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Visión de Estado Mientras el país no se reconcilie consigo mismo será imposible alcanzar “una patria ordenada y generosa y una vida mejor y más digna para todos”, aspiraciones del Partido Acción Nacional. El debate y la crítica son inherentes a la democracia. Lo que asusta es que la lucha por el poder se haya vuelto encarnizada. Mucho daño le ha causado a México el fanatismo de López Obrador, quien reclama para sí un poder que las urnas no le concedieron, pero que se ha propuesto “ejercer” a fuerza de movilizaciones, engaños y chantajes.
Próxima a iniciar su tercer año, la administración del presidente Calderón ha logrado reformas trascendentes como la del ISSSTE; y de mediano alcance en materia hacendaria y energética. La educativa permanece en el limbo y la judicial está en proceso. En otro frente, la lucha contra el crimen organizado cuesta vidas, energías y recursos, pero era inaplazable llevarla a esos extremos ante el riesgo de perder el país, dicho sin giros hiperbólicos.
Este esfuerzo monumental, que el presidente arrostra con valor y la mejor intención, cuando más cómodo e irresponsable resultaría andarse por las márgenes, no luce porque la mala política desvirtúa todo empeño, todo logro, por grande que sea uno y otro. Hay tiempo para gobernar y tiempo para hacer campañas. En el primero, se supone, el Estado debe construir y emprender cambios para generar progreso y bienestar; el segundo es para proponer y someter a juicio a los gobiernos de turno. Acaba de pasar en los EEUU.
Sin embargo, el orden se ha trastocado. Abominar de las instituciones ha empezado ya a cobrar factura; muy onerosa, por cierto. Las oposiciones, sobre todo la perredista, se han cebado con la institución presidencial, de la que acaso recogerán sólo ruinas cuando lleguen al poder. ¿O es porque López Obrador y su partido sienten que tal posibilidad fue cancelada que actúan como lo hacen y ven el caos como única vía de acceso a Palacio Nacional? Pero cuidado, pues pueden ser devorados por sus propias llamas.
Carlos Salinas decía en su sexenio que “si al presidente le iba bien, al país también”. Calderón ve las cosas de otra manera, como corresponde a un hombre de Estado. Para que al presidente le vaya bien, le debe ir mejor a México. El autoritarismo resulta siempre peor remedio que la enfermedad, pero nos hicieron creer que la mano dura era la mejor forma de gobernar a un pueblo como el nuestro, en minoría de edad perpetua, y en esa falacia crecimos. Tanto, que muchos la extrañan. México, a pesar de todo, tiene un buen presidente. El tiempo le hará justicia. |