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9 de septiembre de 2008


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El ex agente de la KGB, Vladimir Putin, empuja hacia una nueva guerra fría

Despierta el Kremlin
y amenaza al mundo

Gerardo Moyano
Moscú


La reciente incursión de Rusia en Georgia confirma los miedos del Kremlin por perder el control en regiones estratégicas del Cáucaso. Putin sigue ejerciendo el poder detrás del trono y muestra su fuerza a EU y al mundo. En juego está el potencial energético de la región

 


El final de la guerra fría declarado en los años noventa e impulsado por Reagan y Gorbachov fue solo un mito. La verdad es que la carrera armamentista ha seguido creciendo alrededor del globo y no precisamente a favor de Estados Unidos.
Mientras los norteamericanos continúan con su cacería de brujas en Medio Oriente, países como Irán, Corea del Norte, China y especialmente Rusia han aumentado su potencial bélico a límites insospechados y están dispuestos a utilizarlo ya sin temor a su viejo enemigo.
Esto es justamente lo que ocurre en Georgia, donde las tropas rusas han hecho sentir su poder, advirtiendo al mundo que tras décadas de humillación la tierra de los antiguos zares ha vuelto y no teme a Occidente.
Por un lado, Putin busca controlar la insurgencia y los bríos independentistas que no le favorecen en el Cáucaso, aunque a la vez apoya la separación de aquellas regiones que buscan unirse a los intereses de Rusia.
Ambas tareas las realiza con un mismo sistema: la represión violenta para controlar la insurgencia (sin mucho éxito) y el apoyo económico y militar a los grupos que le son leales, sin importar que no sean reconocidos como verdaderos rusos. Una estrategia utilizada constantemente en las dos guerras chechenas que costó la vida de miles de personas, incluidos rebeldes y soldados, pero también civiles, rehenes de actos terroristas y perseguidos políticos.
Sin temor a equivocaciones se puede afirmar que es Putin el promotor de este nuevo enfrentamiento porque hoy más que nunca está confirmado que sigue ejerciendo el poder. Ante el intento de Georgia por recuperar los enclaves rebeldes de la capital de Osetia del Sur, fue el primer ministro Putin quien se adelantó al presidente Dmitri Medvedev para declarar que “la guerra ha comenzado”, dejando en claro que el trono presidencial lo ocupa uno más de sus títeres.
La supuesta victoria de Rusia en este conflicto se debe principalmente al error del presidente Mijeíl Saakashvili, el cual pensó que sus firmes aliados, Estados Unidos y Europa, no se quedarían de brazos cruzados y llegarían a su rescate para enfrentarse al ejército ruso que invadió las fronteras.
No obstante, la mesura de Bush, a quien no le conviene una nueva guerra hacia el final de su mandato, y el temor de Europa por su abastecimiento energético, terminaron aislando al mandatario georgiano, dejándolo a merced el ejército ruso, ávido por demostrar su potencial.
La victoria, en realidad, es supuesta pues la inestabilidad en el Cáucaso sigue creciendo y lo convierte en un polvorín que, de estallar, pondría en riesgo los acuerdos económicos de Rusia con aquellas regiones independientes que han preferido negociar a pesar de la insurgencia que apela por una separación absoluta.
Y en el medio de esta conflagración: el petróleo. El Cáucaso resulta estratégico para Rusia porque gran parte de dicho territorio forma parte del corredor energético para el crudo extraído en el Mar Caspio, aunque también lo es para Estados Unidos que construye actualmente el oleoducto Bakú-Tiflis-Ceyhan que irá desde Azerbaiyán hasta Turquía, atravesando territorio georgiano.
Los orígenes
La reciente posibilidad de que la OTAN abriera las puertas a Georgia, pudo haber sido uno de los factores que impulsó al presidente Saakashvili a tratar de recuperar Tsjinvali, capital suroseta desde 1992, ya que entre los requerimientos para los países que deseen entrar a la organización se exige que no tengan ningún asunto pendiente.
También influye, con toda seguridad, el creciente sentimiento separatista de las regiones georgianas de Osetia del Sur y Abjasia al igual que los fracasos de sus alianzas comerciales y militares a favor de Occidente, que fueron castigadas con severos bloqueos por parte de los rusos.
En 2003, tras la llegada al poder del presidente Mijail Saakashvili, Georgia trató de someter a los separatistas, estrechando su alianza con Washington mediante el envío de un gran contingente de tropas a Irak. Esta región caucásica representa el tercer país de tropas bajo mando estadounidense en Irak.
Al inicio de 2005, Saakashvili, ofreció autonomía y desarrollo económico a los osetios, si a cambio renunciaban a su independencia. Pero la iniciativa fue rechazada. Tras su alianza con EU, Georgia reforzó su estatus militar —previa ayuda de Ucrania— e inició una guerra psicológica contra los habitantes de Tsjinvali.
De tal manera, el poco despegue económico que Georgia había experimentado en los años de tregua, se vino abajo en 2006, cuando Saakashvili volvió a agitar la bandera nacionalista. Rusia respondió dejando de proporcionar energía al país, lo que implicó el aumento de los precios y el hundimiento de su economía.
