
Puerta falsa.
La solución a los problemas no está en el fondo de una botella
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¡Qué huecas pueden sonar las palabras de un adulto que aconseja no emborracharse a un joven! ¡Qué largo, larguísmo, parece ser el trecho que divide ambos discursos! Las supuestas figuras de autoridad quedan cada vez más diluidas ante los ojos incrédulos o sarcásticos de los muchachos. Y ellos, a través de nuestra mirada, son menos descifrables y más arrojados en ciertas conductas; quizá se sienten menos satisfechos y más aceptados en determinados contextos. Es bien sabido que la brecha generacional provoca precisamente diferencias discursivas. Los años caminados acentúan las discrepancias. Pero vale la pena destacar que, en el caso del consumo del alcohol, como en otras prácticas, parece que el objetivo es pasar la raya: por mucho, por sistema y sin distingo de género.
¿Dónde está el gusto, el placer, la satisfacción, el regocijo, el embelesamiento de una borrachera? ¿De dónde viene esa necesidad de consumir alcohol? ¿Qué es lo que gana un joven al alcoholizarse? ¿Dónde está el plus de una fracachela pese a la cruda, al dinero gastado o los riesgos que puede correr quien se embriaga? ¿Estatus, aceptación, extroversión, valentía, poder, desahogo? ¿Quienes beben buscan que algo les duela menos? ¿O necesitan una sintonía mental distinta para enfrentar el enajenante estrés de nuestro tiempo? Ante la ausencia de estímulos externos e internos que motiven, ¿es la bebida la respuesta? ¿Perder el sentido es de lo que en realidad se trata?
Todo parece indicar que las miserias del entorno —evidentes en partidos políticos, escuelas, iglesias, familias, medios de comunicación, relaciones interpersonales, líderes de opinión, poderes fácticos— son eludibles siempre y cuando vayan copas de por medio. Las necesarias para establecer el puente que garantice transitar de lo patético a lo (se supone) sublime: beber alcohol.
Son muchas las áreas del conocimiento que, por siglos, han ofrecido interpretaciones a la relación que guarda el ser humano con el alcohol. Desde las veneraciones precortesianas a los más de cincuenta y cuatro dioses del pulque hasta el escape a depresiones colectivas derivadas del estilo de vida impuesto por la modernidad, el consumo de alcohol ha sido objeto de estudio de cualquier cantidad de investigadores. Sin embargo, parece que en términos de difusión de los datos o del abordaje del problema, algo se perdió en el camino en términos de prevención.
Pese a los miles de estudios que arrojan luz sobre lo perjudicial que resulta el consumo de alcohol, el efecto visible, en el día a día, revela a una juventud cada vez más anclada a esta práctica. Beber sin límite es la tabla de salvación a la que muchos (entre los once y veintisiete años, en rango promedio) están literalmente aferrados. Asusta imaginar la reacción que tendrían al no contar con ella. Ello es parte crucial del patetismo en esta historia donde unos, pese a su potencial físico e intelectual, están atados con nudo ciego al alcohol y otros eluden, “hacen como que no ven” y permiten la continuidad de la práctica.
En este, como en tantos dilemas sociales, la información seguirá siendo eficaz alternativa. Es necesario insistir en la difusión de interpretaciones valiosas que pueden ser útiles, en un principio, para generar la reflexión. Discutir el tema —y no evadirlo— es un sano comienzo. Un bienvenido alto en el camino. Qué somos como individuos y como comunidad en relación al consumo del alcohol, podría representar un fructífero primer intento.
En El código cultural (Ed. Norma, 2006), el antropólogo cultural y experto en mercadeo, Clotaire Rapaille, reflexiona en torno a diversas prácticas y objetos que ocupan un sitio preponderante en determinadas culturas. Compara, de manera general, los entornos sociales de Francia y Estados Unidos y las distintas maneras en que sus habitantes codifican, por ejemplo, la belleza, la seducción o las compras. Para Rapaille “el código cultural es el significado inconsciente que le damos a cualquier objeto —un carro, un tipo de comida, una relación, incluso un país— según la cultura en la que hemos sido criados (…). Es obvio para todos que las culturas son diferentes entre sí. Sin embargo, la mayoría de las personas no se da cuenta de que estas diferencia en realidad nos llevan a que procesemos la misma información de maneras diferentes (pp. 19-20).
Lo que el alcohol significa en una cultura y en otra es abordado en el capítulo ocho de El código cultural. Su título significa un balazo: “Más es mejor”. De él proviene la siguiente decena de citas textuales (pp. 223-228) que desean ser una invitación para el análisis de lo que pasa en nuestras comunidades inmediatas:

