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A un año de la muerte del gran artista, su hijo devela algunos secretos
MARCEL MARCEAU:
EL HOMBRE DETRÁS DEL MIMO
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Marconi Cedillo de laBorbolla |
DHoy quisiera que estuviera mi padre a mi lado para decirle
que lo quiero mucho, que recuerdo lo que fue para el mundo
y sobre todo ese año que pase a su lado cuidándolo.
En ese tiempo conocí a fondo los sentimientos del hombre
que pasó su vida haciendo reír a la gente, mientras lloraba por dentro: Baptiste Marceau Charles
Un sombrero de copa maltrecho, un pequeño detalle verde en la ala del mismo, una flor de un rojo pálido y maquillaje de color blanco y negro, era el telón artístico que escondía a Marcel Marceau, el hombre que le daba vida a “BIP”, el mimo.
Marceau nació el 22 de marzo de 1923 en Estrasburgo, Francia, y siendo todavía un niño se interesó en el arte inspirado por artistas del cine mudo como Charlie Chaplin, Buster Keaton y Harry Langdon.
En 1947 crea su famoso personaje, “BIP”, con una cara blanca, ropa de payaso de anchos pantalones, una camisa marinera y una chistera vieja y deformada.
La sencillez del personaje y sus atuendos lograron colocarse de inmediato en el gusto de la gente, las muecas y movimientos corporales, gritaban al público las palabras que de su boca no provenían.
Baptiste Marceau Charles, hijo del gran mimo, nos adentra en esta entrevista a la vida desconocida del “Hombre detrás del mimo”, sus secretos y vivencias, su forma de ser fuera de los escenarios y sus últimos días en su natal Francia.
La infancia de Baptiste estuvo rodeada de viajes alrededor del globo, aprendiendo de la mano de su padre idiomas y disfrutando de las maravillas que cada país ofrecía a los turistas. Vida muy alejada a la que acostumbraba su progenitor, quien de día vivía en los escenarios y en la noche regresaba a sus lujosos aposentos alquilados.
Ser hijo de un personaje universal, conocido en el rincón más oculto del planeta, era una tarea difícil, comento Baptiste, quien no competía por la atención con sus hermanos pues tenía que alternar con los funcionarios, empresas teatrales, y seguidores, por un disfrutar de un minuto al lado de su padre.
El haber nacido en el mundo del teatro le facilitó a Baptiste comprender la lejanía de sus progenitores con él, así mismo ayudó a soñar e imaginar que en un futuro el viajar podría convertirse también en su modo de vida, aunque en estos sueños la arqueología era su meta.
También había un objetivo muy claro, el teatro no formaba parte de su futuro, aquello era igual a competir con el más grande. “¿Cómo enfrentar al monstruo sagrado de la pantomima? y aunque también la aprendí, nunca tuve el sueño de pararme en un escenario”, afirma Baptiste.
Él se encontraba rodeado de amor y comprensión, de caricias y trabajo al lado de su abuela, viviendo en una granja y comiendo de las gallinas, borregos y vacas con las que convivían a diario, mientras su padre trabajaba en algún lugar del mundo dando espectáculos y arrancando carcajadas del público.
A pesar de ser un mago del templete, existían temores que martirizaban a Marcel Marceau, la muerte y perder la memoria eran sus principales Némesis. No concebía la vida sin recordar su pasado, cómo poder salir ante un público y brindarles un espectáculo mudo.
En los últimos días de su carrera, cuando las líneas del rostro marcaban la edad claramente y los hilos de plata dejaban ver el paso del tiempo, “BIP” empezó a desaparecer de la mirada de los espectadores. La escuela de actuación y pantomima, creada por el propio actor, en Francia, cerró por orden del gobierno, debido a que en el permiso señalaba que las clases eran impartidas por Marcel Marceau y la enfermedad, aunada a la edad, le impedía cumplir con su obligación.
La vida del mimo fue difícil, mantener el nivel al que estaba acostumbrado no era cosa sencilla. Los lujos, las grandes fiestas y los amigos se convertían en cuentas y hasta en deudas, lo que provocaba que Baptiste y Marcel Marceau estuvieran en constante conflicto. El pensamiento de uno era mantener una vida tranquila sin comprar amistades ni felicidad, simplificar la existencia, trabajar tranquilamente y tener lo necesario. Eso es lo que aprendió Baptiste en su juventud viviendo con su abuela en aquella granja, con trabajo modesto y vida pacífica, rodeado de los campos de uva, generadores de los vinos más famosos del mundo, calidad que solo se puede dar en esa parte del mundo.
