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30 de diciembre de 2008


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Para eliminar la inseguridad no basta la paz política, es imprescindible también construir la paz social: Leonel Narváez

Ante la violencia, ESPERE

Renata Chapa




Para México las ESPERE pueden convertirse en una alternativa de apoyo en la lucha contra la violencia. La SSP de Monterrey ya puso en práctica el proyecto dentro de sus Centros de Rehabilitación Social. Ineficiencia de la justicia, pobreza dramática, influencia del narcotráfico e incremento de la criminalidad organizada: las principales causas de esta pandemia social

 

Mi agradecimiento a Leonel Narváez,
por sus palabras, “archipiélagos de certezas” que motivan.
También las gracias a Consuelo Bañuelos, por su notable labor dentro de las ESPERE Capítulo México.



¿Qué resuelven las ácidas publicaciones periodísticas en nuestro México violento? ¿Mucho? ¿Poco? ¿Nada? Plumas beligerantes han ayudado a poner en el escenario público la rabia e impotencia que sienten tantos ciudadanos que han sufrido algún tipo de victimización. El pesar de otros, gracias a los medios de comunicación, es recibido por millones que procesan estos mensajes a manera de más violencia o de compasión.
La libertad de expresión ha pasado al plano de la relatividad. Siempre y cuando las circunstancias lo permitan, el creador de la noticia informa para denunciar a las autoridades y a los poderes fácticos. Pero también el periodista puede coludirse con ellos usando la palabra como medio de corrupción para señalar o callar discrecionalmente. Diferentes motivos están detrás de publicaciones que siguen presentando radiografías sobre la violencia e impunidad nuestras. Muchos textos periodísticos, incluso, ya dieron por hecho que México no tiene remedio. Que está podrido hasta la médula idiosincrática. Que mientras en las instancias políticas y en la ciudadanía no exista voluntad, sólo habrá remedos de lo que llamamos justicia social para “irla pasando”. Y quizá ni para eso.
Entonces, por lo aseverado en tantos espacios noticiosos podría pensarse que, en efecto, no hay opción. Es tanta la carroña que ni a punta de marchas, reuniones oficiales y veladoras será posible la reivindicación. Del país seguirán huyendo los empresarios poderosos y otros cuantos pudientes más, mientras que los otros tendremos que asumir que seremos carne de cañón de una red de hampones cada vez más virulentos.
¿Existirán publicaciones de quienes piensan diferente? ¿Qué pasaría si la prensa declarara un armisticio informativo con la finalidad de avivar alternativas u opciones para la acción ciudadana? Es cierto que ante la oleada de crímenes se han escuchado con fuerza otras propuestas como la pena de muerte, pero, ¿esta medida reduciría la violencia? ¿Violencia con violencia es la solución? Algunos aseguran que sí y harán lo necesario para que caminen las iniciativas. Otros nos negamos convencidos de que el camino puede ser distinto.
El espacio siguiente, íntegro, es para el sociólogo Leonel Narváez. Que sea él quien levante, aunque sea por el momento de esta lectura, la bandera blanca. Su experiencia durante una década entre guerrilleros colombianos, las aulas de Cambridge y Harvard, combinada con su sacerdocio, pueden dar luz a México donde parece que todo va quedando a oscuras. Estuve con él en Monterrey hace poco. Lo escuché con detenimiento en sus participaciones públicas en el Primer Congreso de las Escuelas del Perdón y Reconciliación (ESPERE). Y también charlamos en corto. “No tengas miedo”, me dijo. “Las personas más peligrosas son las que tienen necesidad de hablar, de ser escuchadas; saben cuando tu intención es otra y sólo acercándonos a ellos podemos crear puentes de salvación social”.
