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7 de octubre de 2008


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México, víctima constante de la desatención del gobierno federal hacia los centros educativos

LA UNAM, SIEMPRE NACIONAL

Rolando Cordera Campos



José Narro. El rector de la UNAM en su reciente visita a Coahuila

En un México reacio a la innovación, la transformación productiva y la pedagogía democrática, el papel de las universidades cobra súbita importancia. La máxima casa de estudios tiene que volcarse hacia el sentir de la sociedad y defender nuestras señas de identidad ante el azote continuo de la globalización

 


Justo Sierra. Por una nación
mejor preparada

La inminencia del primer siglo de la refundación de la universidad, dirigida por Justo Sierra en 1910, nos obliga a pensar su papel social y nacional. Rolando Cordera establece las bases para una reflexión del quehacer universitario ante los retos del presente y del futuro.
En dos años celebraremos nuestro propio centenario y habremos de reflexionar a fondo sobre dos acontecimientos axiales: la Independencia y la Revolución. Nuestra fundación en 1910 quería ser vista como la culminación de años de paz y progreso, pero también fue un esfuerzo, dentro de las turbulencias que anunciaban grandes cambios y el fin de la dictadura, por darle al país que emergía faros que iluminaran su travesía por las profundidades de la confrontación civil y el reclamo social que el régimen había querido calcificar.
Conviene volver a Justo Sierra y poner su obra en la perspectiva de una mudanza histórica que recoge enormes rupturas. También, la voluntad de dar continuidad al gran anhelo liberal de formar una nación y cimentar su cohesión en la educación.
Sierra se propuso llevar adelante el gran fin de la Reforma: identificar al hombre con la patria. De aquí su interés vital en la obra educativa, de la instrucción pública a la fundación de la universidad, poniendo por delante el sentido político de la enseñanza como procedimiento para forjar una nación. Al crear la Universidad Nacional, escribe don Manuel Moreno Sánchez, expresó siempre ese matiz político de la cultura, “la ciencia que defiende a la patria”.
Para Sierra, la universidad alcanzaría el calificativo de Nacional en la medida en que sus egresados hicieran de México todo la preocupación más importante del hombre cultivado. En todo caso debería cuidarse que la institución no se enclaustrara mientras el país afrontaba a ciegas problemas que requieren el concurso de la meditación y de la idea.
De aquí la actualidad y vigencia de la idea fundadora: una comunidad volcada al mundo, consciente de sus tiempos, dedicada a levantar y proteger los inventarios de los recursos nacionales y atenta a los desafíos, las realidades, y las hazañas del talento, la ciencia, la cultura internacionales.
La universidad es privilegio: tiempo y condiciones materiales para pensar y recapacitar, innovar y corregir rumbos, arriesgar trazos y proyectos, modular certezas y atreverse a saltar de viejas generalidades a nuevas y promisorias diversidades. La ciencia entendida como desarrollo, la cultura como argamasa del discurso que busca y ofrece sentido a una historia siempre contradictoria, a un paso de la turbulencia. Historia hecha frente a la adversidad de nuestros legados profundos, a contrapelo de las grandes corrientes de dominio y concentración de poder y riqueza que han condicionado sin pausa alguna nuestra construcción nacional.
De aquí también la impronta nacional de la universidad: acceder al mundo y apropiarse de sus maravillas, pero a la vez asumir que sin cultura propia, sin una genuina creación de capacidades nacionales, no habrá adaptación sino adopción acrítica, que castra la creatividad y debilita los resortes domésticos para afirmar a la nación sin caer en un aislamiento que sólo puede auspiciar espejismos corrosivos.
Nuestro privilegio se despliega en la reflexión y la crítica, pero sobre todo nos compromete a ser mejores, a no renunciar a ese impulso primordial de ser parte activa del proyecto de una comunidad imaginada que, como hemos de reconocer en estos días, nunca concluye. Esta diaria invención nacional, es condición insoslayable para estar en el mundo como sociedad organizada, participante en un concierto que los más fuertes buscan definir conforme a sus intereses, imponiendo su ley, cuando lo que al planeta urge es cooperación solidaria que sólo puede surgir del diálogo entre iguales.
El compromiso con el cultivo de la ciencia y la cultura, así, no puede entenderse como enclaustramiento y contemplación escolástica. Es, más bien, concurso activo de nuestros saberes y activos intelectuales, del método probado y la visión preanalítica, que diría Schumpeter, en la tarea ingente de afirmarnos como Estado nacional soberano.