Existe un capítulo en la historia de Marcel Marcea que pocas personas conocen y que pudo haberle dado un mayor impulso a la caracterización de su personaje. Su padre, judío y de oficio carnicero, fue capturado por la Gestapo durante la ocupación nazi de Francia y ejecutado en Auschwitz, durante la segunda guerra mundial, con tan sólo cuarenta y cuatro años de edad. Dejaba pues a un niño que, con el paso del tiempo y el silencio exigido por el ejército alemán, le darían la fama del mimo más grande de la época.
La independencia que presentaba “BIP” en cada una de sus actuaciones eran los gritos de necesidad de su creador, esa libertad era un sueño inalcanzable para Marcel. Ser un personaje público lo orilló a depender de los demás al punto, según comenta su hijo, de no saber ni hacerse un té. El problema serio era cuando toda esa gente no lo acompañaba, ¿cómo se valía? Es ahí donde empezó su problema de estabilidad económica y personal.
En el mundo del espectáculo las amistades pululan, los buenos amigos que nunca te dejaran y siempre estarán contigo surgen de los lugares menos pensados, asintió Baptiste. Marcel Marceau contaba con un número inimaginable de amigos y amigas con quienes celebraba y compartía sus momentos felices, entre fiestas y comidas, pero algo de ese universo lo hacia desconfiar. Siempre alguien pretendía aprovecharse de la situación. La bondad del mimo se hacia presente en cada momento, al punto de dejar una frase muy marcada en su hijo, “Baptiste, si quieres guardar los amigos no prestas, regalas”. Esa máxima lograba que comenzaran las peleas y descontentos familiares y que las amistades continuaran a su lado mientras el dinero fluía.
Tanto era el abuso de la gente que cuando salía a comer, de fiesta o para comprar algunas cosas, muchos se aprovechaban cobrándole, en ocasiones, hasta cuatro veces el valor del producto. El mundo del espectáculo era todo lo que importaba. No había nada más. El dinero era solo materia, no tenía importancia, “ahora me doy cuenta de muchas cosas que en ese tiempo no percibía”, asintió Baptiste, él sabía lo que pasaba, pero no le interesaba hacer nada al respecto, estaba entregado al teatro al cien por ciento.
En cierto viaje un sentimiento desconocido abordó a Baptiste, que le ordenaba acompañar a su padre en la siguiente gira. Por más que le dio vueltas a esa sensación, no supo qué lo motivaba a seguir con ese pensamiento. El trayecto comenzó en el norte de Europa, Rusia. Unos minutos antes de comenzar la primera función, atrás del telón, después de la tercera llamada y cuando la luz se hacía más tenue y un reflector marcaba el inicio del espectáculo, “BIP” se desvaneció en los brazos del hijo de su creador. Una úlcera casi impide la puesta en escena. Minutos después, tras un breve momento de recuperación, la función continuó hasta escuchar los aplausos del público presente. Al final de esta, cancelaron las demás presentaciones y regresaron a Francia para un merecido descanso y exámenes médicos.
Estar en su tierra natal era una carga para el mimo. En su casa le esperaba una fuerte carga de problemas, una diferencia muy marcada entre el escenario donde era amado y su vida como mortal donde las deudas, los problemas personales con sus ex parejas, la oficina y tratar de mantener en pie una escuela en franca decadencia, generaba demasiada presión para un hombre muy endeble ante los problemas.
El domingo 23 de septiembre del 2007, a muy temprana hora, Baptiste Marceau Charles recibió una llamada de su hermana donde le informa el deceso de su padre.
Miles de kilómetros y horas de camino lo separaban de Baptiste. Esos últimos momentos de vida del gran mimo tuvo que vivirlos lejos de su hijo a pesar que siempre decía “esperaré a que llegue Baptiste”. El encuentro no se pudo dar. En sus últimas palabras el gran Marcel Marceau, con más de cincuenta años de trayectoria, y ochenta y cuatro de edad, terminaba sus días escondido detrás del mimo, diciendo, “hay que seguir el viaje”.
Toda su vida se mantuvo regalando poesía lírica en los escenarios más importantes del mundo, arrancando sonrisas y lágrimas. Haciendo felices a chicos y grandes, olvidando esos días en los campos de concentración de los nazis, donde quedó huérfano. Hoy se encuentra en otro lugar, volando en otros planos. Quizás prepara el escenario para cuando cada uno de sus amigos y familiares lo acompañen en la función más importante del gran Marcel Marceau. 
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