Leonel autorizó mi atrevimiento consistente en citar varios fragmentos de uno de sus ensayos para esta publicación. Cuando le pedí el permiso, tomó mi mano y comentó, “Gracias por ponerlo ante los ojos de muchos”. Él es quien tiene la autoridad —como fundador de las ESPERE en Latinoamérica y por su innegable experiencia en zonas de extrema violencia— para explicar lo que a otros nos cuesta aceptar y, más aún, ejercer con humildad: el perdón y la reconciliación.
“Con él me encontré pocas veces, pero fueron encuentros bastante significativos. Recuerdo que en una ocasión tratando de insinuarle que los odios y rencores afectan primeramente a la persona que los tiene me respondió: Aterrice cura... el que la hace, ¡que la pague! Era Manuel Marulanda, alias ‘Tirofijo’, jefe máximo de las FARC (Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia) mientras con rabia hacía memoria de integrantes de su familia cruelmente asesinados durante la violencia de los años cincuentas.
Se le apodó ‘Tirofijo’ (‘Sure-shot’) porque sabía vengarse disparando sin fallar. Todas las veces que lo encontré me dejaron perplejo las expresiones contrarias en su rostro. Por un lado, llenas de odio y de rencor hacia el gobierno oficial. Pero, por otro, unos ojos en los que se veía la nostalgia por la paz y la tranquilidad en su vida. En Génova (Quindío) donde nació, todavía comentan los más viejos: ‘¡se lo comieron la rabia y las ganas de vengarse!’
Esas palabras de ‘aterrice cura’ siguen resonando todavía en mi mente. ¿Será que de verdad, la venganza es una necesidad humana o más bien, una ceguera colectiva? ¿Será que el perdón es posible? ¿Será que la reconciliación tiene algún sentido? ¿Cómo lograr el perdón y la reconciliación sin que se sacrifique la verdad y la justicia? ¿Castigar no es otra forma de cometer injusticias?
Me inquietaba que las ciencias sociales poco o nada se hubiesen preocupado por un tema tan cotidiano y complejo. Entendía muy bien que para el caso de la violencia en Colombia no bastaba la paz política sino que era necesario también construir la paz social. ¿De qué manera obrar entonces para popularizar el perdón y la reconciliación y hacer que no quedara como privilegio de adeptos a iglesias o de personas que podían pagar los altos costos de sicólogos y siquiatras?
Los estudios de violencia normalmente le dan más peso a las causas objetivas (carencias socio-económicas y políticas) que a las causas sujetivas (ajuste de cuentas, manejo de emociones y entre ellas, las rabias, los odios, rencores y deseos de venganza). Se ignora que con frecuencia la rabia de ser pobre empobrece más a la persona. No se trata para nada de anestesiar la conciencia social, sino de encontrar formas constructivas para lograr la justicia y la paz. Menos aún se trata de olvidar pues el olvido del dolor es imposible. Se trataba de recordar, pero con otros ojos. De hecho, las rabias y rencores individuales terminan acumulándose con el tiempo; no se olvidan y peor aún para el desarrollo comunitario, las rabias y los odios son también colectivos, étnicos e intergrupales.
En la encrucijada de estas reflexiones, entendí que el perdón y la reconciliación no podían continuar como monopolio de las iglesias y de los sacerdotes, por el contrario, era necesario convertirlos en elemento indispensables de la vida cotidiana. Por muchos años nos habían enseñado a practicar el perdón y la reconciliación vertical (con Dios) y olvidamos el perdón y la reconciliación horizontal (con nuestros vecinos).
En la Universidad de Harvard, gracias al apoyo de expertos de varias disciplinas, en al año 2000, logramos concretar la propuesta de las Escuelas de Perdón y Reconciliación —ESPERE—, pensando que mientras gobierno e instituciones, con razón, se preocupan en nuestro país por alcanzar la paz política, en el drama de conflicto y violencia que vive Colombia, se hacen necesarias otras iniciativas para construir la paz social en la base de la sociedad colombiana.
Miles de colombianos que han sufrido la crueldad de la violencia, guardan, rabias, odios, rencores y deseos de venganza. Las víctimas, al no elaborar positivamente sus rencores y odios, como lo demuestran estadísticas recientes en el caso de Bogotá, corren alto riesgo de convertirse en victimarios.
