Nº 347 - 24 de febrero de 2009
 
 
 
 
 
 

Abuso y sacrificio indiscriminado de animales en hogares, carreteras y arenas públicas y clandestinas

Reyes,  magos y amigos

Renata Chapa


Mejor amigo.
Llamado de atención a conductores

La autora propone una discusión mínima que revalore la relación entre los seres vivos (hombres y animales), ante la indiferencia casi general para abordar el tema con responsabilidad. Después de todo, advierte, vivimos en la misma casa, en la misma Tierra


Fiesta brava.
Entre promotores y detractores

Es pertinente ofrecer una mínima advertencia. El siguiente texto no es, aunque quizá debería serlo, para cualquier lector. El asunto que lo ocupa es de total intrascendencia, a decir de muchos. Una estupidez. O cursilería infumable. Un espacio desperdiciado en el papel porque no tratará de manera directa los vaivenes de políticos de nombre pesado, líderes sindicales, especialistas en finanzas o, por lo menos, del farandulero en turno. Los muchos que, entonces, ya no encontrarán utilidad en leer lo que sigue, tienen la libertad de concluir la lectura y pasar a algo más atractivo en otras páginas. Que se despidan de una vez.
Dado el aviso, comienza una historia que me remite a la nobleza de ese amor tan especial que nos prodigan los animales y al que muchos respondemos con injusto desdén.
En la carretera de Chihuahua a Ciudad Juárez, sólo de ida, en un inolvidable seis de enero, fueron setenta y cuatro los animales que conté tirados en el asfalto. La cuenta comenzó al pasar la primera caseta de cobro. Apenas un par de kilómetros después, sin buscarlo deliberadamente, apareció el primer cuerpo. Sus trozos, apenas unidos por delgadas fibras musculares, estaban recubiertos de una dolorosa mixtura de lodo y sangre secos. Alcancé a ver sus ojos. Negrísimos y bien abiertos, en una reclamadora y silenciosa vigilia. A unos segundos de distancia, ahí quedó el primero de los setenta y cuatro animales restantes, adherido al frío paisaje de hierbas amarillentas al lado del carril derecho de la carretera. Olvidado por completo. Como si ahí no hubiera pasado nada.
A los pocos minutos, emergió el cadáver número dos. Éste, en medio del camino. Aunque no de gran tamaño, había que virar para esquivarlo, si es que en el ánimo del conductor estaba hacerlo. De hecho, por la condición de sus restos, no representaba peligro alguno pasar sobre él una, otra y cuantas veces fueran necesarias. Sus vísceras, su esqueleto, su piel, su cráneo estaban aplanados. Aquello era una calcomanía blancuzca que rompía por un momento la continuidad de las rayas blancas que separan a un carril de otro. Mas nada de qué preocuparse. Incluso pudo haber pasado por un manchón de pintura ocasionado por los trabajadores de la empresa a cargo del mantenimiento vial. Y hasta ahí.
