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23 de septiembre de 2008


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El Signo

Mercedes Melo Pereira

En el minucioso cementerio de un pueblo, al sur de la ciudad, tres estudiantes descubren, tras la verja de una cripta casi derruida, un agujero practicable. La sucesión de los escalones se aligera por la sólida luz del atardecer que los enrojece hasta el primer pasadizo. Más allá las manos se enfrían entre los dedos del compañero pero no se confiesan el miedo. Con una voz que pretende ser animosa el único varón del grupo se atreve a suponer un laberinto, un segundo antes de chocar con el muro. La llama del fósforo muestra una pared sorprendentemente blanca, como recién encalada y, casi a la altura de los ojos, un signo incomprensible.
El regreso a la luz es más breve y un poco atropellado. En el alivio del atardecer todavía se animan a fingir que regresarán más adelante, con linternas, con una cámara fotográfica que verifique y conserve la peripecia. Esa misma noche, casi llegando a casa, una de las muchachas tropieza con la rama de un arbusto, arruina su blusa y se lastima la espalda. Su hermana le hace notar la extraña figura que dibuja el arañazo, de bordes enrojecidos. A la mañana siguiente amanece enferma: le duele la cabeza, siente vértigo, un ardor insoportable castiga su espalda. En el hospital recibe la visita de sus amigos pero nadie se atreve a recordar la cripta.
Una semana después de su muerte los muros de la ciudad amanecieron literalmente cubiertos de inscripciones. Un solo signo pintado, dibujado, rayado, esculpido, abarcaba los árboles y las fachadas de las casas, las celdas de las cárceles y los muros de los cementerios, los pupitres de las escuelas y las mesas de disección. Las prostitutas se tatuaban el signo en los muslos y en el pecho, los recién nacidos venían al mundo con sus carnes marcadas.
En la próxima luna llena una astrónomo aficionado creyó ver el signo entre los cráteres lunares, otros lo hallaron en los canales de Marte, en la forma general de la galaxia. Se dedujo que el cisma de los continentes había partido de una falla inicial cuya forma básica reproducían ahora las paredes de la ciudad. Alguien conjeturó que el signo debería ser la letra única de un alfabeto sagrado que compendia y resume todos los sonidos y todos los conceptos.
Esa mañana entró el mar en la ciudad. Con un cielo azul sin nubes, bajo un sol elemental, sin viento que alentara el mínimo oleaje, el mar se levantó por encima de los muros que lo separaban de la ciudad y regresó a sus antiguos lugares. La evacuación fue silenciosa y eficaz. La gente abandonaba sus casas y sus bienes con una especie de sosiego que iba más allá de la resignación.
El mar no llegó a las colinas ni a los cementerios del sur. Cuando se retiró, la Plaza de la Constitución estaba atravesada por una mancha de salitre que previsiblemente repetía el signo. No se había escurrido todavía el agua de las zanjas numerosas que ella misma excavó: entonces tembló la tierra.
La sacudida emparejó los desniveles sociales, diezmó la ciudad, abrió las tumbas, demolió los rascacielos, sacó del fondo olvidado de los cimientos un vaho pestilente que irritaba los ojos y revolvía el estómago. La ciudad quedó dividida por una profunda rajadura que impedía el tráfico de las ambulancias y carros de bomberos. Una vista aérea mostró en los televisores de todas las ciudades del mundo que la herida en la tierra repetía minuciosamente cada rasgo del signo.
En otros países llegaron a prohibirse los tatuajes y especialmente los graffittis. En las cárceles los presos sorprendidos en el acto de la inscripción eran ejecutados sumariamente. Violentas razias agotaron las calles de tolerancia y las discotecas. Se examinaron los antiguos alfabetos, se anatematizó el pictograma.
Por primera vez en la historia, todas las naciones del mundo se unieron en un frente común: contra el signo. Se clausuraron doce institutos de semiótica. Uno solo sobrevivió, en la antigua ciudad de Ur porque su decano oportunamente lanzó al mundo un llamado donde el claustro completo juraba ante Dios y ante los hombres consagrar sus inteligencias, sus bienes y sus propias vidas a la erradicación de todo estudio semiótico o semiológico, a socavar desde lo más profundo de la historia las leyes que pretendían regular tan nefastas seudociencias y a configurar una nueva teoría que borrara de la memoria de la humanidad toda pretendida relación entre cualquier cosa y un presunto significado, sentido o mensaje  que fuera más allá de la forma misma de la cosa.
En las escuelas desapareció el estudio del alfabeto y de toda forma de escritura. Los maestros olvidaron los números, las tablas de multiplicar y cualquier otro símbolo matemático. Las cátedras de geografía unánimemente incineraron los mapas, globos terráqueos y atlas escolares en un enérgico festival mundial que no excluyó las enciclopedias y el contenido íntegro de los museos. Algunos gobiernos llevaron su celo a incluir en la quema sanitaria la nómina total de los bibliotecarios.
Una eutanasia piadosa extirpó del vientre materno y del cunero de los hospitales a los menores estigmatizados. Se prohibió marcar a las reses, nombrar a los hombres ni las calles y numerar los edificios. En un tiempo increíblemente breve estas medidas condujeron a la abolición de la propiedad privada, a la desaparición  de las fronteras, a la disolución de las religiones, al fin de los códigos judiciales y al vacío de las cárceles.
Entonces apareció el Hombre del Signo.
Primero fue un rumor que recorría los suburbios deshabitados. Algunos temerariamente pretendieron haberlo visto. Otros se atrevieron a suponer ciertas doctrinas, una utopía política o moral. Alguien autorizó la versión, posteriormente extendida, de milagros practicados en presencia de una docena de seguidores.
Se le supuso portador de una imagen que debería sustituir para siempre todo signo maléfico. Se sabe que rehusó la escritura. Se ha dicho que respondió con frases enigmáticas y ambiguas a las preguntas embarazosas y que fue pescador y frecuentó las fiestas y especialmente las bodas, que propició la abundancia y desdeñó la riqueza.
Cuenta la leyenda que una noche, después de la cena, besó a uno de sus seguidores y que ese beso los perdió a ambos. Hay quien cree que poco después del banquete se hizo sacrificar en un instrumento de tortura cuya forma atroz negaba y compendiaba todos los signos y que luego fue metaforizada, durante mucho tiempo, para los más diversos fines.

Mercedes Melo Pereira: Nació en La Habana, Cuba. Graduada de Filología por la Universidad de La Habana. Poeta, narradora y ensayista. Su estilo peculiar y elaborado le ha otorgado un lugar entre los más importantes escritores hispanoamericanos de la actualidad. Por su trayectoria artística ha recibido cuantiosos reconocimientos, entre ellos el Premio de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba en el año 2005.

 
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