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Alcalde en vilo Las relaciones políticas entre Torreón y Saltillo han sido escabrosas la mayor parte del tiempo, incluso cuando el alcalde y el gobernador procedían del mismo partido: el PRI. Entre los casos significativos destacan los de José Solís Amaro y Eulalio Gutiérrez, en el trienio 1973-75, y el de Mariano López y Rogelio Montemayor en época menos remota. La raíz de la desavenencia fue la misma: los presidentes municipales no habían sido los candidatos de los mandatarios estatales.
Solís pagó con sangre, sudor y lágrimas la “transgresión”. Y si cubrió toda la ruta en la alcaldía se debió a la protección del presidente del PRI, Jesús Reyes Heroles, y al apoyo que, en calidad de víctima, recibió de la iniciativa privada. Sin ninguno de esos soportes, Mariano López renunció en medio de escándalos de corrupción que le permitieron a Montemayor nombrar un interino a su modo, lo que al final le abrió al PAN las puertas de la alcaldía lagunera.
Saltillo no ha estado exento de conflictos de esa naturaleza, sólo que en la capital se cubren mejor las formas. Compartir el mismo espacio con el gobernador tendrá siempre a los alcaldes acotados, en posición de desventaja. Jamás podrán lucir más que el superior y siempre, por si no bastara, estarán expuestos a intrigas. Pero en Saltillo las diferencias se dirimen en privado, sin aspavientos. De las Fuentes, por ejemplo, dejó el cargo sin chistar ni dar la explicación.
En Torreón, la alternancia, en lugar de aprovecharse para poner a prueba el talento político, la capacidad negociadora, el genio que distingue a los espíritus grandes de los mediocres, es causa de encono, de división, de discordia. En condiciones así todos pierden, el alcalde, el gobernador, pero sobre todo la ciudad. El alejamiento de Humberto Moreira de Torreón recuerda los de Gutiérrez Treviño, Flores Tapia y De las Fuentes por otras causas, pero cuyos efectos fueron igualmente nocivos para el municipio.
A diferencia de sus predecesores Jorge Zermeño y Guillermo Anaya, José Ángel Pérez no ha podido conciliar su condición de panista con la de alcalde frente a un gobernador del PRI que antes presidió el cabildo de Saltillo. Jamás uno convertirá al otro a su doctrina política, ni de eso se trata, sino de entablar una relación madura, positiva, cordial, y que la sociedad juzgue quien lo hace mejor. Nadie duda de las buenas intenciones del presidente lagunero; lo que está en tela de juicio, a raíz de los últimos acontecimientos, es su capacidad y liderazgo. |