Al tercer animal, varios lo vimos retorcerse del dolor. El impacto de quizá más de ciento veinte kilómetros por hora no era para menos. La víctima no murió instantáneamente y eso volvió más dura la escena. Al igual que en los dos casos anteriores, también fue en cuestión de segundos que el tercer cuerpo se cruzó en el trayecto de varios conductores que testimoniamos la manera en que ingresó a la lista de vidas cercenadas en el negror anónimo de la autopista. Era trigueño o trigueña. Es lo único que puede reconocer. Y, por supuesto, que era un poco más fuerte que los demás que quedaron con el alma chorreada en el piso. Puede considerarse que hasta hubo algo de heroísmo de su parte al querer aferrarse a vivir después de recibir el golpazo de un poderoso motor de ocho válvulas tragadoras de gasolina roja, de las regordetas llantas a prueba de balas y del pie aferrado al acelerador de quien conducía una imponente Lincoln Navigator del año, recién salida de agencia, curiosamente de un fino color trigo.
Así siguió el macabro desfile hasta la caseta que conduce al puente fronterizo de Santa Teresa, Nuevo México. Fueron setenta y cuatro reyes desconocidos, de natural e invaluable nobleza, que acabaron descuartizados. Setenta y cuatro magos expertos en casi todo tipo de trucos para poder sortear lo propio de un paisaje desértico, agreste, pero no así el flujo cada vez más numeroso y acelerado de vehículos en carretera. Entre los setenta y cuatro, yacían perros, coyotes, zorrillos, ardillas, aves. Eran los animales que más abundaban y que podían reconocerse en un parpadeo. De unos llamaba la atención el pelaje cuando el aire del paso de los coches lo movía; de otros, las extremidades convertidas en trapo, desparramadas por ahí. Unos, tensos e inflados por los gases generados por su propia descomposición; otros, picoteados, con el hocico abierto, en una agonía congelada y plagados de moscas. En algunos casos podía ser reconocido el tipo de animal que había sido, mientras que, en otros, sólo queda suponer si aquello que estaba tirado era basura o algo que tuvo vida. Pero eso es lo de menos. Son prácticamente lo mismo para el conductor que no pone su atención en algo tan “intrascendente” como un animal muerto.
O el distanciamiento hombre-animal es y será cada vez mayor, con acercamientos meramente convenencieros, utilitarios y hasta despiadados, o es el hombre quien, con todo lo que su condición le permite, se acerca más a lo animal en el sentido grotesco y salvaje que la palabra puede convocar. No se trata aquí de esgrimir argumentos que abran una bizantina discusión sobre el derecho a la vida de los hombres versus a la de los animales. Pero una discusión mínima, ante la abrumadora indiferencia, podría ser un comienzo en la revaloración de la forma en que se relacionan los seres vivos para compartir el mismo espacio. Después de todo, vivimos en la misma casa. En la misma Tierra.
Evocar las lamentabilísimas imágenes de los reyes, magos y amigos del camino genera preguntas casi obligadas. ¿Será posible la creación de mecanismos para la procuración del bienestar de unos y otros, hombres y animales, animales y hombres? ¿Es un arranque provocado por el sentimiento de piedad que en algunos provoca ver un animal herido o muerto? Cuando ni siquiera el hombre es capaz de hacer frente de manera enérgica a la hambruna, la explotación infantil o al crimen organizado, ¿cómo pensar que puede atender la conservación animal? Hasta parecería una obscenidad. Los animales seguirán sufriendo sin remedio y pensar lo contrario parecería, ante los ojos de los demás, asunto de locos. E4

