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30 de diciembre de 2008


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“La información que leemos defiende lo indefendible, produce verdades a medias y mentiras completas; se erigen conciliábulos para hacer daño”

 

Medios de comunicación
Uso y abuso de la libertad de expresión

Gabriel Pereyra


Inmersos en el caos neoliberal, muchos comunicadores olvidan los principios de su profesión para responder a las órdenes que les dictan los círculos de poder. En México ninguna ley ampara a la ciudadanía de manipulaciones noticiosas. Algunas empresas subsisten gracias a los recursos del narcotráfico

 


En tiempos donde la ley de la oferta y la demanda amenaza con desbancar todo rigor ético, los medios impresos y digitales han de cuidar discurso y contenido. La defensa de la libertad de expresión no debe convertirse en justificante para diatribas y falsedades. “Las Jornadas contra la violencia”, que organizó la Comisión de Derechos Humanos en noviembre pasado, sirven para retomar desde otra perspectiva el compromiso moral que trae aparejada la práctica del periodismo.
A continuación, parte del texto que con tal motivo presentó el autor en la Universidad Autónoma Benito Juárez de Oaxaca.
Con el poder de los medios ha ocurrido lo que en muchas ocasiones sucede con la política. Si bien la fuerza institucionalizada se legitima, según Norberto Bobbio, porque se funda en el consenso de los ciudadanos, en el caso de la prensa se justifica porque representa el derecho que tienen los ciudadanos a expresarse y ser informados. Cuando el periodista interroga a un individuo, no lo hace en nombre propio sino de la opinión pública que es un detonante social. Lo que ha sucedido con el paso del tiempo es que la influencia de los medios de comunicación adquiere una dinámica propia, como si lo único importante fuera, por una parte, el poder por el poder mismo, o el poder por un interés particular.
Así como la política ha conquistado una jerarquía, una dinámica y una fisonomía propias, los medios se han escindido del derecho a la información del ciudadano, y anda por el mundo al margen de los valores políticos, humanos y del constitucionalismo social.
En los últimos años se destacan la protección de los periodistas y el derecho que la ciudadanía tiene de ser bien informada. Ello otorga un poder brutal a los dueños de los medios de comunicación y a los comunicadores. Sin embargo, no se ha avanzado en materia de ética y guías de conducta. En parte por causa de que la práctica de este ejercicio, al igual que sucede con la política, es libre. Cualquiera se para en la mitad del foro con una cuartilla doblada y dice: “soy periodista”.
Aquellos que usan y abusan de la libertad de expresión olvidan que el destino final es la sociedad civil y que los ciudadanos tienen derecho a recibir una información oportuna, confiable, segura, verídica y comprobable. Los medios masivos de comunicación son canales de noticias, transmisores de una línea que empieza en el acontecimiento y que termina en el diálogo con el receptor. Es un binomio que debe ser indivisible entre libertad de expresión y responsabilidad.
Los medios alimentan la postura de ser detentadores de la verdad y defensores del derecho a la información. Incluso sostienen algunas tesis sobre la posibilidad de un Cuarto Poder. Nada más falso. Existe un marco jurídico que les garantiza su papel y los derechos de los ciudadanos a recibir una información objetiva.
En países con democracias maduras —Inglaterra, Estados Unidos, Francia, Italia, entre otros— existen legislaciones que aseguran la libertad de expresión y protegen a la sociedad; le garantizan recibir contenidos confiables y establecen sanciones para quien mienta o lesione a través de los medios de difusión a un tercero. La mayoría de estas naciones poseen una legislación severa y son famosos los juicios en contra de periodistas. Los casos de escándalos en rotativos de la talla del New York Times han convulsionado al mundo.
En contraste, los países subdesarrollados carecen de leyes o reglamentos que hagan efectivo el derecho de recibir una correcta información y se omite regular el comportamiento de los comunicadores. La mayoría de las veces, cuando se habla de establecer estas responsabilidades, las discusiones se desvían hacia el ejercicio de la libertad de expresión irrestricta que permite todo —incluso la injuria, la difamación, la calumnia— y se argumenta en contraposición el establecimiento de la censura gubernamental, soslayándo así el tema de la responsabilidad de quienes difunden la noticia.
En México, el ejercicio del periodismo durante casi todo el siglo XX estuvo marcado por una relevante participación en la política. Juega un papel activo en la derrota y muerte de Madero. Venustiano Carranza, ante los embates de la prensa, promulga la Ley de Imprenta y edita un periódico para dar a conocer las acciones de su administración. Los gobiernos surgidos de la Revolución Mexicana procuran tener un órgano de información propio y, cuando surge la radio junto con la televisión, establecen un modelo mixto de concesiones.
En el segundo medio siglo se reflejan dos tendencias. La primera: métodos de control directos e indirectos basados en presiones financieras y políticas. La segunda: gran irresponsabilidad, violencia y faltas a la verdad que caracteriza a un elevado número de rotativos.
