Militante del misterio de la creación literaria emergida en el norte del país, deja legado sin parangón
La lírica de
Enriqueta Ochoa,
entre
la religiosidad y el arrebato humano
Lucía Sánchez
Para la poeta coahuilense, las palabras caían como lluvia de manera autónoma, y su misión, era acomodarlas para dar forma a los versos. Según percepción, ésta era una instrucción divina

El compromiso con la vida y con Dios le llegó a Enriqueta Ochoa a una edad muy temprana. Su primer poema lo escribió a los nueve años, teniendo como único antecedente el sonido de las palabras que caían en su mente con el deseo de ser estructuradas.
Tras ocho décadas de producción lírica cuyo trabajo traspasó los límites territoriales, la poeta murió el primero de diciembre de 2008, dejando un espacio en el mundo literario difícil de ocupar.
De Las urgencias de un Dios a Bajo el oro pequeño de los trigos (Antología poética 1947-1996), Enriqueta Ochoa desarrolló su trabajo poético entre la religiosidad y el arrebato humano ante sus propias imperfecciones. Nacida en Torreón, Coahuila en 1928, perteneció a la llamada generación de los cincuenta (en la que se ubican Rosario Castellanos y Jaime Sabines), caracterizada por haber roto los modelos de la poesía medida para dar lugar al verso libre. Su trabajo le valió que el 18 de mayo de 2008, recibiera un homenaje y la Medalla de Bellas Artes de manos de Teresa Franco, titular del INBA.
En Las vírgenes terrestres, escrito en 1970, la autora compartió unas imágenes sobre la muerte: Odio al jardín de afanes desgajados entre el sol y la muerte/ Por encima de las colinas arde la luz/ El tiempo se deshoja y yo envejezco aquí traspasada de urgencias frente a la puerta hermética / Soy la virgen terrestre espesa de amargura, desolada corriendo del reguero de impactos en mi pulso / Ya no me soporto en las grietas de la espera ni el sopor del silencio.
Para hablar de la pasión y una vida dedicada a la poesía, nadie mejor que ella. A continuación se transcribe una entrevista publicada originalmente en la revista Tierra Adentro # 116 (junio-julio de 2002), una de las últimas que regaló a la prensa.
Por una referencia suya sabemos que comenzó a escribir a los nueve años. ¿Qué tipo de textos escribía entonces?
Sé que tal vez esto le pueda sonar increíble, pero empecé a escribir poesía. No se crea, yo misma me sorprendo: nadie me había dicho en qué consistía, no había leído libros de poesía; por eso siempre he creído que la inspiración es un don que nos permite entrar en contacto con alguien o algo que está más allá de nosotros.
¿Conserva o recuerda algún material escrito en aquel tiempo?
No los tengo a la mano pero le voy a contar que cuando yo tenía diez años entré a un concurso, por medio de una secretaria de mi papá, y envié dos poemas: uno con el nombre de mi hermana y otro con el mío. Los dos salieron premiados. Todavía recuerdo la sorpresa de mi papá quien, con el diario en la mano, le dijo a mi mamá: “Mira qué extraña es la vida: aquí en un lugar tan pequeño hay dos personas que se llaman como nuestras hijas, y se apellidan también Ochoa. Lo más curioso es que escriben y salieron premiadas en poesía.”
Cuál fue su reacción…
Comencé a llorar y a correr por toda la casa: “yo no fui, yo no mandé nada, yo no fui”. Me sentí descubierta, pues lo hice sin su consentimiento. En realidad nunca he sabido por qué lo hice: tal vez para darme cuenta de que no era tiempo para empezar a escribir, y menos poesía.
¿Fue motivo para dejar de escribir?
Dejé de escribir y me alejé por completo de la literatura para atender las materias que cursaba en la escuela.
Hasta que cumplí dieciocho años. Una mañana que barría el patio de mi casa escuché una voz interior que me dijo: “¿estás segura de que si tú fueras escritora lo aceptarías hasta el último día de tu vida?”
¿Una comprobación?
De alguna manera. Con mucha alegría apoyé mis manos sobre la escoba y contesté: “Por supuesto, mi Señor, claro que sí. Si eso es lo que tú me mandas hacer, yo lo haré hasta el último día de mi vida.”
