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2 de diciembre de 2008


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Ninguno de los cinco presidentes del PAN le siguió el ritmo a Rubén Moreira, artífice del “carro completo”

El PRI: Los motivos de la victoria

Jesús R. Cedillo


La fórmula podría repetirse a escala nacional: que cada gobernador imponga como jefe del PRI de su respectivo Estado a un familiar directo, a su hermano mayor, por ejemplo. En el país llama la atención el arrollador “carro completo” en las elecciones para diputados de Coahuila y las estrategias aplicadas. En este sucinto ensayo se enumeran los motivos y estratagemas de la victoria priísta


Rubén Moreira Valdés, líder del Partido Revolucionario Institucional ejerce un control férreo, duro, implacable; no deja hilo suelto y mucho menos hilo sin estirar periódicamente. Su ritmo de trabajo da miedo, escandaliza, es infernal; un día amanece en una reunión de trabajo en Ciudad Acuña, al mediodía come con correligionarios en Monclova y por la noche encabeza una reunión de amarres políticos en la Comarca Lagunera.
No descansa. De hecho acabaron las campañas y triunfaron en veinte de los veinte distritos electorales para elegir a los próximos diputados que conformarán el Congreso y Rubén sigue sin descansar. Es fácil escribirlo, es difícil hacerlo. Tan difícil es trabajar sin descansar, que en los últimos meses, el PAN sumó cinco líderes estatales y ninguno aguantó el paso de Rubén Moreira.
El PAN tuvo a Esther Quintana, Jesús Flores Morfín, Javier Cavazos, Mario Dávila y a últimas fechas, Reyes Flores Hurtado: ninguno de ellos trabajó tan duro como RMV. Incluso, el segundo aquí nombrado, el científico Flores Morfín, presumía que tenía “todo” controlado. Para ello disponía de una red “de correos por Internet”, alrededor de seiscientos dijo en su momento a Vanguardia. Su estrategia cibernética se antojaba ridícula, de llanto: hoy se confirma. Cinco líderes del PAN que nunca cuajaron. Uno sólo por el PRI, el cual los vapuleó en las urnas.
Rubén lo controla todo, incluso —los actores políticos lo señalaron una y otra vez— controlaba hasta a los consejeros electorales del IEPC. Lo mismo se señaló la parcialidad del abogado lagunero Jacinto Faya Viesca, presidente del IEPC y árbitro de las elecciones, que la preocupante cercanía del consejero y notario público, José Alberto Lara Escalante, el cual llevó, en pretérito cumpleaños de Rubén, una vianda de chicharrón al ágape del hombre más fuerte en el gobierno de Coahuila.
De aquí entonces que hay un solo general y muchos lugartenientes que tienen una única misión: cumplir las órdenes del líder del PRI. La victoria del tricolor está fundada entonces en varios puntos que merecen atención: el liderazgo rudo y férreo de Rubén Moreira, el control absoluto y totalitario de la burocracia estatal y el encargo a ésta de tareas específicas, el control de la base magisterial, la pasión que infundió en los miembros de su partido y el uso populista de los programas del gobierno que son recibidos con beneplácito por la ciudadanía por su proverbial condición de estar en la pobreza extrema. Y claro, al final pero no al último: el control de la prensa, que raya en la abyección.
Esto es en lo general, en lo particular se puede apuntar lo siguiente: no fue gratuito el acto que realizó RMV al inicio de su gestión al frente del PRI: cambió su lugar de residencia a Torreón y así poder arrebatar al PAN el control de la plaza: lo logró fácilmente. Un saltillense llegó y se adueñó del dulce de los niños de Torreón. ¿Y la supuesta rivalidad regional? Es letra muerta. Las jugadas, una tras otra, le han salido a la perfección y su audacia es cada vez mayor.
