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Mientras en el Reino Unido un guardaespaldas gana miles de euros al mes, en México apenas superan los tres mil pesos
Guaruras.
La realidad fuera
del celuloide |
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La necesidad de empleo en México obliga a los escoltas de seguridad a ser utilizados como chóferes, traductores, asistentes, secretarios o simples niñeras. Ex policías y militares figuran entre los más socorridos
A la memoria de
nuestro Rubén,
de apenas 28 años caminados.
Estupendo alumno,
un caballero de fiar

Hollywood. Guardaespaldas de cartón
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De dónde viene la palabra “guarura”? ¿Qué requisitos debe cumplir quien desea ser contratado como tal? ¿Qué más ronda en la vida diaria de los encargados de custodiar lo ajeno? Esta triada de cuestionamientos puede conducir a pensar en esos otros gajes de un oficio que, pese a su franca expansión, quizá no ha despertado la suficiente curiosidad. Para ir más allá de la mera imagen hollywoodense del hombre o mujer con chaleco caqui, lentes oscuros y armas a la cadera, las siguientes muestras textuales —serias todas, mas no exentas de cierto humor involuntario— pueden ilustrar un poco.
Fue en la Sierra de Chihuahua y Durango donde nació el vocablo “guarura”, según la explicación ofrecida por el doctor chihua-huense Fructuoso Irigoyen Rascón al filólogo Arrigo Coen Anitúa: “El supuesto origen de la entrada de la voz guarura al español hablado en México es anecdótico y yo aquí lo asiento tal cual me lo contaron, ya como versión de tercer oído que no de segunda mano; pero el caso es verosímil y, por mi parte, lo supongo certísimo, dada la improbabilidad de que el gracioso vocablo haya llegado al habla nuestra de manera diferente. Parece que en tiempos de la administración del licenciado Díaz Ordaz, aunque hay quien remonta el hecho a los de la de López Mateos, hubo de hacer el presidente una visita a las comunidades tarahumaras (…) El régimen social de la etnia tarahumara es nuclearmente familiar, y sus comunidades tienen representación en una especie de senado, un consejo de ancianos, entre los que se escoge a un ‘gobernador’. Por su dignidad, a estos senadores se los llama ‘grandes’. ‘Grande’ en tarahumara se dice wa’rú, y al ‘gobernador’, el ‘mayor’ o ‘más grande’ entre ellos, se lo designa wa’rura o wa’rubera. (…) Se dice comúnmente en tarahumara: wa’rura presidente, ‘el gran presidente’; wa’rura siríame, ‘el gobernador mayor’; wa’rura kapitano, ‘el capitán mayor’, o wa’rura tatabispa, ‘el gran señor obispo’, lo que implica que hay otras personas que ostentan el mismo título, por ejemplo un presidente municipal, un siríame segundo, etcétera. Por otra parte, el calificativo wa’rura se emplea preferentemente para denotar la grandeza, o altura moral más que física. La ge inicial con que se suele transcribir la palabra —en realidad un ua diptongado— representa más o menos lo mismo que la de escribir huevo con ge y diéresis (güevo), pero es aceptable porque recuerda el sonido original. El apóstrofo colocado después de la primera sílaba indica un saltillo, esto es, una interrupción equivalente al tiempo de emisión de una letra. El -ra final es una partícula que se añade a wa’rú para dar al adjetivo el carácter superlativo, ‘el más’. Pues bien —y va de anécdota, que no de cuento—: cuando el presidente llegó al poblado de los tarahumaras, el grupo de “gobernadores” de éstos se adelantó a presentarle sus respetos, y el siríame mayor le dijo algo así como: ‘Sed bienvenidos, tú y los demás wa’ruras que te acompañan’. Lo que no sabía el wa’rura siríame es que al mandatario nacional, en ese momento, lo acompañaban, no los miembros de su comitiva, sino los de su escolta personal, o sea, en términos llanos, sus guardaespaldas. A raíz de este suceso —se comenta—, primero entre quienes pudieron enterarse por los testigos presenciales, y, después, entre el vulgo, corrió la voz con buena fortuna, por lo que se difundió el término guarura —escrito así, con g y u— como sinónimo de guardaespaldas y, por extensión, de matón perdonavidas” (¡Aguas con los guaruras!. Para saber lo que se dice. Editorial Domes, 1986).
La segunda pregunta, la que tiene que ver con el perfil de estos personajes, no es de sencilla respuesta. Debe aclararse que, a pesar de la generalización intrínseca en el término, son muy variadas las clases y perfiles de quienes ejercen dicho oficio. Esto puede ser comprobado con una breve y sencilla visita a uno de esos sitios de Internet que ofrece empleos de la más variada índole. A través de la lectura de tales requisiciones es posible darse cuenta que de “guarura” no necesariamente son sinónimos las palabras “custodio”, “chofer custodio”, “chofer ejecutivo”, “chofer escolta” o “escolta” a secas.
El alejamiento o vecindad de las variantes de “guarura” con la anterior definición de “grandeza o altura moral más que física” del wa’rura tarahumara, se vuelve objeto de discusión luego de leer los cinco siguientes anuncios, ya que todos incorporan, a su manera, datos de la situación que guardan la seguridad en México y las instituciones oficiales dedicadas a salvaguardarla, así como la educación y economía dominantes. Comienza la muestra representativa (ortografía modificada):
Anuncio uno: “Empresa internacional solicita custodio para atención a las visitas, esto es, recibirlas, pedirles que se registren, llamar a la persona a la que están buscando para que los reciba. Servicios especiales a ejecutivos (escolta, chofer) conocimiento de primeros auxilios, atención y seguimiento a los archivos. Servicio ante emergencias, terremotos, incendios, disturbios públicos, etcétera). Checar que las instalaciones sean seguras para el trabajo diario. Hacer rondines. Revisión de vehículos. Escrutinio de personas y visitantes. Características del candidato: Bachillerato y muy buen inglés”.