Soberano, pero no para huir ilusamente del mundo desbocado que nos ha tocado vivir, sino para erigir miradores teóricos y conceptuales, plataformas institucionales, para atraer los vectores de progreso creados por la ciencia, salir al paso de las fantasías negras de Pandora, dar entrada a nuevas formas de organización económica, capaces de asegurar la satisfacción de un reclamo social acumulado por tantos años de crisis y cambio que no produjeron crecimiento económico con redistribución social para sustentar el desarrollo.
Vivimos tiempos constitucionales, porque así lo reclaman los enormes desajustes materiales y sociales con que inauguramos el nuevo milenio y estrenamos democracia. Ésta es la perspectiva que desde la universidad debe darse al debate actual sobre la energía y el petróleo, porque en la Constitución está el horizonte obligado de nuestro quehacer universitario y ciudadano. Trazar cursos renovadores en la producción material, el reparto social y en la conducción del Estado, supone hoy, como pocas veces en nuestra difícil evolución política, un desprendido aporte de la ciencia, del conocimiento de la sociedad, del acervo humanista y de la cultura y el arte, que sólo la universidad puede sostener y potenciar.
Para ello, debe repensarse como Nacional no sólo por la extensión de sus planteles, sino por una hermandad activa, una participación generosa y constructiva, con el resto de las universidades públicas de México. Una concertación entre iguales, que se hacen cargo de sus diferencias y desniveles, puede permitirnos una reedición de lo público para defender la universidad y la educación pública. Ésta es una recuperación conceptual urgente: sin una reivindicación del espacio público, no hay campo para la defensa y la expansión del Estado laico, condición indispensable a su vez de la (re)afirmación del humanismo que reclama la crisis global.
Éste es, para hoy y muchos mañanas por venir, mandato irrenunciable para la UNAM: recrear su vocación Nacional y entender la libertad y la autonomía como legados fundamentales a los que debe hacerse honor todos los días: con el cumplimiento de sus funciones, en la docencia y la formación de hombres y mujeres útiles por cultivados y por su conciencia ciudadana; con su participación organizada, respetuosa de la pluralidad de ideas y convicciones que es su savia insustituible, en las deliberaciones y polémicas en que se forjará un nuevo tiempo mexicano.
Nuestro compromiso se vuelve intenso si tomamos nota de la gran distancia social que marca nuestra historia y define el presente. La riqueza y el ingreso se mantienen concentrados y la movilidad social se ha vuelto rígida, engañosa. Y en este teatro irrumpe la violencia que asedia tierras y mentalidades e inunda la geografía política y humana de México.
Éste es el panorama que nos impele a pensar el presente y proyectar el porvenir como una encrucijada. El México florido y espinudo que cantó Neruda se torna duro y reseco.
Añádase lo que advirtiera el año pasado nuestro amigo y colega, el astrónomo Manuel Peimbert: en su mayoría, los jóvenes no encuentran cobijo en la educación superior, mientras la desigualdad ahoga la cobertura en los bachilleratos; el gasto público en ciencia y tecnología es ínfimo y estancado, mientras los que pueden se niegan a contribuir con lo que deben.
He aquí el implacable veredicto sobre nuestro presente: carencia y desigualdad que nos marcan a todos, y ahora un desperdicio inaceptable: nuestros mejores y más valientes se van, y el resto se queda en el mal empleo, la reducción sostenida de expectativas, la falta de acceso a la formación profesional y la cultura.
Todo esto, obliga a los universitarios a una reflexión y una crítica sin concesiones de estructuras e instituciones, pero también a la autocrítica descarnada de nuestras autocomplacencias. ¿No debemos plantearnos ya, la revisión de nuestros sistemas de formación, en especial del bachillerato; el diseño rígido de las carreras, la consolidación de los espacios multidisciplinarios y en general el papel y misión de nuestros subsistemas de investigación científica, las humanidades y las ciencias sociales? ¿No ha llegado el momento de hacer nuestras cuentas sobre el servicio social y volver a verlo como una aportación importante, capaz de potenciar las destrezas y competencias de nuestros estudiantes, y de la propia comunidad nacional y sus núcleos mas desprotegidos?
Lo que nos acosa es un acertijo mayor, complejo y peligroso, que debe afrontarse con lo mejor de nuestro aprendizaje histórico, lo más sutil de nuestras destrezas políticas, lo más audaz de nuestra imaginación cultural y artística. Por eso podemos decir que es el tiempo de la universidad: para iluminar la rehabilitación del México de jóvenes adultos que clama por empleo digno y seguridad en la salud; para sortear los inclementes riesgos que traen consigo los vuelcos del mundo, convertidos hoy en panorama apocalíptico (penuria básica; Malthus redivivo; cambio climático avasallador).