Así lo dijo RMV el 9 de junio de 2007, al tomar la dirigencia del PRI en sus manos: “El PRI va a ganar, ya no vamos por más, ahora vamos por todo... nadie se nos va atravesar... vamos por Torreón, vamos por Acuña, vamos por Ramos, vamos por Escobedo, vamos por Sacramento, vamos por San Pedro, vamos por todo, vamos a ganar.” Efectivamente, ganaron veinte de veinte, así de sencillo.
En Torreón, apenas tomaron la plaza los Moreira, empezó la creación de una “estructura paralela” del Gobierno del Estado, la cual tuvo más injerencia política y electoral que de verdadera atención a la ciudadanía. En 2006 la metrópoli lagunera se convirtió en la sede regional de Subsecretarías de Gobierno, Turismo, Fomento Agropecuario y Fomento Económico. Luego vendría la cereza del pastel: en marzo de 2007 se erigió la Secretaría de Desarrollo Social de la Laguna, la cual absorbería a las anteriores dependencias. La jugada vemos que funcionó a la perfección.
De aquí y no de otro lugar surgieron entonces las figuras que hoy recuperaron para al PRI las curules en disputa: Eduardo Olmos, Salomón Juan Marcos Issa, Salvador Hernández, Jaime Russek, Verónica Martínez. No todos ellos personajes de moral intachable, no todos ellos libres de escándalos ni ejemplos de lo que debe de ser un buen político, e incluso, varios con las derrotas que arrastraban en sus espaldas antes de ganar la elección para el Congreso local.
Ejemplos al azar: Salomón Juan Marcos Issa, ex secretario de Fomento Económico de HMV al inicio de su gobierno, intentó convertirse en senador en 2006: fue derrotado. Eduardo Olmos Castro, quien fungiera como secretario de Obras Públicas con HMV, venía de perder contiendas electorales para diputado y alcalde de Torreón; Salvador Hernández Vélez, identificado primero con el grupo político del que fuera secretario de Gobierno, Raúl Sifuentes Guerrero, no es un dechado de virtudes morales y políticas, pero ahora es un fiel militante del moreirismo y diputado electo...
¿Por qué antes no funcionaban estos candidatos y ahora sí? Por la mercadotecnia que ha usado RMV para “venderlos” y un clima que ha sembrado en la ciudadanía: candidatos supuestamente a favor de la clases sociales marginadas, identificados con los ciudadanos comunes y corrientes y alejados de las esferas sociales “pudientes”; es decir, el resucitar aquella anquilosada lucha de clases que se heredó del más rancio y atávico comunismo. La estrategia bizarra al final de cuentas les redituó en las urnas, nadie lo duda.
El perfeccionamiento de nuestra vida democrática está lejos de cristalizarse porque a los ciudadanos no les importa que gane Fausto Destenave o Eduardo Olmos en las elecciones, no; a los ciudadanos, a la masa ingente de palurdos e iletrados (“chundos”, les decía en sus homilías incendiarias mi admirado maestro, el padre Antonio Usabiaga) lo único que les interesa es su caguama fría a un lado para ver por la “telera” la derrota cantada del Santos Laguna o bien, a los patéticos Saraperos de Saltillo.
Lo he escrito antes: el alma democrática de los laguneros y de los saltillenses no late en sus instituciones ni en el Congreso, sino en las gradas del Estadio Corona y en el Parque Madero.
Y en medio de toda esta comedia de equívocos y triste charada “democrática”, hay una historia más que bizarra, extraña por decir lo menos, un drama político que resume fielmente en dónde estamos parados en Coahuila, lugar en que se hace la voluntad del grupo en el poder y jamás la voluntad de los ciudadanos. El azufroso Donato Fernando de las Fuentes Hernández, ganando su curul de diputado en el Distrito I, ha perdido mucho más.
