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18 de noviembre de 2008


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El escritor francés, muy a su placer, ya es considerado un “mexicano voluntario”

Yo vengo del Tercer Mundo

Lucía Sánchez

El premio Nobel de Literatura de este año se caracteriza por haber crecido como persona y como escritor en países subdesarrollados. Su labor literaria posee un marcado sentido y respeto por la humanidad. Crisis y racismo se cuestionan en su próxima entrega: Cantinela del hambre

 

La noticia acerca del último galardón del Premio Nobel de Literatura correspondiente a este año, resultó una sorpresa agradable para intelectuales, escritores y periodistas mexicanos, pues se reconoce así a una de las personalidades que más empeño ha puesto a favor del desarrollo académico y cultural de este país.
Jean-Marie Gustave Le Clézio vivió en México durante doce años. Aquí, en 1999, escribió su novela Pawana, donde narra el combate de las ballenas a través de la historia imaginaria de un barco, me indigno, como todo el mundo, con las injusticias y con la violencia, señala. En México fue maestro en el Instituto Francés de América Latina, lo cual le permitió conocer las más conocidas plumas nacionales. Tiempo atrás, había fundado al lado del historiador y autor francés Jean Meyer, un centro de estudios sobre el país azteca, en Persignan.
Su amplia trayectoria de escritor y vivencias personales no sólo abarca Latinoamérica. Vivió en lugares tan diversos como África, Francia y Tailandia, de esta última fue expulsado por denunciar en un artículo la prostitución infantil.
Su estilo nómada moderno justifica que siempre se haya considerado un autor multicultural, emergido del tercer mundo, ecologista, defensor de derechos humanos, de la justicia, lo que es visible en sus más nombrados títulos, como La fiebre, El Diluvio y el Libro de las huidas.

Mexicano por elección
Le Clézio llegó a México en 1967 para impartir clases de literatura en el Instituto Francés de América Latina (IFAL). Trabajo que aceptó en sustitución del servicio militar. Allí ordenó la biblioteca, leyó todo cuanto pudo acerca de su nuevo país de estancia, conoció a través de sus letras a Octavio Paz, Juan Rulfo, Fernando Benítez, Carlos Fuentes e inició una larga relación que lo compenetraría con esta tierra.
Por aquellos años, la escritora Guadalupe Loaeza recuerda cuando el autor galo se convirtió en un visitante frecuente de su casa. Ella tenía apenas diecinueve años y él era profesor de literatura de su madre, una señora de sesenta años que agasajaba al francés con las exquisiteces de su cocina, especialmente las tortillas, las salsas y el tequila, del que recuerda la escritora, siempre gustaba Le Clézio.
Lo tratamos mucho en esa época, fue la primera persona que me habló de Frida Kahlo como pintora. Nadie hablaba de Frida en 1967 (de ese interés surgió su libro Diego y Frida). A mi mamá le dedicó un libro que decía ‘para la mexicana más francesa de las francesas’, era un francés que se impregnó con la cultura mexicana, recuerda.
La relación del ahora Nobel con México alcanzó el terreno literario y académico. Aquí y sobre este lugar escribió el tomo dedicado a los pintores mexicanos más conocidos en el mundo, El sueño mexicano o el pensamiento interrumpido y La conquista divina de Michoacán. También realizó la traducción al francés de Las profecías de Chilam Balam, aunque la influencia mexicana también está en sus novelas Hai, Tres ciudades santas y Pawana.
En su primer viaje —que duraría dos años— aprovecha para conocer al pueblo huichol. Después se traslada a Panamá, donde pasa cuatro años entre los emberas. No obstante, Le Clézio retorna a México una y otra vez. En Jacona, muy cerca de Zamora, Michoacán, compra una casa donde pasa largas temporadas conociendo la cultura purépecha. El periodista michoacano Arturo Herrera Cornejo recuerda que el escritor estuvo en ese estado desde 1979, cuando Luis González y González lo invitó al Colegio de Michoacán en Zamora También rememora que vivió en Angahuan, al pie del Paricutín.
Guadalupe Loaeza lo recuerda así: sensible, profundo, hacía preguntas muy pertinentes. Era un hombre solitario y hermético, como su literatura, además era muy bondadoso, me recuerda mucho a (Julio) Cortázar, comprometido con las causas perdidas, los marginados, hablaba de la justicia.
Todas estas impresiones, actitudes, decisiones y compromisos se vieron reflejados en las declaraciones que vertió durante la rueda de prensa ofrecida luego de que se anunciara su designación el nueve de octubre. Ante micrófonos de todo el mundo, afirmó que aún mantiene un recuerdo vívido del encuentro con los pueblos indígenas de México, con quienes convivió durante casi doce años.
Esa experiencia cambió mi vida, mis ideas sobre el mundo del arte, mi manera de ser con los otros, de andar, de comer, de dormir, de amar y hasta de soñar, dijo desde Francia, en la sede de su casa editorial Gallimard.
Luego de la noticia de su reconocimiento, Adolfo Castañón, escritor miembro de la Academia Mexicana de la Lengua, describió al Nobel en términos de un mexicano voluntario. Sostuvo que los escritos de Le Clézio sobre el país han contribuido al enriquecimiento de la idea de México, resaltando la obra Un sueño interrumpido, que aborda el supuesto de cómo las culturas que surgieron en esta región antes de la llegada de los españoles hubieran podido desarrollarse. También mencionó el rescate de los textos La relación de Michoacán, que Le Clézio tradujo al francés, uno de los testimonios más importantes sobre el pasado prehispánico de esa región producido por los indígenas purépecha.
Una de las obras preferidas de Le Clézio es Pawana, larga historia que narra un pequeño combate ecológico que dirigí contra la construcción de una planta de explotación de sal en México, asegura el literato.
Le Clézio precisa que con la escritura de Pawana, —significa “ballena” en nattick (antigua lengua india de Norteamérica)— y con el apoyo de otros artistas comprometidos, como el poeta mexicano Homero Aridjis, logró impedir que se construyera una salina que privaba a las ballenas grises de un espacio privilegiado para la reproducción. Homero Aridjis también merece el Nobel, indica Le Clézio, quien considera que lo relatado en Pawana es una historia de nuestro planeta.
Ecologista y comprometido, el Nobel de Literatura asegura que se indigna como todo el mundo con las injusticias y la violencia.