En noviembre de 2007, Saakashvili debió enfrentar graves disturbios en Tiflis por parte de la oposición, los cuales fueron aplacados con el uso de la fuerza y la declaración de la ley marcial. Aunque volvió a ganar las elecciones de este año bajo graves denuncias de fraude, su popularidad se vino abajo.
Así que el deterioro de su imagen, los problemas económicos y la adhesión a la OTAN significaron factores suficientes para que el presidente cayera en la provocación rusa y diera el paso equivocado, esperando la reacción de sus aliados estadounidenses.
La chechenización del conflicto
La estrategia de Moscú en Chechenia, que combina la represión militar con un apoyo sistemático a las fuerzas locales leales al Kremlin, fue diseñada por Putin al mando de la FSB (los vestigios de la KGB) y se elevó en extremo durante sus mandatos, llevando al Cáucaso Sur a una escalada bélica sin precedentes que se expandió por toda la región.
Estas circunstancias convierten la zona en un polvorín debido a su compleja estructura. La presencia de voluntarios de la Confederación de Pueblos del Cáucaso, junto a las tropas de Abjasia en la guerra de 1992 o la de algunos militantes del sur combatiendo en Chechenia, son ejemplos de esa complicada relación entre los diferentes pueblos que la componen.
Pero el elemento ruso es concluyente para que no progrese una mayor reciprocidad entre dichas comunidades. Por un lado, su presencia en el sur sirve de apoyo a las reclamaciones independentistas de osetos y abjasos, mientras que en el norte es el mayor enemigo de las demandas de autodeterminación de Chechenia, Daguestán e Ingusetia.
La escalada de violencia de los últimos meses en el Cáucaso es una consecuencia de las dos guerras chechenas, ya que estos conflictos constituyen el detonante de una fuerte insurgencia en otras zonas de la región.
La táctica que siguió Putin en Chechenia acentuó la división dentro del movimiento independentista, favoreciendo a los grupos de corte islámico radical por sobre los nacionalistas que buscan una autonomía relativa.
Algunos líderes chechenos han llamado recientemente a la formación de un “Emirato del Cáucaso”, lo cual fue rechazado por otros rebeldes ya que supondría poner fin a las demandas libertarias que engloban un referéndum, el ejercicio del derecho de autodeterminación y la posterior emancipación.
Hasta hoy, los rusos han sido incapaces de acabar con la resistencia chechena, lo que se evidencia con las bajas contabilizadas por las fuerzas de Kadyrov, marioneta de Putin que intenta administrar la región con una verdadera licencia para matar y pisotear cuanto derecho humano se interponga ante los intereses del Kremlin. Incluso Kadyrov ha encontrado oposición de otros colaboradores locales como Sulim Yamadaev, lo que fortalece la resistencia y preocupa al gobierno de Moscú.
A los fracasos de Chechenia y Daguestán se suma Ingusetia, donde los índices de enfrentamientos contra los elementos rusos y locales (que han tenido que adoptar una situación de defensa), amenazan con convertir a esta región en la primera provincia del Emirato del Cáucaso.
De tal forma, el poderío de Putin se vuelve relativo y la supervivencia de la resistencia muestra las debilidades del régimen. Quizás por eso su gobierno se opuso a la independencia de la provincia serbia de Kosovo, diseñada según criterios americano-europeos en febrero de este año, ya que lo mismo podría suceder con la república separatista de Chechenia.
Por otro lado, resulta irónica la intención del Kremlin de llevar a Saakashvili ante un tribunal internacional por los “miles de asesinatos”, sobre todo cuando ese ha sido el rasgo característico de la incursión de las fuerzas rusas en el Cáucaso.
La guerra energética
En los últimos años el Cáucaso ha cobrado importancia estratégica en la ruta del transporte energético desde el Mar del Caspio al mercado mundial, por lo que Occidente trata de aumentar su influencia en dicha región. La circulación de gas y petróleo a través de territorio georgiano es la esperanza de Europa para no depender exclusivamente del monopolio ruso.
En este sentido, Estados Unidos favoreció la construcción del oleoducto Bakú-Tiflis-Ceyhan (BTC) para trasladar petróleo desde Azerbaiyán hasta Turquía, y en el cual participan las empresas Chevron, ConocoPhillips y Hess Corporation.
El conducto, que atraviesa Georgia, fue puesto en funcionamiento en 2006 con una capacidad de 1.2 millones de barriles por día, tras una inversión de tres mil millones de dólares y una vida útil proyectada de cuarenta años.
Durante este conflicto la seguridad del oleoducto resultó clave para el aumento o la caída de los precios del crudo a escala internacional. Y aunque Rusia negó que el ducto fuera un objetivo de ataque, finalmente la petrolera BP anunció que evaluaría por cuánto tiempo permanecerá cerrado el ducto tras un incendio que lo afectó durante los enfrentamientos.
Mientras tanto, las posibilidades de recomponer las relaciones entre Rusia y Georgia son nulas mientras el presidente Saakashviki continúe en el cargo. Se espera que tanto Osetia del Sur como Abjasia, fortalecidas políticamente tras el conflicto, intensifiquen su exigencia de independencia. E4

 
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