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Agenda binacional
Cada principio de siglo y de milenio el mundo se reacomoda y cobra impulso, no para volver al pasado, sino para ensanchar fronteras y abrir caminos inexplorados a la ciencia, el arte, el pensamiento, que doten a la humanidad de mayores fuerzas para enfrentar el futuro, así como para crear formas nuevas de convivencia entre individuos y naciones acordes a su tiempo. Por eso resulta iluso suponer, en el caso de México, que 2010, bicentenario de la Independencia y centenario de la Revolución, marcará el advenimiento de luchas similares.
Lo cierto es que dentro de poco, el 20 de enero, para ser precisos, Barack Obama se convertirá en el cuadragésimo cuarto presidente de los Estados Unidos, bajo los augurios del cambio que conmovió a un país en recesión —con lo que ello implica para el nuestro— y crisis de liderazgo. Que nadie se engañe, la primera potencia del mundo lo será aún por mucho tiempo. Sobre todo, por esa enorme capacidad que a través de la historia ha demostrado para arrostrar las mayores adversidades y salir avante.
¿Qué puede México esperar de Obama, cuya agenda está marcada por la necesidad de fortalecer internamente empleo, producción y consumo, sin perder hegemonía mundial? Existen, pues, más motivos de preocupación que para el optimismo. El pacto migratorio, en las circunstancias actuales, es inalcanzable. Roguemos que el retorno forzoso de mexicanos que legalmente o sin papeles trabajan allende las fronteras no sea masivo. Los atentados del 9-11 movieron drásticamente la manecilla de la brújula en la Casa Blanca y América Latina volvió a un tercer plano.
En lugar de apoyos, cuando lo más sensato es que dejemos de esperar del vecino respuesta a problemas que a nosotros corresponde resolver, esperemos que el Tratado de Libre Comercio no se renegocie para restarle a nuestro país empleo y exportaciones. El acuerdo, en vigor desde 1994, seamos francos, ha aportado más beneficios que perjuicios. Solo se oponen a él quienes, adormecidos por el viejo modelo proteccionista, son incapaces de competir con productores y prestadores de servicios de otros países.
Tocará al presidente Calderón y a la diplomacia mexicana construir con sus homólogos una relación fructífera, sin escaramuzas, entreguismo ni posturas patrioteras que nada dejan. Por razones de seguridad nacional de los Estados Unidos, lo que sí debemos esperar es que las tareas contra el narcotráfico y el crimen organizado se profundicen. Tal será, sin duda, el punto de mayor prioridad y coincidencia en las agendas de Calderón y Obama. Y qué bueno que así sea, pues la lumbre ya está en la frontera y ningún muro, por elevado que parezca, será capaz de contenerla.
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