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23 de septiembre de 2008


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Un desafío a la cultura, los ojos y la imaginación sobrevive en las selva huasteca potosina

México surrealista:
el legado de Edward James

Diego Guevara

Marcada por visos mágicos, descansa una obra surrealista única en el mundo. Las Pozas de Edward James ponen al país en el mapa artístico internacional

 

Si existe un lugar en el mundo donde el surrealismo se vuelve real, definitivamente se encuentra en la selva huasteca potosina. Allí, junto al asombroso espectáculo que brindan los elementos de la naturaleza, descansa una obra inconclusa que ha puesto al pueblo de Xilitla en el mapa artístico universal.
Se trata de Las Pozas de Edward James, un conjunto de construcciones que desafían toda lógica y que llevan al surrealismo a su máxima expresión.
Y si bien es poco lo que se ha escrito en español sobre esta joya artística incrustada en el verde paisaje de la Sierra Madre Oriental, el interés por una obra de renombre internacional, pero desconocida para gran parte de los mexicanos, está creciendo en beneficio del país, afianzando su categoría de destino turístico y artístico de clase mundial.
La importancia del lugar no ha pasado desapercibida para todos. En noviembre del año pasado, este enclave mágico creado a imagen y semejanza de un aristócrata inglés, se convirtió en la capital del surrealismo al albergar el Encuentro Internacional Edward James y el Surrealismo, donde participaron artistas e investigadores de países como Argentina, Perú, Uruguay, Chile, Francia y México, entre otros. El objetivo fue analizar y rescatar la obra de James como un ícono del arte mundial.
Y es que disfrutar de un lugar como este que esconde la selva huasteca, hace ver a México desde un punto de vista diferente, como un país bendecido no sólo por sus paisajes, su variada naturaleza y una herencia prehispánica que es digna de admiración alrededor del planeta, sino por el hecho que esta tierra ha sido elegida por propios y extraños para dejar un legado artístico imposible de encontrar en otros rincones del orbe.
Escaleras que no conducen a ningún lado, serpientes de piedra que acosan al visitante, estructuras sin estructura, puentes a la nada y un sinfín de imágenes dedicadas a un mundo fantástico, conforman el marco de este jardín arquitectónico que yace en perfecta armonía con la naturaleza.
Una obra constante, inconclusa por decisión del artista, que por años fue conocida sólo por un puñado de allegados al excéntrico Edward James, pero que hoy se añade en la lista de las grandes obras del siglo XX y que le otorga a México un nuevo lugar en el plano artístico global.