¿Antes de esta experiencia, concretamente durante su niñez, la literatura era una práctica secreta?
Totalmente: desde entonces y hasta la fecha he requerido para escribir de un silencio y una concentración absolutos. Por eso casi siempre escribo de noche. Sin embargo, hay momentos en el día en que estoy escribiendo otro tipo de cosas —como la lista del supermercado— y de pronto viene un plap-plap-plap, como si lloviera, con algunas de las imágenes que van a formar parte de un poema. La inquietud que nos provoca la lluvia cuando surge de pronto, es experimentada por mí cuando trato de retener las frases y las palabras para evitar que se vayan.
De dónde proviene esta idea de asociar el llamado a escribir con el plap-plap-plap, o la caída de la lluvia...
Porque es como una lluvia: no caen los versos enteros. Muchas veces las palabras están fuera de lugar, de ahí que mi labor sea reunirlas en el papel para trabajar más tarde. En cambio, cuando escribí el poema Las vírgenes terrestres, compuesto por siete cantos largos, tuve que escribirlo en quince minutos sin hacer ningún tipo de corrección. Por eso cuando me preguntan qué siento al escribir este tipo de poemas, contesto que es una misión grande la que vengo a cumplir; pero realmente no tengo ninguna virtud. A veces creo que me los dictan.
¿Quién le dicta?
El subconsciente, no lo sé. Ya ve que como todo son ondas y electricidad, en ocasiones pienso que quizá los mismos poetas que nos han precedido. Después de todo estamos ligados con ellos a través de la literatura, ¿no le parece? Todo puede ser, quién sabe… Es muy difícil saber: ¡es un gran misterio esto de la creación literaria!
¿En dónde o cuándo encuentra la felicidad como escritora?
Cuando termino un poema; es una dicha enorme, como si sintiera la mano de Dios quitando de mi mente los pensamientos más dolorosos. ¡Usted no tiene idea de la cantidad de borradores que tengo de cada trabajo publicado! ¡Tal vez piense que exagero, pero créame que pasé cerca de veinte años cargando el cadáver de mi padre!
Pero mientras el poema no estaba terminado, despertaba todas las noches llorando; preguntando y diciéndole: “Por qué te fuiste... Yo te necesito.” Sintiendo una angustia muy grande. Toda vez que lo terminé, después de muchos años, pude pedirle a Dios que lo cuidara y darle por fin vuelta a la página. Con el paso del tiempo he podido constatar que, entre mis poemas más elogiados por la crítica, está precisamente el dedicado a mi padre: “Retorno de Electra”.
Una última pregunta: sabemos que usted no es simpatizante de los grupos literarios y de la publicidad. ¿Cuál es el motivo fundamental de esta actitud?
Recuerdo que mi maestro de poesía, Rafael del Río, me dijo un día algo que le quiero compartir: “Si algún día se va a México, evite ingresar a los grupos de escritores. Están unidos sólo para destruirse, y no quiero que la destruya nadie. Enciérrese a escribir y busque amistades con las que pueda compartir cosas de la vida cotidiana, alejadas de la competencia; de la enervación por leer ciertos libros o conocer a determinadas personas. Dedíquese a su trabajo literario: le dará mucho de qué hablar.”
Hacia El Cristal Secreto De Los Frutos
Dios mío,
de tus labios bajan ríos de luz
hacia el cristal secreto de los frutos
y amanecen maduros.
Muchos hombres vienen al mundo
a buscarse un lugar.
Yo he venido en éxtasis desde el alba,
atraída al aroma que escapa de tus cestos,
pidiendo dormir entre tus frutos esta noche
para que mi corazón madure.
Eternidad
La eternidad mece, ondula,
abre de par en par su túnica de viento;
en el espacio de su seno esplende
una constelación de luz acumulada.
El Padre la detiene. Un instante
mete su mano turbulenta hasta la entraña
y la abre sobre la piel del mundo.
Un alud de semillas caen, parpadeando.
Se fecunda la tierra. Cada segundo se fecunda.
El hombre entra a la prisión de su cuerpo
doblada la cerviz
y vuelve a tirar de sí, uncido al yugo de la vida,
hasta que aspira el Padre
y volvemos al seno de la Madre.