Apoyo a campañas de adopción en TV... de EEUU
Entre una reflexión y otra, con ese sentimiento de responsabilidad no asumida y culpa compartida, en alguno de los canales de señal abierta de televisión en El Paso, Texas, aquel 6 de enero, apareció un comercial. Su mensaje parecía una sugerente propuesta ante el dilema ético aquí planteado. Con una modesta producción de evidente factura local, el anuncio presentaba a un hombre y una mujer que comenzaban a narrar el tipo de abusos que comentemos en contra de los animales. Nada que no se sepa ahora. Golpes, desnutrición, abandono y la muerte injustificada de animales, sobre todo caseros. Quién no ha participado directa o indirectamente en esto. Quién no ha visto la manera en que dueños de canes mantienen a sus mascotas en condiciones deplorables, atados, comiendo sus propias heces, con el cuero duro de suciedad, la mirada perdida, en un espacio donde apenas pueden respirar un par de metros y, aún así, mover la cola. Quién no lo ha visto y lo ha callado. En fin. El mensaje ofrecía la posibilidad de recibir en adopción a los animales y presentaba varias tomas del sitio donde podían ser recibidos, así como del tipo de servicios que brindaba este refugio para animales. Además, invitaba a los interesados en adoptar a un gato, por ejemplo, o a donar para el mantenimiento de la organización. La mascota podía ser entregada, según decía el comercial, con el cuadro de vacunas completo, con la debida revisión del médico veterinario, así como con un registro de las condiciones en las que fue encontrado el animal y la fotografía reciente que evidencia la evolución lograda con los cuidados recibidos.
Cuando concluyeron los treinta segundos del anuncio, y luego de haber pasado la experiencia de ver el sufrimiento de esos setenta y cuatro animales en la carretera, fueron más las preguntas que siguieron surgiendo. La primera de ellas tenía que ver con el comercial mismo. ¿Qué era eso que acababa de aparecer en TV? ¿Una tomadura de pelo o qué? ¿Una más de ese lado surreal que sólo el “american way of life” sabe producir? ¿O era la muestra de la cultura que existe en un país en el que son más los que reparan en la condición de vida de los animales que los que la abominan? En este sentido, ¿México está a años luz de presentar en sus pantallas, al lado de sus telenovelas y programas de concursos, un comercial de esta especie?
El asombro no termina aquí. Como si el contenido de ese mensaje no hubiera sido lo suficientemente provocador, dos comerciales más aparecieron momentos después. Ambos se unían a la causa ya explicada. Con nombres y estructuras distintas, las tres organizaciones que se anunciaban en televisión (una de ellas, con sedes en diferentes entidades de Estados Unidos) ponderaban la importancia del respeto a los animales y la dignidad con que éstos deben ser tratados. Un discurso que, volviendo al contexto nuestro, es inimaginable.
Si fuera confeccionada otra lista de los escenarios en donde sufren innecesariamente los animales, tendrían que aparecer muchos circos y plazas de toros; numerosos rastros; espacios clandestinos para peleas o de gallos o de perros; colonias en los que perros y gatos son usados como blanco de cerillos, rifles de salva, venenos, cuchillos, martillos, hachas; espacios naturales en donde cazadores hacen de las suyas para satisfacer su afición a ese “deporte”. Qué decir de la matanza de ballenas, focas, tortugas y otros animales que en el mercado negro (y en el que no lo es), llegan a valer fortunas.
Ante este extremo del maltrato a los animales aparece el otro, el de la sobreprotección enfermiza que no logra establecer fronteras para encontrar un camino lógico del diario convivir. Desde los multimillonarios estrambóticos que dejan sus cuantiosas herencias a sus mascotas hasta los de a pie que no reparan en tener en el frente de su casa a diez o quince perros, libres para aparearse o morder al primero que se deje, en medio de un ambiente insalubre para todos.
Es curioso cómo la experiencia de ese 6 de enero me remite a la celebración del amor, de la amistad entre los hombres y los animales. Por eso no dudo en creer que este asunto quizá sólo los Reyes Magos —por cierto, bien acompañados de caballo, camello y elefante— serían los únicos mediadores entre aquellos que creen que poner en la mesa de discusión el sufrimiento de los animales es asunto de ingenuos y los que no dejaremos de encontrar en quienes provocan el dolor en los animales una muestra contundente de la podrida entraña que puede llegar a tener la especie humana. E4 |