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¿Vida o muerte? El hombre es anterior al Estado y a las leyes. Por lo tanto, estos deben protegerle y no a la inversa. Todo lo que atente contra la vida o disminuya su existencia, será siempre motivo de debate. Máxime en sociedades educadas en la tradición judeocristiana, como la nuestra, que propugna por la vida desde la concepción hasta la muerte, no forzada ni inducida. Para los creyentes, la salvación del alma es lo que importa, sin que ello cancele la posibilidad de alcanzar la plenitud desde la Tierra.
Hoy, por desgracia, el mundo vive inmerso en la cultura de la muerte, impulsada por una corriente laicista que supone, de manera errónea, que la separación Iglesia-Estado debe privar también al hombre de vida espiritual o confinarle a lugares recónditos; o a las catacumbas, si se quiere. Bajo esta “política”, que en realidad busca sustituir a Dios por el Estado, se ordena retirar de escuelas españolas crucifijos, porque, según las autoridades, “ofende” al no creyente. ¿Lo ofende o lo confronta con la realidad patente de una fuerza superior, que lo trasciende?
El pensador francés André Malraux, quien, como muchos de su estirpe, resultó visionario y buen profeta, anticipó que “El siglo XXI”, el que vivimos, “será religioso o no será”. El hombre moderno vive en contradicción consigo mismo. Por un lado está saturado de tecnología al alcance de todos los bolsillos, en algunos campos; de información, mucha de ella chatarra o tendenciosa; de fatuidad, ídolos mediáticos, desechables, y de infinidad de cosas fútiles. Por otro, experimenta insatisfacción y vacíos cada vez más profundos.
Tal paradoja es fuente de conflictos y abatimiento. Es cuando la religión resurge como respuesta para que “el siglo XXI pueda ser o no lo sea”. Religión, entendida como “Conjunto de creencias o dogmas acerca de la divinidad, de sentimientos de veneración y temor hacia ella, de normas morales para la conducta individual y social y de prácticas rituales, principalmente la oración y el sacrificio para darle culto”.
Por todo ello, la iniciativa del gobernador Humberto Moreira, para reimplantar en México la pena capital, debe ser motivo no sólo de debate nacional crítico, sereno y respetuoso en las competencias políticas respectivas —del postulante y de la sociedad cuyo estado emocional la anima, pero que como tal es pasajero y de ahí el peligro—sino también, y sobre todo, de reflexión moral. Con el mismo rigor, el mandatario local se ha pronunciado contra el aborto y su gobierno brinda apoyo a mujeres gestantes para no interrumpir el embarazo, sin que nadie diga nada, porque lo bueno, por lo regular, no vende. Ahora que propone ajusticiar a secuestradores, parte del mundo se le echa encima. Porque siempre el amor, el perdón y el respeto por la vida pesarán más que cualquier afecto por la muerte. |