Durante décadas, la mayoría de los diarios contenían información que se sustentaba en tarifas económicas, prebendas y, a veces, sobre filias y fobias de los “periodistas”. Se olvidaron que en ellos descansaba, además, la tarea de defender a la sociedad de los excesos y abusos del poder público, privado, y de la ferocidad de los modelos económicos regentes.
La prensa, que fue sinónimo de hidalguía, de protección de los derechos humanos y de las causas sociales, desapareció para devenir en mecanismo de amparo de los intereses de grupos económicos.
Sin embargo, en el siglo XX existían tres periódicos formados por cooperativistas, El Día, La Prensa y Excélsior. Su interés y permanencia obedecían a que, al menos en principio, representaban los intereses de la comunidad. La cooperativa, como su nombre lo indica, es una empresa que no responde a un dictamen particular. De ahí su carácter social y el distanciamiento de cualquier comprometimiento con los círculos de poder. Actualmente no existe ninguno de esos diarios.
Sumergidos en la ola neoliberal de un salvajismo económico sin paralelo, donde impera la ley de la selva, se degrada la vida, aumenta la brecha entre desarrollo y subdesarrollo, se multiplica el desempleo y miles de seres humanos sufren extrema pobreza, la prensa 
desecha sus funciones originales para representar los intereses de ciertos sectores políticos y económicos. Una demostración meridiana lo constituyó la discusión, en el Senado de la República, de las normas de la publicidad en las compañas políticas.
El sitio para los periodistas, salvaguardas de la sociedad, parece inexistente. Las voces que protegían al lector permanecen sepultadas en el basurero de la historia y lamentablemente vemos que, en la mayoría de los casos, la información que leemos defiende lo indefendible, produce medias verdades y mentiras completas. Todo en aras de intereses minoritarios. Así ocurre con Televisa, TV Azteca, los canales y periódicos nacionales y regionales. Hay honrosas excepciones, pero la mayoría sigue esa tendencia. Incluso existen medios impresos y electrónicos que subsisten gracias a recursos del narcotráfico.
En nombre de la libertad de expresión se han cometido los peores crímenes. Se erigen conciábulos únicamente con el fin de hacer daño a través de sus escritos en ocho columnas. No es necesario mencionar a nadie, subsisten ejemplos por todos conocidos de diarios furibundos, sectarios, para los cuales nada está bien y que esconden dependencias 
inconfesables.
Hay también agravios horrendos contra los periodistas. La violencia se ha introducido en sus formas más brutales. Sin embargo, es importante reconocer que no siempre se sacrifican periodistas a causa de un ejercicio profesional. En ocasiones obedecen a rencillas y rencores personales, afectación de intereses, órdenes de jefes, de grupos o estrategias 
políticas.
Vivimos un alto grado de individualización. Los sentimientos de inseguridad y temor a peligros indefinidos son parte de nuestra cotidianidad. En el clima de terror que hoy prevalece, el papel de la prensa es significativo. Si los peligros que leemos se concretan en nuestro subconsciente, el pánico se apodera de todos, se hace real y tangible. La nota roja gana espacios y adeptos muy aprisa.
No hay que olvidar que desde la modernidad se determinaron como valores fundamentales: la libertad, la propiedad de bienes, la seguridad, la resistencia a la opresión, y el principio de que nadie puede ser molestado por expresar sus opiniones. Así se consigna en las constituciones de los países democráticos.
Paralelamente se extiende una corriente a favor de la dualidad que debe existir entre la libertad de expresión y el reconocimiento de que nadie, mediante la información explícita, tiene derecho a hacer daño a terceros.
Con el transcurso del tiempo, las sociedades, los gobiernos y los propios medios han luchado por establecer un conjunto de convenciones y deberes morales que regulen el ejercicio profesional del periodista. A esta serie de normas y a la corriente que propician se le ha llamado deontología periodística, cuyos preceptos parecen desconocerse en México mientras que en otras naciones están perfectamente definidos como lo hacen El País (España), Le Monde (Francia), The New York Times (Estados Unidos), etcétera.
Es necesaria la creación de códigos de ética en los medios de comunicación de nuestro país; también aplicar la norma ISO 9000 y desarrollar defensores de los receptores en todos los niveles. La figura de este ombudsman puede ubicarse dentro de la estructura de la Comisión de Derechos Humanos, en la Procuraduría del Consumidor o como organismo autónomo. Incluso es posible establecer dependencias en las Cámaras del legislativo. El derecho a recibir información verídica, oportuna y segura debe ser garantizao por el estado y los órganos de la sociedad civil. El ciudadano común ha de conocer todo asunto público, desde las operaciones de Hacienda y sus gastos, hasta la estructura de Gobierno, sus proyectos, objetivos y garantes.
Los medios de comunicación, al igual que nosotros mismos, son corresponsables del mundo en que vivimos. Nunca el país había estado tan desgobernado. La ineficiencia de la administración pública federal es notoria y angustiante. Por fortuna no todo es blanco y negro. Hay otras fuerzas que despiertan esperanzas. La obra humana está llena de imperfecciones, pero también de grandes valores. Lo importante es saber distinguir entre aciertos y errores. E4

 
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