Ruleta rusa.
Salir a emborracharse es la consigna
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1
. ¿Cómo y cuándo se recibe la impronta de un arquetipo que afecta el poder que éste tiene y su significado? El momento en que se generó la impronta del alcohol en la cultura estadounidense y en la francesa ofrece maneras interesantes de ver cómo ocurre esto.
2
. Los franceses, aunque no permiten que sus hijos tomen en grandes cantidades, los exponen al alcohol (específicamente al vino) a una edad muy temprana, permitiéndoles tomar un sorbo o quizás mojar una galleta en un vaso de champaña. Ellos les enseñan a sus hijos que el vino realza el sabor de la comida y que los más añejos y con menos contenido de alcohol son mejores porque este último disminuye el sabor de la bebida.
3
. Los estadounidenses, con su larga historia de abstinencia (es una de las pocas culturas occidentales que ha ilegalizado el consumo de alcohol para todos sus ciudadanos), generalmente mantienen a sus hijos alejados del alcohol hasta que llegan a la adolescencia. Los estadounidenses les enseñan a sus hijos que el alcohol es un tóxico que puede conducir a un comportamiento irresponsable.

Mujeres.
El número de bebedoras va en aumento
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4
. Los estadounidenses reciben la impronta del alcohol a una edad rebelde porque han estado alejados de ésta desde que se los prohíben cuando son niños y lo poco que saben se reduce a que es “malo”. Al acceder a su consumo (usualmente son menores de edad, lo que afirma la sensación de que están haciendo algo tabú), desconocen sus placeres, sutilezas o el papel que puede cumplir para realzar el sabor de la comida; sin embargo, descubren rápidamente sus cualidades intoxicantes. El paladar no importa. Lo que importa es que esta sustancia puede causar un efecto en la persona: embriagar. Sumado a ello, los padres de familia no quieren que lo hagan, así que en su aceptación los muchachos se rebelan al mismo tiempo.
5
. La embriaguez de ninguna manera es exclusiva de los estadounidenses. Sin embargo, la frase “salir a emborracharse” es, en esencia, estadounidense. Ciertamente, la gente en la mayoría de las culturas lo practica de diferentes maneras, pero en Estados Unidos es algo que muchos contemplan y buscan, aun a pesar de su sólida ética del trabajo y su inclinación a la acción. Para muchos adolescentes y universitarios parece ser la principal distracción: no se trata de ir a una fiesta, ni de pasar una noche con los amigos, sino de “salir a emborracharse”.
6
. El alcohol tiene un efecto muy poderoso para alterar vidas y cambiar las circunstancias (…), es algo que logra “deprimir” y por lo que uno “se va a morir” y que “cambia el cuerpo casi instantáneamente”, hace que uno se “desmaye”, lo “saca de sí” y es una “cosa agradable para tener al lado”. El alcohol es más que un combustible, es algo muy poderoso, instantáneo y extremo.
7
. El código cultural estadounidense para el alcohol es “revólver”. Se trata de un descubrimiento intenso y aterrador. El código estadounidense contrasta marcadamente con la actitud europea hacia el alcohol. Sin embargo, esto no debería sorprendernos porque siempre ha habido una fuerte conexión entre el alcohol y los revólveres en esta cultura.

Clotaire Rapaille.
Invitación al análisis
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8
. Piense en los bares del viejo oeste y la imagen recurrente de gente emborrachándose y metiéndose en tiroteos, o del alguacil que se toma un trago doble de whisky antes de enfrentarse al villano en un duelo (…). La palabra que designa un trago rápido en inglés es “shot”, tiro. En ninguna otra cultura se utiliza esta terminología (…). La música hip-hop se identifica por sus imágenes intensas de violencia y las frecuentes referencias a los revólveres y al asesinato. En 1999, el Centro para la Prevención del Abuso de Sustancias del Departamento de Salud y Servicios Humanos de los Estados Unidos realizó un estudio de las mil canciones más populares de 1996 y 1997 y descubrió que el cuarenta y siete por ciento de los temas de rap en ese tiempo contenían referencias al alcohol.
9
. Este código (revólver) explica el aura de peligro, tan desconcertante para los europeos, que rodea al alcohol en la sociedad estadounidense. Cuando tomamos en exceso sentimos como si estuviéramos jugando con un arma cargada. Si aborrecemos tomar y conducir o le hacemos mala cara a la borrachera es porque tememos qué puede pasar si se dispara el revólver.
10
. El código ayuda a explicar por qué los adolescentes están fascinados con el alcohol. A su edad, coquetearle al peligro es especialmente atractivo porque uno se cree y se siente invulnerable. ¿Qué mejor manera para demostrarlo que jugar con revólveres? ¿Alguna semejanza con nuestra cotidianidad? ¿Existen paralelismos entre lo explicado por Clotaire Rapaille en Estados Unidos y en lo que vemos en nuestros jóvenes y sus familias en México, en Coahuila? ¿Cuántos son los que lejos de temer al código “revólver” lo buscan como fin contundente? Responder a estos y tantos cuestionamientos más es, insisto, un sano recomienzo. El debate podrá revelarnos las cifras de ese alcoholímetro espiritual que, en buena lid, deberíamos tener siempre a la vista. E4 |