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23 de septiembre de 2008


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Pasa de modelo de transformación neoliberal a paradigma de violaciones, abusos e impunidad

RUSIA: DEMOCRACIA AUTORITARIA Y CENSURA PACTADA

Emma Hayde Rodríguez
Moscú



Plaza Roja. Hoy, mercado de altos quilates

Luego de renunciar al comunismo, la extinta URSS padece un sistema viciado por guerras, mafias y diferencias sociales. Desde 1990 hasta la fecha doscientos noventa y dos periodistas han sido asesinados. La supervivencia diaria es prioridad para los ex soviéticos

“Ya vague por sus calles bulliciosas,
ya penetre en el templo populoso,
ya me rodeen alocados jóvenes,
en mis ensueños sigo estando absorto”.

         Alexander Pushkin


Vuelta atrás. Hay quienes piden que el comunismo perdido regrese

La década de 1990, los años de Boris Yeltsin que precedieron la “Perestroika” de Mijail Gorbachov, fue una época trascendental para Rusia en la que todo parecía caerse a pedazos, empezando por las fronteras y la economía. Millones de personas que en decenios anteriores habían llevado una vida tranquila se vieron condenadas a la pobreza.
Luego del cambio de sistema, la Federación Rusa se convirtió en todo un modelo de transformación neoliberal, con un impresionante consumo de productos de lujo junto a una notable desigualdad en las clases sociales.
Hay muchos pobres, pocos ricos que son muy ricos y una clase media que apenas se asoma.
Mientras en Beijing la fiesta olímpica acaparaba la atención de televidentes de casi todo el mundo, la guerra se calentaba en el Cáucaso ruso. Las fuerzas armadas, comandadas por el gobierno títere de Dimitri Medvedev, continúan con la masacre en los territorios rebeldes de Chechenia, Ingusetia y Daguestán. El pueblo parece ignorarlo, más le preocupa su supervivencia diaria que los conflictos bélicos.
Por el contrario, el juego de censura mediática entre periodistas y gobierno funciona a la perfección sobre la mayor parte de la población joven de Rusia que aplaude las constantes demostraciones de poderío que impulsa el mandatario superpuesto tras las cortinas del majestuoso Kremlin.
Es común en sectores poblacionales poco informados pensar que “Rusia ha empezado a cambiar después de siglos de servidumbre y opresiones”, y atribuir dicha transformación al gran respaldo popular de la democracia autoritaria, que tras bambalinas todavía dirige Vladimir Putin.
Sin embargo, algunos ancianos se manifiestan en las calles con pancartas y banderas del Partido Socialista exigiendo de vuelta el antiguo régimen. Rusia no posee ninguna época democrática en su historia a la cual pueda volver la vista con algo de nostalgia.
En los almacenes GUM, situados a un costado de la Plaza Roja de Moscú, los periodistas de los medios más importantes del país compiten con la oligarquía para ver quién se lleva primero el último traje Armani o la chaqueta de la selección olímpica rusa que tiene un costo de ocho mil rublos (cuatro mil pesos mexicanos, aproximadamente).
En Moscú, una ciudad de más de diez millones de habitantes, la alta sociedad se hace notar por las calles, paseando en lujosos carros deportivos o Hummer-limosinas en cuyos capacetes suena la sirena de moda para abrirse paso entre decenas de automóviles.
Lejos de toda esa parafernalia se puede encontrar la verdadera Rusia, en las afueras de las estaciones del metro, en los puestos callejeros de kebabs y pollo rostizado, donde indigentes y turistas se pasean a la par. Ahí se mezcla la resaca de la extinta clase media, estudiantes, comerciantes, desempleados, retirados y ex combatientes que salen a la calle en busca de algo que complemente la pensión que el gobierno recorta día a día.
En el subsuelo moscovita hay otro estilo de vida. Más de nueve millones de personas se transportan diariamente en uno de los sistemas de metro más deslumbrantes y efectivos del mundo que aún guarda con recelo su pasado soviético.
Ciento sesenta y cinco estaciones y doscientos noventa y tres kilómetros conforman el palacio subterráneo. Las estaciones Novoslabódskaya, Belorrúskaya, Komsomólskaya y otras, se caracterizan por ser verdaderas obras de arte comunista y que, conjuntadas con la marea humana, abren paso a un paisaje surrealista.
La arquitectura y los monumentos que alguna vez cumplieron con el objetivo de convencer al proletariado de su contribución para una Rusia poderosa, hoy son testigos de altos índices de robos.
Por los pasillos y andenes del “palacio del pueblo” esperan niños y mujeres de aspecto gitano que en certero movimiento arrancan la cartera de cualquier bolsillo ante el mínimo descuido.
No obstante, sería ingenuo culparlos a ellos. No se trata de los siberianos y caucásicos que buscan una mejor calidad de vida. La escasez de trabajo, los salarios bajos y el temor por una represalia al ejercer un empleo fuera de ley, les dejan como último recurso el hurto, así, sin intimidación o violencia.
