El Fantasma del Barrio |
José Luis Castillo Romero |

Pepe Luis al sentir la luz blanca creyó que se encontraba en el quirófano.
Su hermano Eduardo estudió la primaria en la escuela Centenario, compañero de Alfonso, el cerrajero apodado “el llavero”, por su cuerpo delgado y pequeño de apariencia tuberculosa y caminar inclinado, como si cargara una gran joroba, la cabeza despeinada y sus pelos de alambre mostraban remolinos en diferentes partes de la cabeza, la gente pensaba que así como se había dormido el día anterior, así se había levantado al siguiente día; con la misma ropa, incluso hasta pensaban que ni siquiera se quitaba los polvorientos tenis para no tener que soportar él mismo sus agrios olores surgidos, por la falta de aseo desde cuatro días atrás. Cuando algún cliente necesitaba de sus servicios le llamaban a la tintorería; donde trabajaba Eduardo. Con el maletín bajo la axila, “el llavero” dirigía su lento andar pensando no cansarse mucho y regresar pronto para seguir sin hacer nada.
Eduardo, personaje también muy conocido casi por todo Saltillo, visitaba los domicilios tocando puertas para llevar a lavar la ropa de los clientes, lo acompañaba un joven al que llamaban Pepe Luis y se creía el terror de las muchachas. En la camioneta de la tintorería, recorrían las calles visitando las casas que les llamaban para solicitar el servicio de limpieza de la ropa. Ahí Pepe Luis coqueteaba con las sirvientas haciéndoles proposiciones de todo tipo, ellas las aceptaban gustosas y por las tardes Pepe Luis, se ausentaba para atender a alguna con la que había quedado de verse. Era tremendo Pepe Luis, cuando andaban en la camioneta entregando ropa, sus bromas eran muy pesadas. Eduardo era quien manejaba y le preguntaba a Pepe Luis al llegar a alguna esquina que si no venían carros, Pepe Luis le respondía que no, esto era totalmente falso porque siempre venían camiones o carros a toda velocidad, y Eduardo tenía que hacer un gran esfuerzo para no chocar, ni llevarse algún cristiano de encuentro. Muchas veces lo corrió porque no soportaba esas bromas, pero como Eduardo era de buen corazón, al siguiente día pasaba por Pepe Luis para empezar otro día de trabajo como si no hubiera pasado nada.
Al terminar sus estudios nocturnos de preparatoria, Pepe Luis quiso estudiar por la mañana. Empezó en una escuela donde en su grupo sólo eran tres hombres y veinte mujeres, eso quitó la intención que Pepe Luis tenía desde el principio: “ahora sí voy a estudiar.” No pudo nunca concentrarse en clase. Cuando no era una, era otra, pero siempre las muchachas lo estaban distrayendo. Tenía una gran debilidad por las mujeres bonitas hacia las que refería “es por lo único que vivo.” Su desgracia fue que las quería a todas para él. Una se enteraba que andaba con otra, otra sabía que venía de con aquella, hasta que conoció a Paulina; mujer bajita, apiñonada, de pelo negro al igual que sus coquetos ojos, su boca parecía un botón de rosa empezando a abrir. Ahí Pepe Luis perdió pisada en la realidad y resbaló en la fantasía de esa mujer a la cual no pudo quitar de su mente. Libró una y mil batallas todos los días para poder acercársele, ya que ni siquiera se fijaba en él. Aprovechó una fiesta de aniversario en Campo Redondo de la Universidad. Era una tarde soleada, la música sonaba con el ritmo de la cumbia; sus preferidas. No esperó más y fue a invitarla a bailar. Paulina lo miró extrañada como diciendo: “y este, ¿qué se habrá creído?”. Lo rechazó, Pepe Luis esperó una segunda oportunidad, era muy terco, tal vez eso lo hizo llegar hacia donde menos esperaba. Cuando escuchó la canción Dos tardes de mi vida de Rigo Tovar Pepe Luis insistió:
Hoy recuerdo también, aquella tarde en que a tu vida llegué
— ¿Ahora sí bailamos Paulina? —ella aceptó.
Se dirigieron hacia el centro del baile, le preguntó al momento en que se movían bailando:
— ¿Quién te dijo mi nombre?
cuantas promesas de amor y hoy resulta que impuesta estabas a mentir
— Mi angelito de la guarda. Él me aconseja siempre lo que tengo qué hacer.