Su creador

Se dice que Sir Edward James fue el nieto bastardo del Rey Eduardo VII de Inglaterra y nació en una aristócrata y acaudalada familia del Reino Unido. A los veinte años heredó de su madre una fortuna familiar que le cambiaría su vida.
Se mudó a París donde entabló amistades y dio apoyo financiero a artistas como Dalí y Dylan Thomas, Stravinsky, Magritte, entre otros. Durante la guerra civil española apoyó al gobierno republicano para salvaguardar la obra Guernica de su amigo Picasso. Financió la revista de André Breton y del movimiento surrealista Minotaure, en la que colaboró Rufino Tamayo, entre otros pintores, como obras de Brecht y de Balanchine.
Era coleccionista de arte, poseedor de dos cuadros de Archimboldo y se declaró un mecenas del surrealismo. Fue amigo de Man Ray, Isamu Noguchi, Aldous Huxley y Christopher Isherwood, entre otros.
En 1938 compró por adelantado toda la obra de Salvador Dalí para ofrecerle tranquilidad en su trabajo. Junto con él, James convirtió West Dean y Monkton House, las dos viviendas que heredó de su padre, en un capricho de decoración surrealista.
En la década de 1940 la guerra lo lleva a mudarse a Nueva York donde se codeó con los más renombrados artistas, pero decidió escapar de la aristocracia y de los fantasmas de su fracaso conyugal, encontrando en México el abrigo ideal. En Cuernavaca enlaza amistad con Remedios Varo, Leonora Carrington, Gunter Gerzso y continúa su mecenazgo en el país, patrocinando la revista S.nob, de Salvador Elizondo.
En 1947 viajó a la huasteca potosina y quedó maravillado con su belleza. Allí decide instalarse y vender parte de su obra para invertir cinco millones de dólares en la construcción de un refugio lejos de su pasado.
Ese mismo año inició la obra que finalizaría casi veinte años después con su muerte. Fue posible gracias al apoyo de Plutarco Gastelum, un descendiente yaqui al que contrató en una oficina postal de Cuernavaca y que fue su amigo, administrador y heredero. El hijo de Plutarco es hoy el encargado del museo al aire libre.
Desde donde se encontrara, James enviaba sus bocetos al tallador local José Aguilar, quien construía moldes de madera que luego el arquitecto Carmelo Muñoz Camacho llevaba al cemento gracias al trabajo de los artistas y albañiles de Xilitla. En la construcción del jardín arquitectónico, colaboraron artistas reconocidos como Max Ernst.
En aquella zona que alguna vez fue un centro cafetalero de importancia pero que terminaría en la nada por la progresiva disminución de los precios internacionales del grano, Edward James halló el lugar perfecto para su enigmática estancia y para una gigante colección de orquídeas que languideció bajo el rigor de una helada en 1962.
Allí fue donde liberó venados, ocelotes y serpientes y donde se propuso compartirles un hogar sin rejas.
“Mi casa tiene alas y a veces, en la profundidad de la noche, canta”, escribió James, el poeta, título que le reconoce el epitafio de su tumba en su residencia de West Dean, hoy una de las escuelas de restauración más prestigiosas del mundo.

La obra

El jardín arquitectónico es un conjunto de treinta y seis construcciones situadas alrededor de cuarenta hectáreas y que van desde escaleras sin destino hasta piernas que soportan las estructuras, pasando por una colorida flor tallada en piedra, un jacuzzi con forma de ojo de pez y rodeado por un acuario, cuernos de la abundancia, serpientes, puentes. Todo envuelto por una exuberante vegetación y enmarcado por la belleza de Las Pozas, una serie de lagunas y cascadas cuyo curso fue modificado al antojo del propietario para magnificar su obra.
La mayoría de los espacios llevan su nombre: La Plaza de San Eduardo, El Aviario dedicado a Max Ernst, La Terraza de los Tigres, El Palacio de Verano, El Cinematógrafo, pero en realidad se trata de un todo inconcluso, desordenado e irracional.
Allí pasaba los días Edward James, caminando desnudo o en bata, rodado de animales salvajes y su fiel guacamaya al hombro.
Un estudio del francés Mathías Bernhardt califica la obra de Edward James como un atentado a los pilares de la arquitectura tradicional. Xavier Guzmán, autor de varios libros sobre el inglés, asegura que la importancia de su obra reside en un contraste con los valores del mundo occidental montado en las premisas de racionalidad, eficiencia y utilidad.
Hoy el jardín escultórico aparece como un referente del surrealismo en artículos del New York Times, El País de España, Smithsonian Magazine, Architecture Digest y otros tantos medios que han dedicado sus páginas a la historia del “gringo loco de Xilitla”, como era conocido por los lugareños.
En el lugar funciona un hotel denominado El Castillo, en donde por una suma poco extravagante el visitante puede remontarse a un mundo surrealista de estilo mexicano, inglés y mudejar. El Castillo fue utilizado como residencia por su amigo Plutarco y su familia, ya que Edward James prefería vivir en un pequeño cuarto al pie de unas de las tantas estructuras de Las Pozas.
Actualmente Fomento Cultural Banamex y el gobierno del estado de San Luis Potosí se encuentran negociando su restauración con miras a la declaratoria de patrimonio cultural de la humanidad de la UNESCO.

 
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