De tal manera, aquellos que son robados pasan a ser víctimas indirectas de un sistema incapaz de brindar a todos sus habitantes un trabajo para sustentar dignamente la vida.
Rusia está llena de sinsabores burocráticos, incluso para los mismos rusos, quienes tienen que portar su pasaporte todo el tiempo, ya que en cualquier momento les puede ser demandado, incluso a la hora de comprar un teléfono celular.
El visado para los turistas es un trámite sencillo, pero si se desea salir de Moscú o San Petersburgo, el proceso se complica. Cualquiera que sólo visite estas hermosas capitales se llevará una impresión engañosa de lo qué es el país, pero recibirá a cambio un deleite a sus sentidos y el saber. Basta con citar la catedral de San Basilio, mandada construir a mediados del siglo XVI por el zar Iván “El Terrible”. Terminada la obra, ordenó sacarle los ojos al arquitecto Potnik Yakovlev, para que no pudiera construir nada igual.
El orden impera en las fronteras. Los trenes que cruzan desde los países bálticos como Estonia, Lituania o Letonia son detenidos e inspeccionados minuciosamente por militares, camarote tras  camarote, pasaporte por pasaporte (aunque a veces ni siquiera entiendan lo que dice el documento) viajero por viajero, prohibiéndoles abandonar sus lugares hasta que el escudriño termine.
La presencia militar abarca casi todos los aspectos de la vida. En las calles, algunas veces resulta difícil distinguir los uniformes del ejército y los cuerpos policíacos, ambos de camuflaje. De igual forma visten algunos civiles.
Incluso en el ocio y la programación televisiva, la milicia y la guerra están presentes. Según Anastasia Rogozina, una chica sampetersburguesa, en los últimos años comenzaron a proliferar series televisivas protagonizadas por policías de operaciones especiales. Lo que hacía peculiares estas propuestas era que los episodios se desarrollaban en Chechenia, donde los agentes eran enviados a luchar en contra de maleantes de aspecto musulmán muy mal caracterizados.
A diferencia de Anastasia, pocas personas dominan un idioma distinto al ruso. La comunicación se convierte en una odisea lingüística. No hay señalización que no esté en el complicado alfabeto cirílico.  En un intento válido por preservar su cultura, se niegan a una occidentalización. Sin embargo, ese nacionalismo es incongruente con muchas actitudes cotidianas. Desde temprano hasta tarde, jóvenes y niños se conglomeran afuera de los Mc Donald´s esperando el turno para llevar a casa una “cajita feliz”. Las principales calles de las más importantes ciudades están repletas de aparadores que promueven marcas. A un costado de la Plaza Roja, la golfista mexicana Lorena Ochoa anuncia Rolex. En menos de veinte años el capitalismo voraz, régimen económico del mundo globalizado, se apoderó de uno de los últimos bastiones socialistas.
Rusia es el segundo productor de petróleo en el mundo, superada sólo por Arabia Saudita. No obstante, desde los últimos años atraviesa por una de sus peores crisis energéticas. A partir de 2004, el Sindicato de Gas y Petróleo de la Federación Rusa comenta que la producción petrolera casi ha llegado a su cénit, a pesar de que aún existen yacimientos activos. La única forma de sostener la producción es la inversión extranjera directa.
El conflicto entre Georgia y Rusia por la región separatista georgiana pro rusa de Osetia del Sur, es una coyuntura que obedece a circunstancias históricas y al momento geopolítico. El escenario es una ruta de hidrocarburos entre Washington y Moscú.
La historia que empezó en Afganistán, explotó en Chechenia y continua en Abjasia (otra república separatista), sobrevino tras la caída de la URSS cuando Estados Unidos mostró interés por Asia Central y el Cáucaso ruso. Regresaron las guerras y el caos, el ambiente perfecto para los negocios.
Georgia necesita liquidar los conflictos en Osetia y Abjasia si pretende obtener las condiciones necesarias para su ingreso a la OTAN. Estas regiones son fundamentales con el fin de logar el paso de los hidrocarburos de Asia central y de la cuenca del mar Caspio hacia Europa.
Rusia desea garantizar la dependencia energética europea como arma fundamental en su política exterior. Medvedev y Putin saben que su capitalismo, viciado por la corrupción y la mafia, será emergente sólo si se aseguran las rutas del combustible fósil.
Es entonces que, tras décadas de olvido, se levanta una nueva nación con deseos de resarcimiento. En el país de las contradicciones, cuyo lema popular reza “Rusia para los rusos”, todavía se alcanza a respirar la grandeza del imperio que yace bajo la indiferencia de los habitantes. Sin embargo, la Rusia de los rusos ha dejado de pertenecerles. E4

 
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