Ganó un escaño, una nómina y dietas generosas, pero perdió lo poco que le quedaba de algo que tal vez jamás ha tenido: honor, honra, dignidad, vergüenza. La ecuación es sencilla y es una perla de un ensayo del master en Ciencias Políticas y Sociales por la Universidad Pompeu Fabra de Barcelona, España, Luis Carlos Plata: Donato renunció a gobernar el municipio de Saltillo, la capital de Coahuila, renunció a gobernar a 671 mil 880 habitantes, sólo para ganar y “representar” a 78 mil 903 electores (de los cuales apenas votaron por él poco más de 29 mil ciudadanos) del Distrito I. ¿Le resulta lógico lo anterior? ¿Por qué y para qué renunciar a la alcaldía de la capital del Estado en aras de representar a una pequeña porción de un distrito urbano que jamás volverá a pisar ni por equivocación? Porque lo presionaron, le ordenaron, lo desplazaron, lo hicieron a un lado... todas las hipótesis ahora son posibles y todas creíbles.
Y por último, ganaron los priístas por el triunfo del abstencionismo. Cuando los electores salen a votar, ganan los partidos de oposición, es decir, gana el PAN. Cuando la gente muestra su desencanto en las urnas, se lleva la victoria con su maquinaria bien aceitada el PRI, así de fácil.
En la triste realidad de los partidos políticos que se disputan los presupuestos oficiales en un país bananero como México, el abstencionismo es siempre el enemigo a vencer. Sobresale entonces el triunfo de la indiferencia de los ciudadanos.
Gobiernos de minorías, los políticos elegidos en las urnas representan no al cien por ciento de la población, la mayoría de las veces apenas a un treinta o cuarenta por ciento de los votantes en las urnas, de los cuales no todos votaron por ellos, claro está.
Datos para documentar el horror electoral: durante las tres últimas elecciones presidenciales en México (estadísticas del IFE y el diario El Financiero) el abstencionismo ha ido a la alza. En 1994 la participación ciudadana fue de 77 por ciento de la lista nominal; en 2000 bajó a 63.9 y en los comicios federales de 2006 apenas llegó al 58.5, no obstante que en teoría la sociedad ya estaba polarizada y el furor político recorría toda la República. Los números no mienten: el electorado mexicano no sale a votar.
Note el lector que en 2006 los electores estaban concentrados en tres bandos que al final se redujo a dos, es decir, la derecha encarnada en Felipe Calderón Hinojosa y la izquierda de Andrés Manuel López Obrador (Roberto Madrazo terminó observando desde la barrera las cifras electorales que nunca le favorecieron). Hipotéticamente, lo anterior motivaría al electorado a participar y emitir su voto por el candidato de su preferencia. Sin embargo, las elecciones de 2006 han sido las de menos participación en la historia reciente de México.
¿Por qué los ciudadanos no salen a votar? Por muchos motivos, varios de ellos: porque el descrédito de la clase política ya no causa irritación ni malestar, sólo apatía y desgano; porque las instituciones, como los partidos políticos, no representan a los ciudadanos, sino a sus propios intereses...
Vemos entonces que la población es más inteligente de lo que los panistas o priístas creen. ¿A qué le apuestan los panistas en cada elección? Al “voto de conciencia” de una ciudadanía apática y conformista que aún sigue diciendo: “con el PRI estamos bien, ¿para qué cambiar?”
Sin estrategia, plan electoral o imaginación política, el PAN (en Coahuila los panistas como Vicente Flores Morfín son promotores “virtuales” del voto cibernético) vio pasar sus mejores días y las derrotas que una y otra vez les han inflingido, hablan de que algo se pudrió muy rápido en un partido que abomina de la ciudadanía y sólo se dirige a ella en tiempos electorales. Y claro, esta vez no fue la excepción en las elecciones en Coahuila: apenas votó poco más del cuarenta por ciento de la lista de electores.
Queda por escribir un buen perfil biográfico y político de cada diputado electo del PRI, quedan por escribir y analizar las motivaciones personales e íntimas que animarán las iniciativas de ley que legislarán en “beneficio de la ciudadanía.”
Eso es tema de un próximo ensayo que ya estoy redactando. Por lo pronto, el PRI se llevó el famoso “carro completo.” Nada más qué agregar. E4

 
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