Apoyo a campañas de adopción en TV... de EEUU


Entre una reflexión y otra, con ese sentimiento de responsabilidad no asumida y culpa compartida, en alguno de los canales de señal abierta de televisión en El Paso, Texas, aquel 6 de enero, apareció un comercial. Su mensaje parecía una sugerente propuesta ante el dilema ético aquí planteado. Con una modesta producción de evidente factura local, el anuncio presentaba a un hombre y una mujer que comenzaban a narrar el tipo de abusos que comentemos en contra de los animales. Nada que no se sepa ahora. Golpes, desnutrición, abandono y la muerte injustificada de animales, sobre todo caseros. Quién no ha participado directa o indirectamente en esto. Quién no ha visto la manera en que dueños de canes mantienen a sus mascotas en condiciones deplorables, atados, comiendo sus propias heces, con el cuero duro de suciedad, la mirada perdida, en un espacio donde apenas pueden respirar un par de metros y, aún así, mover la cola. Quién no lo ha visto y lo ha callado. En fin. El mensaje ofrecía la posibilidad de recibir en adopción a los animales y presentaba varias tomas del sitio donde podían ser recibidos, así como del tipo de servicios que brindaba este refugio para animales. Además, invitaba a los interesados en adoptar a un gato, por ejemplo, o a donar para el mantenimiento de la organización. La mascota podía ser entregada, según decía el comercial, con el cuadro de vacunas completo, con la debida revisión del médico veterinario, así como con un registro de las condiciones en las que fue encontrado el animal y la fotografía reciente que evidencia la evolución lograda con los cuidados recibidos.
Cuando concluyeron los treinta segundos del anuncio, y luego de haber pasado la experiencia de ver el sufrimiento de esos setenta y cuatro animales en la carretera, fueron más las preguntas que siguieron surgiendo. La primera de ellas tenía que ver con el comercial mismo. ¿Qué era eso que acababa de aparecer en TV? ¿Una tomadura de pelo o qué? ¿Una más de ese lado surreal que sólo el “american way of life” sabe producir? ¿O era la muestra de la cultura que existe en un país en el que son más los que reparan en la condición de vida de los animales que los que la abominan? En este sentido, ¿México está a años luz de presentar en sus pantallas, al lado de sus telenovelas y programas de concursos, un comercial de esta especie?
El asombro no termina aquí. Como si el contenido de ese mensaje no hubiera sido lo suficientemente provocador, dos comerciales más aparecieron momentos después. Ambos se unían a la causa ya explicada. Con nombres y estructuras distintas, las tres organizaciones que se anunciaban en televisión (una de ellas, con sedes en diferentes entidades de Estados Unidos) ponderaban la importancia del respeto a los animales y la dignidad con que éstos deben ser tratados. Un discurso que, volviendo al contexto nuestro, es inimaginable.
Si fuera confeccionada otra lista de los escenarios en donde sufren innecesariamente los animales, tendrían que aparecer muchos circos y plazas de toros; numerosos rastros; espacios clandestinos para peleas o de gallos o de perros; colonias en los que perros y gatos son usados como blanco de cerillos, rifles de salva, venenos, cuchillos, martillos, hachas; espacios naturales en donde cazadores hacen de las suyas para satisfacer su afición a ese “deporte”. Qué decir de la matanza de ballenas, focas, tortugas y otros animales que en el mercado negro (y en el que no lo es), llegan a valer fortunas.
Ante este extremo del maltrato a los animales aparece el otro, el de la sobreprotección enfermiza que no logra establecer fronteras para encontrar un camino lógico del diario convivir. Desde los multimillonarios estrambóticos que dejan sus cuantiosas herencias a sus mascotas hasta los de a pie que no reparan en tener en el frente de su casa a diez o quince perros, libres para aparearse o morder al primero que se deje, en medio de un ambiente insalubre para todos.
Es curioso cómo la experiencia de ese 6 de enero me remite a la celebración del amor, de la amistad entre los hombres y los animales. Por eso no dudo en creer que este asunto quizá sólo los Reyes Magos —por cierto, bien acompañados de caballo, camello y elefante— serían los únicos mediadores entre aquellos que creen que poner en la mesa de discusión el sufrimiento de los animales es asunto de ingenuos y los que no dejaremos de encontrar en quienes provocan el dolor en los animales una muestra contundente de la podrida entraña que puede llegar a tener la especie humana. E4

 

La primera ley de protección data de 1635

Defensores de especies animales se multiplican en el mundo

Emma Rodríguez

El maestro Pitágoras un día caminaba cerca de un perro maltratado
y compadeciéndose le dijo a su amo: “no le golpees,
pues he reconocido el alma de un amigo mío
al oír el sonido de sus lamentos”.