— Ah, sí, pues pregúntale ¿qué estoy pensando ahorita?, —dijo Paulina creyendo que eso seguramente Pepe Luis le diría a todas.
Y ahora que lo se, una racha de temores atormentan mi ser
— Estás pensando que sólo quiero jugar contigo.
pero una tarde me iré, como aquella, en que a tu vida llegué
Esa respuesta sorprendió a Paulina. Sonrió descubriendo su inocencia. Pepe Luis sólo miró sus ojos negros viéndose perdido en un vacío infinito donde caía en los brazos de Paulina. Después de bailar fueron a tomar un refresco, continuaron platicando largo rato, se cayeron bien, Pepe Luis avanzó sobre terreno firme olvidándose de todo. Ahora sabía dónde vivía Paulina, que hacía cuando no estaba en la Universidad, a que horas cenaba, que hacía los sábados y domingos. Sábados y domingos que a Pepe Luis se le hacían largos y aburridos porque no podía ver a Paulina, como entre semana lo hacía en la Universidad. Un sábado no pudo más y fue a tocar a su puerta. Le abrió un muchacho altote y fornido vestido de vaquero, con botas picudas y mirada maldita.
— ¿Qué se le ofrece amigo?
Pepe Luis jamás imaginó ver a alguien así. Tartamudeante le preguntó:
— ¿Aaaaquí viiive Paaaulina?
— Sí, es mi hermana ¿pa’ qué la quiere?
— Veeeengo a peeedirle la tarea, es que el viernes nnnoo fui a la Universidad.
— El vaquero mirándolo dudoso le dijo:
— Aquí pérese.
En un par de minutos salió Paulina sacudiendo la espuma del jabón en sus manos, pues se encontraba lavando.
— Hola. ¿Qué andas haciendo?
— Vine a buscarte Paulina, no puedo dejar de pensar en ti.
Paulina riéndose con la mano en la boca le dijo:
— Eres un loco Luis.
— A lo mejor, pero ya no me importa nada, vine por ti, quiero llevarte conmigo, a eso he venido Paulina y no me voy a mover de aquí hasta que te vayas conmigo.
— Cállate Luis, ¿qué cosas dices?, te va a escuchar mi hermano.
— ¡Que me escuche, que sepa que te quiero!
Sin más ni más se abrió la puerta y el toro salió enojado. Tomó a Pepe Luis del cuello y lo aventó en medio de la calle sin fijarse que venía una camioneta, la espalda de Pepe Luis se estrelló en el parabrisas y cayó, enseguida la rueda delantera pasó por su pecho. De la camioneta bajó Eduardo que venía acompañado del “llavero”, lo levantaron y lo llevaron a la Cruz Roja.
Pepe Luis al sentir la luz blanca creyó que se encontraba en el quirófano. Así se fue; enamorado de un fantasma.
Amor, me voy de ti por falta de comprensión
me alejo y a través de mi largo camino
no se si llorare pero dentro de mi alma
mi corazón y mi espíritu te gritan con ansias adiós,
adiós amor adiós único amor de mi vida
adiós, adiós, me alejo de ti
Ahora, él también ha soñado en la gruta donde nada la sirena.
José Luis Castillo Romero. Saltillo, Coahuila. Hace Periodismo y Promoción Cultural. Desde 1986 ha presentado diversos eventos como la adaptación de We are the world, Esta hoja homenaje a Manuel Acuña y La mirada final (teatro de sombras), imparte talleres literarios, fomenta la lectura y es editor. Publicó en la Revista Tierra Adentro, en De Viva Voz, en Semanario de Vanguardia y en Razones de Ser (luna de enfrente). Participó en los programas de radio “Detrás de la noticia” y “Domingo 96” de la XEKS. En el Primer Congreso Internacional de Poesía Viajes del Desierto, en Parras de la Fuente, Coah. Tiene publicado el libro de cuentos Saltillo, underground de los setenta, co-edición ICOCULT/Perro Azul, 1996. Escribo porque no tengo memoria es su antología personal de seis géneros literarios (poesía, cuento, dramaturgia, ensayo, crónica y entrevista) que próximamente presentará.
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