África de sus recuerdos
En 2007, cuando ni siquiera consideraba que al año siguiente obtendría el premio Nobel de Literatura, el escritor conversó con el periodista Héctor Pavón, en Buenos Aires, Argentina. En esta entrevista, publicada en el blogspot “Recuerdos del Presente”, el autor abunda acerca del legado de su padre y la herencia de su madre, lo cual es visible en sus más de treinta volúmenes escritos. Uno de ellos es El Africano, especie de retorno al continente donde trabajó su padre veinte años; otro es Urania, una novela que cuenta el viaje de un geógrafo francés a un México ilusorio. Siempre es posible la comunicación, sostiene quien es considerado el mejor escritor francés viviente.

En sus relatos suele haber problemáticas y reflexiones familiares, ¿se puede interpretar el pasado personal con la literatura?
Al principio escribía como si no tuviera familia. Esta podían ser los libros o la gente que encontraba en la calle. Después quise agrandarla. Escribir es una forma de agrandar mi familia. Necesitaba más amor, salir de la soledad.

¿Con El africano intentó comprender a ese padre alejado?
Si. Lo había comenzado con Onitsha. Es la misma historia pero aquella es una novela y esta segunda, una biografía. En la primera, hay un padre sin dimensión humana, un comerciante de una ciudad africana. La segunda surgió cuando una editorial me pidió una autobiografía y les dije que tenía la de mi padre.

Kafka, Kureishi, Auster, recuperaron a sus padres. ¿Usted también lo hizo en El Africano?
Probablemente sea una cuestión de edad. Me encontré con Borges en 1980 y conversamos sobre esto. Hablaba mucho de su padre que lo había formado. En los ochenta estaba ciego, solo y necesitaba hablar de ello. Me asombró que quisiera hablar de su padre, de su familia británica. Teníamos algo en común.

Su libro describe África como un continente con vida propia que modifica a todo aquel que pasa por allí. ¿Es así?
Llegué a los ocho años y encontré por primera vez a mi papá. Después de la guerra, en Francia no había recursos, nada para comer: no había dulces ni frutas. Y en África, de golpe, encontraba un clima, tierra, prosperidad. Francia era pobre y África, rica. Hoy es al revés, pero entonces, llegando de un país en guerra, se tenía la impresión de que el continente completo era libre y había comida. Es paradójico.

¿Cuando su padre volvió con su familia a Francia, seguía siendo un extranjero?
Si, y era un padre muy duro, autoritario. Se había formado en la escuela militar inglesa con mucha disciplina. No fue muy agradable con sus hijos. Pero después de mucho tiempo entendí que era un hombre generoso, lleno de calidades humanas, pero sin identidad.

Usted dice que sus padres fueron felices en su juventud. ¿Siempre lo vio así? ¿No magnificó sus recuerdos?
Ella estaba enamorada definitivamente. Era muy guapa, hija de la buena sociedad de París y se casó con un primo hermano que no tenía dinero, un pequeño oficial del Ejército inglés en Guyana. Una mujer tiene que estar muy enamorada para hacer esto. Ir al África y vivir con él: sin luz, agua corriente, vivían en chozas, andaban a caballo. Eso era amor.

Cuestionando a la humanidad
Luego de recibir la noticia de su reconocimiento, Le Clézio compartió con los medios de comunicación que tiene claro el mensaje que como escritor quiere transmitir en un tiempo convulso: hay que seguir leyendo novelas porque es un buen medio de interrogar al mundo actual sin tener respuestas que sean demasiado esquemáticas.
Además, cree que en su trayectoria literaria ha aprendido a "hacer cosas" porque escribir no es sólo estar en la mesa y dedicarse a uno mismo, es también escuchar el ruido del mundo.
Sin llegar a trazar un paralelismo entre lo que narra en su último libro, aún sin publicar, Ritournelle de la faim (Cantinela del hambre), y lo que ocurre hoy a escala global, admite que habla de los efectos de la crisis económica, de cierto racismo y de una tendencia excesiva a insistir sobre los peligros que pueden presentar los extranjeros.
Dice no incluirse a sí mismo en corriente literaria alguna, aunque la Academia sueca lo ha definido como el escritor de la ruptura, de la aventura poética y de la sensibilidad extasiada, investigador de una humanidad fuera y debajo de la civilización reinante.

 
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