No se trata de proponer una acción redentora, de devolver a la nación con el discurso o la movilización airados lo que nos da en recursos, tranquilidad para pensar y ventajas laborales. Lo que está en juego hoy, la gran cuestión que nos embarga y angustia, es si podremos encontrar las claves profundas para mantener nuestras señas de identidad, forjadas en los grandes momentos fundadores de la Reforma y la Revolución, y al mismo tiempo enriquecerlas con la diversidad que nuestra propia evolución ha hecho posible y que el mundo y sus globalizaciones imponen sin tregua.
Más que redimir a partir de un arrogante solipsismo, inaceptable para una universidad moderna, lo que se impone es apurar el paso para acompañar a un pueblo que se sabe nación y se quiere democrático, pero que al mismo tiempo sufre la desolación de un sistema económico y social indispuesto para la equidad, rejego a la innovación y la transformación productiva, hostil al reclamo social y la pedagogía democrática.
Para encarar la encrucijada, el arco histórico magnífico que abrió Justo Sierra en 1910 y que en 1968 defendió con valor e integridad republicanos el rector de la dignidad, Javier Barros Sierra, constituye un valioso soporte. Pero para extenderlo al tiempo que resta, para volverlo un robusto sostén de la universidad futura, hay que entenderlo como un punto de partida, como rico arcón de memorias y lecciones, pero no como un canon inmutable cuando a nuestro alrededor todo cambia, o se disuelve en aire.
1968 es suma de grandes ambiciones y terribles conmociones. De recuerdo imborrable del daño que hacen la violencia y el abuso del poder, el odio a la inteligencia y la cultura; pero, también, de remembranzas alentadoras de lo que pueden hacer el valor y la entrega de los jóvenes educados a causas de justicia, legalidad, constitución y democracia.
A casi cuarenta años del inicio del gran movimiento democrático de los universitarios, no sobra advertir que nuestra casa, reconocida adentro y afuera, necesita nuevas fortalezas. Su pertinencia y eficacia dependerán de que se las entienda como tareas nacionales que no pueden sino también ser populares, sin que ello implique renunciar al rigor que es inseparable del cultivo del intelecto y la refinación del espíritu.
Hace cuatro años, en una ceremonia como ésta, nuestro colega y amigo, el historiador Álvaro Matute, usó el mito del Ave Fénix (Ave que no se reproducía sino se prendía fuego para que de sus cenizas surgiera una nueva criatura), para ofrecernos un recorrido por nuestra azarosa cuanto orgullosa saga como institución de ciencia, cultura y formación de ciudadanos. Podemos decir hoy que el ave vuela, y que descubre parajes y posibilidades inéditas, se transmuta en cóndor y águila y busca una recreación transformadora que no la obligue a repetir el ciclo mitológico.
Ésta es, debería ser, nuestra perspectiva y obligación, cuando el país se acerca a momentos críticos de definición constitucional que, para no caer víctimas de la palabrería, imponen una firme recuperación del lenguaje y la palabra. La palabra, nombrar las cosas y descubrir el sentido profundo de la historia y los signos del porvenir, obliga a optar pero a la vez enseña la importancia de reconocer errores y saberlos corregir a tiempo. Sin esto, ni la ciencia ni la política serían concebibles como actividades humanas primigenias.
Responder al reto implícito en estas consideraciones, supone un ejercicio permanente y acerado de la crítica y una apertura de mente y espíritu que sólo puede dar el cultivo del verbo y la visita diaria a la excelencia de nuestros maestros de siempre, de ayer y de hoy. Donde la historia va del brazo con la ciencia y ambas se anudan con la cultura para proteger el humanismo.
No será la universidad, dijo Justo Sierra, una persona destinada a no separar los ojos del telescopio o del microscopio aunque en torno a ella una nación se desorganice… Me la imagino así: un grupo de estudiantes de todas edades sumadas en una sola… formando una personalidad real a fuerza de solidaridad y de conciencia de su misión y que, recurriendo a toda fuente de cultura, se propusiera adquirir los medios de nacionalizar la ciencia, de mexicanizar el saber.
Más adelante, Sierra contrasta su credo con el de los fundadores de la “universidad de antaño” y afirma:
Aquéllos decían: sois un grupo selecto encargado de imponer un ideal religioso y político resumido en estas palabras: Dios y el Rey. Nosotros decimos: sois un grupo en perpetua selección dentro de la substancia popular y tenéis encomendada la realización de un ideal político y social que se resume así: democracia y libertad.
Hoy como ayer, habría que agregar que democracia y libertad sin justicia se niegan y nos niegan. He aquí, en una frase, el horizonte de nuestro magisterio. E4

 
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