a la meta —muy pocos, los elegidos— se dan cuenta de que ese precisamente era su destino. También esta novela tiene como referente la Estultifera navis, de Sebastian Brant. El ser humano visto como un hombre ‘en tránsito’, muchas veces demente y corrompido como el frailecillo, o un peregrino sobre la tierra (como el Peregrino y la Peregrina) que se va encontrando a su paso la fauna más variada y terrible que habita los bosques frescos y pródigos, los oasis, los desiertos ásperos e infinitos, los valles y las aldeas del hombre, con la cual se ve obligado a compartir espacios y situaciones, algunas terribles y otras sublimes, a salvarse y a tratar de salir bien librado de dichos encuentros (de acuerdo con la fortaleza de sus armas: la moral y la ética), a dialogar para explicarse la existencia y vislumbrar por momentos la presencia de Dios en la fe o en la falta de ella”.
El nuevo teatro universitario
Héctor Mendoza, catedrático de la UNAM, en 1970 dirigió La danza del urogallo múltiple, un importante trabajo colectivo al lado de la dramaturga, cuya puesta en escena fue un verdadero acontecimiento cultural que marcó nuevos rumbos en la creación teatral y dio personalidad al teatro universitario, convirtiéndolo en una importante fuente de experimentación en la búsqueda de opciones para las tablas mexicanas. Dicha puesta poseía un carácter casi ritual de verdadero auto sacramental contemporáneo.
Durante su paso por la UNAM, entabló amistad con Emilio Carballido, Sergio Magaña, Rosario Castellanos y Jorge López Páez. Fue alumna (junto a Jorge Ibargüengoitia y Héctor Mendoza) de Rodolfo Usigli, Fernando Wagner y Enrique Ruelas. Entabló amistad y compañerismo con Seki Sano.
Acerca de la participación de Luisa Josefina Hernández en esa etapa de renovación de teatro mexicano, la dramaturga ha señalado que uno nunca piensa que esté haciendo una novedad terrible, sino que uno va teniendo necesidades, y debe tener una lealtad muy grande con esas necesidades, porque ésa es la lealtad que tuvieron los mismos clásicos. ¿Cómo se crea el buen teatro? Con lealtad hacia lo que uno quiere decir, a lo que uno piensa que es la vida.
Rompe estereotipo femenino
La dramaturgia de Josefina Hernández se caracteriza por la clara estructura que plantea en cada una de sus obras y el desarrollo de la trama responde correctamente a los planteamientos teóricos de género y estilo del maestro Usigli y de sus personales propuestas. En su tiempo defendió el género de la pieza que responde perfectamente a la implementación del realismo que cultivó en la mayor parte de sus obras. La línea que la separa del costumbrismo es muy ligera y esto puede observarse claramente en Los frutos caídos, una de sus obras más representativas, estrenada en 1957. En ella cuenta la historia de una mujer divorciada que huye de México para evitar que un joven le confiese su amor y aprovecha para recuperar lo que su padre le heredó en aquel lugar alejado de la ciudad y que su tío administraba.
La crítica de teatro Estela Leñero señala que es interesante observar cómo la autora rompe con el estereotipo de la mujer que se queda en su casa y deciden por ella. Sus personajes femeninos salen en busca de su identidad, actúan, se rebelan frente a cualquier imposición y son amadas por más de un hombre. Los finales pueden traer la infelicidad, el encierro, el equívoco y la soledad, pero siempre la protagonista interviene en su destino. Por ejemplo, en “Afuera llueve”, cuando la protagonista trata de huir con su amado, ya es demasiado tarde y fracasa su intento; en “Arpas blancas… conejos dorados” (dirigida por Héctor Mendoza en 1959), Jacinta tiene una relación amorosa con quien no debe y tiene que renunciar a él; en “Los huéspedes reales”, Elena, para deshacerse de su hija, la casa con quien detesta y ésta se suicida.
Los personajes que la autora plantea son complejos, al igual que las circunstancias en los que se desarrollan. Su comportamiento psicológico está muy bien definido y la transformación que sufren a lo largo de la obra, dinamizan la trama. Lo mismo les sucede en las novelas que Luisa Josefina empezó a escribir a finales de los cincuenta, cuando se “aburrió de trabajar en equipo, como sucede en el teatro”. Publicó en 1959 El lugar en donde crece la hierba, La plaza del Puerto Santo en 1961, bajo el sello del Fondo de Cultura Económica, y en 1963 Los palacios desiertos, en Joaquín Mortiz.
En estas novelas explora los dramas interiores en que sus personajes se debaten. Ellos parecen seres comunes y corrientes habitando mundos cotidianos y al mismo tiempo los refleja oscuros, sórdidos y con preocupaciones existenciales. E4