Nº 347 - 24 de febrero de 2009
 
 
 
 

Una propuesta agradable, metafórica y rica en matices enciende el interés del público

La curiosa sencillez de
El curioso caso de Benjamin Button

Cirilo Recio Dávila

Hollywood escapa de sus clichés con una entrega renovadora y sutil. La última actuación de Brad Pitt es respaldada por una historia cautivante. Otra vez lo mejor de la tradición narrativa norteamericana salva al séptimo arte de su país

 

En la pantalla grande prolifera el cine banal. Es un lugar común, cierto, pero no por eso la situación cambia. Las historias se repiten ad nauseam siguiendo las recetas de la acción, el drama, la comedia (siempre romántica), el terror, etcétera. Se producen las mismas historias con diferentes rostros, según se requieran por motivos promocionales. El gancho es tentador, pero hay una saturación de cine que no tiene sentido y las salas están vacías. Guardando las proporciones, a la industria cinematográfica oligopólica estadounidense le sucede lo que a la industria automotriz: tiene que sobrevivir a base de una exuberante publicidad que habla exponencialmente de las bondades de sus productos. Probablemente porque no tienen dichas bondades. Desesperadamente se buscan nuevas recetas, se exploran caminos ya recorridos por los nuevos cineastas, se utilizan las ideas que tienen lugar en el extenso universo del cine que ha recibido la sanción de su presentación estelar. Ya no se puede acusar de plagio a quien emplea los recursos que han sido puestos en común, al alcance de cualquier mirada en las pantallas.
Por eso es tan agradecible la exhibición de producciones que dan un giro a esta perniciosa situación. Benjamin Button (que en un sentido podría traducirse libremente como “el más pequeño de los botones”, el Benjamín de los Botones) es un ejemplo en este sentido. Un filme que parte de una historia original de Francis Scott Fitzgerald (The Great Gatsby, 1925). Un relato nacido de la mejor tradición narrativa norteamericana. Es el cuento fantástico que tiene en EUA representantes formidables: Poe, Twain, Bradbury, Lovecraft o el célebre gringo viejo de Carlos Fuentes, Ambrose Bierce. Narraciones que cuando son llevadas al cine resaltan incluso el trabajo de los efectos especiales, sobre los que tanto se abusa en todo momento, valga el pleonasmo. Curioso es cierto que se trate de nueva cuenta de pasar en claro al lenguaje cinematográfico una novela, literatura, como en el famoso realismo “mágico” o maravilloso del boom latinoamericano, pero sin duda es todavía rentable en estos tiempos de realeconomiks de recesión.
Prescindamos del comentario que ensalza a un Brad Pitt en medio del glamour de la familia numerosa y feliz, porque su actuación en Benjamin Button es simplemente buena, pero aquí el cine hace al actor, no es el actor quien hace a la película. Y en este caso la afortunada estrella de la historia tampoco es suficiente para dar con el resultado. La trama, por otra parte, también es un elemento más. ¿Qué vemos en esta cinta que la hace tan distinta del común denominador? Excepto el hecho de intentar seducir al espectador para que acuda a las salas.
Es un trabajo sencillo que aborda muchas situaciones y realidades complejas. Vemos que sobre la ficción de un hombre que en vez de envejecer se vuelve cada vez más joven, se desarrollan acontecimientos que permiten aludir a la soledad, la condición humana, la representación de lo real, la muerte, el destino, el quehacer humano, la libertad y sus condiciones, la fe y la razón. La película se realiza con una sencillez digna de agradecerse porque plantea claramente la condición del personaje, su soledad y capacidad para ver el mundo como un ser aparte, la relación con su prójimo —aquí más que sus semejantes se trata de sus congéneres distintos, del otro— y simultáneamente da relación de acontecimientos que reafirman la historia y se vuelven pretexto inmejorable para expresar una complejidad de realidades. Es la sencillez con que se presenta esta cinta la que le confiere amenidad.
Vemos, por ejemplo, que una mujer de edad mayor —y prescindamos ahora de la excéntrica caracterización de anciana de Cate Blanchet que no se sabe si es adrede o es una máscara de plástico pirata de la Lagunilla— a punto del colapso en el hospital escucha, de voz de su hija, el diario póstumo de Benjamin Button. Este diario va reseñando lo que ella misma vivió con él. Como en el cuento de El inmortal de Jorge Luis Borges, donde la realidad de alguien que busca la fuente de la inmortalidad se enfrenta a la realidad de quienes hace muchos años, siglos tal vez, debían haber muerto, aquí la mujer a punto de fallecer recuerda a quien se iba convirtiendo de ser su amante y esposo, en un niño. ¿Cuál es entonces la calidad de la realidad que nace de la ficción de un hombre que escribe en su diario las experiencias de su vida, experiencias que han sido compartidas por alguien que al mismo tiempo que las vivió, las recuerda de una manera y de otra las recibe en la lectura de ese diario por parte de su hija? Representación de la realidad, que se vuelve a su vez una representación y permite entonces hablar de algo que se expresa a través de lo que no se expresa.
Accedemos a la verdad interior de los protagonistas de la película, aunque sabemos que se trata de una ficción y esa verdad interior nos habla de algo entrañable como lo es la fugacidad del momento en que vivimos una pasión. Dicha pasión permanecería oculta en el ático de la memoria porque nuevas y más intensas experiencias de la vida la borrarían, a menos de que se convirtiera en una obsesión —por ejemplo—, pero el hecho ficticio de que sea la fugacidad del encuentro entre quien se vuelve joven y de la mujer que envejece, le otorga a esa representación algo entrañable y reconocible en la vida de cada uno de nosotros. Lo inexpresable: la fugacidad de la pasión, se vuelve expresable mediante la representación de una realidad ficticia. Lo representado y el observador se disuelven en la mirada de la cámara que capta el momento en que el huracán devora en las aguas la realidad.
Otro ejemplo que ilustra la agradable sencillez de este trabajo cinematográfico para mostrar esa complejidad lo constituye el funeral del señor Button. Como industrial que produjo botones de todas clases, es una ironía simpática que al morir sea sepultado con un frasco lleno de botones. ¿Qué te llevas a la tumba? Parece decir esa escena que no es más que un momento, pero es un momento revelador del tono entre satírico, sentimental y filosófico que la película mantiene. Y a diferencia de producciones densas, complicadas y confusas, que llevan al espectador a salir con un plomo en el cerebro, o de cintas en las que la excesiva codicia mercantil llevan a pensar que se producen automóviles con la única y perversa finalidad de que se destruyan en la primera carretera de alta velocidad, para seguir vendiendo más automóviles, Benjamin Button, es un cine agradable, metafórico y rico en matices, tan poco común de encontrar en la pantalla grande que tal vez por eso la mayor parte de las salas se encuentran vacías la mayor parte del tiempo. E4

 
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