Desde el año 2002, en cincuenta y nueve de las zonas más violentas y conflictivas de Bogotá se vienen implementando las Escuelas de Perdón y Reconciliación. La columna vertebral de este proyecto es la capacitación de animadores. Ellos son el alma y nervio de la iniciativa. El animador proviene de organizaciones de bases sociales, políticas, religiosas, culturales o es una persona con el interés de contribuir a superar las dificultades que la convivencia en sociedad promueve entre grupos e individuos.
(…) Sin pretender que las ESPERE sean una cura milagrosa, se comienzan a notar cambios significativos en la transformación de los conflictos familiares y comunitarios. Se percibe ya cierta reducción de la violencia intrafamiliar y se nota un marcado fortalecimiento de las relaciones personales y comunitarias. (…)
Las estrategias de convivencia y la seguridad ciudadana han tenido por siglos, un marcado énfasis racional y policivo. Las ESPERE quieren ofrecer un paradigma diferente diseñado tecnologías de trabajo comunitario sustentadas en el fortalecimiento de la inteligencia emocional.
Sin querer desconocer la discusión de enfoques y teorías que existen sobre el crecimiento de los homicidios en Colombia (ineficiencia de la justicia producto de una desinstitucionalización generalizada, pobreza dramática de la gran mayoría de los colombianos, influencia perniciosa del narcotráfico, incremento de la criminalidad organizada, y aspectos actitudinales, entre otras) en las ESPERE se ha optado por abordar tres ejes o dinámicas tanto individuales como colectivas en el trabajo del perdón y la reconciliación: el problema del control de las emociones, la carencia de mediadores institucionales en la comunidad y el desconocimiento de técnicas para la transformación de conflictos.
Con frecuencia el crimen aumenta porque no existen o no funcionan instituciones mediadoras. Se fortalecen entonces, alternativas de corte negativo (grupos subversivos, pandillas juveniles, bandas organizadas de delincuencia común). El capital social de la paz se convierte en capital social de la violencia. Por este rumbo las ESPERE constituyen gradualmente un capital social positivo que sirve de institución mediadora tanto para la prevención de los comportamientos violentos como para la negociación asertiva de conflictos.
Ciertos paradigmas comienzan a hacer parte del lenguaje cotidiano de las ESPERE. Se ha entendido que contra la irracionalidad de la violencia es necesario proponer la irracionalidad del perdón, que las ciudades se construyen de adentro hacia fuera, que perdonar no es olvidar sino recordar con otros ojos, que sin reconciliación no hay futuro, que los odios y rencores tienen graves efectos somáticos y sicológicos, que la verdad y la justicia son elementos indispensables de la reconciliación y, finalmente, que la compasión y la ternura deben recuperarse en calidad de elementos básicos para una cultura de paz.
Algún día posiblemente me encontraré de nuevo con ‘Tirofijo’ y esta vez seré yo quien con respeto le diga: Aterrice, Don Manuel: sin perdón y sin reconciliación no habrá futuro. Ni para usted, ni para nadie.” (Harvard Review of Latin America)
La postura de Leonel Narváez animó a instancias como la Secretaría de la Seguridad Pública de Monterrey a adoptar a las ESPERE y brindarles apoyo en sus Centros de Readaptación Social, conformados por cinco mil quinientos internos. Yo también me animo a servir y a ofrecer el puente para que Coahuila —tal y como pudo suceder con abogadas voluntarias en la ciudad de Chihuahua— no se quede atrás y cuente con esta alternativa no sólo en sus penales, sino también en escuelas de diferentes niveles y en los organismos que así lo soliciten. Algo podemos construir y cambiar. Aquí está dado el siguiente banderazo de color blanco. Espero existan ojos que puedan distinguirlo en medio de la niebla densa. E4

 
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