Jenófanes de Colofó

Numerosos son los ejemplos de culturas ancestrales que profesaban amor y respeto por la naturaleza.
Los antiguos griegos ya incubaban la importancia de la protección animal. El filósofo y matemático Pitágoras de Samos es considerado como el primer activista en este rubro. Compraba animales en los mercados para luego ponerlos en libertad. Creía que los animales y los humanos estaban dotados del mismo tipo de alma: inmortal, hecha de fuego y aire, capaz de reencarnar.
Incluso, en la poesía de Virgilio y Ovidio se pueden encontrar consideraciones de relevancia moral hacia los animales.
Los hinduistas y budistas sostienen su principio de vegetarianismo en el principio de Ahimsa de la no violencia.
Las sociedades contemporáneas también se han ocupado de lo que al proteccionismo animal respecta. En 1635 se promulgó en Irlanda la primera ley de protección animal, y más de un siglo después, en 1977 se creó en Londres la Declaración Universal de los Derechos del Animal, aprobada años después por la UNESCO y por la Organización de las Naciones Unidas.
A partir de que el manifiesto se aprobó considerando el reconocimiento, por parte de la especie humana, a la existencia de otras especies y de que el respeto hacia los animales por el hombre está ligado al propio, tal vez sea sencillo comprender por qué los preceptos que abogan por una vida digna para las especies animales son letra muerta.
Tristemente, en la actualidad muchas especies animales —no sólo terrestres, sino también marinas, como ballenas y focas— se enfrentan a una gran variedad de problemas y amenazas causadas por la mano del hombre.
Aunque lento, la sociedad mundial parece reaccionar, y en los últimos años han proliferado alrededor del globo sociedades protectoras de animales que velan por una vida digna de los animales urbanos y respeto por la vida silvestre.
Entre estas asociaciones destaca Greenpeace, que realiza acciones no violentas y de investigación con la finalidad de defender el medio ambiente. Actúa casi en todo el mundo y cuenta con oficinas nacionales y regionales en más de cuarenta países.
México y el mundo han seguido sus pasos y cada día se unen más organizaciones a la lucha por el respeto a las especies animales. Entre ellas destacan:

1.- Greenpeace  
2.- México Antitaurino México
3.- Fuente de Apoyo de Asociaciones
Defensoras de Animales
Chile
4.- Prodefensa Animal A.C  México
5.- Fundación Luca México
6.- Eco Mundo en Muros A.C México
7.- Red AMMA A.C. México
8.- Animalistas  España
9.- Asociación Nacional para la Protección
y el Bienestar de los animales 
España
10.- Asociación para la Defensa
de los Derechos del Animal   
España
11.- Humane Society Internacional Inglaterra
12.- World Animal Day    
13.- People for Ethical Treatment of Animals EE. UU.
14.- Societé Protectrice des Animaux Francia
15.- Lega Antivivisezionista   Italia
16.- Bont Voor Dieren   Holanda

 

Becho, abacho y apapacho


Adopciones seguras.Brigadas “Adóptame”, en Monterrey

La Organización de Voluntarios para la Protección de Animales (OVOPA), presidida por Marlene Gallegos, es un ejemplo de trabajo y amor por los animales.
Se fundó en Monterrey, Nuevo León, en 2001 y dese entonces no ha dejado de velar por el bienestar animal y la salud de la comunidad regiomontana.
Gloria de Martínez y Silvia Galán explican a Espacio 4 cómo funciona la organización:
OVOPA está conformado por personas preocupadas por la protección animal, explica Gloria de Martínez. Rescata animales callejeros en peligro o que necesitan de atención especializada.
Los animales son trasladados después a un albergue ubicado en la calle Juan Guzmán # 101 del fraccionamiento La Victoria, en  municipio de Guadalupe.
En el albergue los perros y gatos rescatados de la jungla urbana son bañados, desparasitados, vacunados y esterilizados para, ahora sí, poder ofrecerlos en las brigadas “Adóptame”, como la que se realiza cada quince días en la clínica veterinaria “Becho, Abacho y Apapacho”, propiedad de Silvia Galán, en el fraccionamiento Las Torres, al sur de Monterrey.
Niños y familias acuden para llevarse a casa una mascota, con la seguridad de que se encuentra sana y con el deseo de darles un buen hogar.
Las activistas coinciden en que esta labor, loable, no sólo beneficia a los animales, sino también el hombre, pues redescubre su capacidad de dar amor. (Emma Rodríguez) E4

 
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