Anuncio dos: “Solicito chofer custodio, resguardo de mercancía en tránsito (no es de valores) requerimos que no sean ex policías o ex militares, que cuenten con documentos completos y originales, disponibilidad de viajar y de tiempo (ya que viajan a cualquier hora). Sueldo desde tres mil quinientos hasta siete mil mensuales, prestaciones de ley, bonos de productividad”.
Anuncio tres: “Se requiere de un chofer ejecutivo con tres a cuatro años de experiencia como mínimo transportando ejecutivos o en puesto similar (indispensable). Experiencia comprobable. De preferencia que haya sido militar, pertenecido a la marina, guardias presidenciales, etcétera. No se busca con el perfil de escolta o con manejo de armas. Se busca disciplina, puntualidad, dedicación y capacidad de trabajo bajo presión. Buena habilidad de manejo. Muy buena presentación. Estatura mínima 1.70, peso normal, usar ropa formal. Edad: veinticinco, treinta y cinco años (únicamente candidatos dentro de ese rango de edad). El sueldo es negociable, se otorgan prestaciones superiores a la ley”.
Anuncios cuatro y cinco: “Importante empresa líder solicita chofer escolta. Requisitos: Edad, veintisiete, treinta y seis años, con conocimientos en conducción de autos blindados y disponibilidad de horario. Que cuente con cursos de manejo ofensivo, defensivo y cartas de recomendación. Responsable y tranquilo. Es necesario que haya tenido experiencia en el resguardo de familiares de altos ejecutivos (esposa e hijos, niños y adolescentes). Se ofrece sueldo base de nueve mil más vales y seguro de vida”.
“Seguridad privada te invita a que formes parte de su equipo de trabajo. Solicitamos chofer escolta. Edad: veinticinco a treinta y cinco años (únicamente). Escolaridad: preparatoria terminada. Estatura: 1.70, minicomplexión. Experiencia: media, en un puesto similar, que sepa manejar protección a funcionarios; manejo ofensivo y defensivo (de preferencia ex militar con baja). Disponibilidad total de horario y para viajar. Importante: No gente que haya trabajado en la PGR, AFI o similares”.
Una de las múltiples respuestas a la tercera y última pregunta, la que toca el tema de la cotidianidad de un “guarura”, bien puede dejarse en manos de Rodrigo Moreno. Hace un par de años, en Berlín, cayó en las manos de este director bonaerense el Premio Alfred Bauer gracias a su cortometraje “El custodio” (2006, ctrl. Films, Argentina, Uruguay, Alemania y Francia). El protagonista de la historia es Rubén, un hombre de alrededor de los cincuenta años, contratado para prestar el servicio de seguridad personal de un ministro. La cámara de Moreno prácticamente “custodia al custodio” y es aquí donde se ubica uno de los más interesantes valores de la película. Sin efectos especiales ni narraciones complicadas, es transmitida una profundísima —e inolvidable— sensación de soledad, tristeza, minusvaloración e impotencia por medio de las eternas y sepulcrales esperas de pie, afuera de las salas de juntas, habitaciones de hoteles o del cuarto contiguo a la cocina de la casa del ministro.
Rubén vive de manera modesta, solo, en un departamento mínimo. Visita en el hospital psiquiátrico a su hermana, una mujer mayor, mentalmente inestable, parlanchina, y emplea para la limpieza de su espacio a su sobrina, una joven con obvias perturbaciones emocionales. Rubén es un hombre parco. Demasiado callado. Parece harto de intercambiar palabras con los demás. Se nota cómo soporta a su familia y la manera en que ésta mella su vida. El rostro del custodio parece impávido, pero, al transcurrir la historia, se puede deducir que se trata de una melancolía inamovible. De años. El mismo Moreno comenta que “la película habla de la dependencia tomando como paradigma a alguien que tiene que vivir a través de la vida de otro: un custodio, aún cuando la persona que debe vigilar es un ignoto ministro. Entre ambos se produce una dependencia tan fuerte que envuelven una relación de violencia contenida”.
A pesar de que “El custodio” retrata la dura situación vivida por Rubén en Argentina, el relato da pie para cuestionar de inmediato el tipo de cotidianidad de un “custodio” mexicano que, para conseguir la chamba, debe lo mismo transformarse en chofer que en escolta, hablar inglés, hacer rondines, atender a la clientela y responder con eficacia ante terremotos o mítines de poca monta. También el diario vivir del “chofer escolta” que más le vale ser experto en “manejo ofensivo” o el del “chofer custodio” quien debe estar disponible las veinticuatro horas para lo que su cliente determine por tres mil quinientos mensuales, prestaciones y “bonos de productividad”. O por el típico “guarura” del alto ejecutivo “yuppi”, su emperifollada esposa y los pequeños hijos tiranos que lo ven y tratan como un objeto más de Toys ’R Us. Esta historia asimismo puede presentar la situación contraria, es decir, la del custodiado siempre incómodo y escéptico por vivir en la mira de su guardaespaldas, un personaje de marras, quizá un expulsado de la milicia o desertor de la policía, y que por ello, la persona a salvaguardar, lejos de sentirse en paz, bien podría considerarse en completa indefensión. Pero ésa, como dicen, es otra historia.
La de ahora buscó, primero, volver la mirada analítica al ahora peyorativamente denominado “guarro”, a su peculiar imagen de autoridad en cualquiera de sus vertientes y a la manera en que el trabajo de “guarura” se inserta en un país que traduce sus poquísimas oportunidades de progreso en un ambiente de inseguridad cada vez más amenazante. E4 
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