EL DANASH |
Salvador F. Aldape |

El humo persiste en el tugurio de mala muerte donde se encontraban como dos almas perdidas Natalie y Vicente, este último vistiendo según lo mandan los cánones de los que han alcanzado un cierto lugar en el escalafón de los narcos, porque tienes que mostrarle a los demás la posición que ocupas, como si las manchas en las alas de la mariposa de la muerte fueran una advertencia para todos los seres vivos y no sólo para los humanos. Botas de piel exótica rematadas en puntera de oro, cinto piteado con incrustaciones de concha nácar en la hebilla de plata, gorra stetson y chaleco de víbora con las iniciales, el collar, la esclava y los anillos de oro, nunca es demasiado para que los que aún no te conocen sepan quién es el que manda en estas tierras, por eso es que nadie se acerca a la Natalie, desde que la viste sentada en el antro de Don Chuy, blanca como la espuma de mar, con el negrísimo cabello cayendo cual cortina de onix, con interminables ojos verdes que se esconden sobre la cascada lúgubre de sus pestañas, sabías que tenía que terminar en tu lecho, desde el preciso momento en que se cruzaron sus miradas, se resquebrajó el cristal tras el cual se protegía, tenía apenas una semana de haber llegado a la zona de tolerancia y el rumor de una deidad que había descendido, de que la mismísima Yemayá, diosa del mar, eterna sirena que concedía cualquier deseo a los hombres, estaba aquí en este antro; pero todos aquellos que pretendieron hablar con ella sucumbieron a su envenenada mirada y cayeron allí mismo a sus pies, incapaces siquiera de pensar, para sólo contemplarla de lejos como lo hacen los derrotados, pero el destino estaba echado y te acercaste a destruir el mito que se erguía frente a ti en forma de Everest porque te sabias victorioso de mil batallas y tenias las cicatrices para el que lo quisiera comprobar, Natalie te observaba bajo el terciopelo de sus pestañas y allí entendió sin que cruzaran una sola palabra que habías vencido, que de ahora en adelante haría lo que tu dispusieras y fue entonces que la rockola vomitó como un antiguo dios la melodía más salvaje que hayas escuchado, no le pusiste atención embelesado en la estrecha cintura que tomabas entre las manos, sus pechos que subían y bajaban, mientras su respiración se convertía en un jadeo, el verde de sus ojos empieza a perder su brillo y descubres un hilo carmesí que le cruza el escote, adivinándose la punta de una daga como una lengua endemoniada, descubres los ojos aterrorizados de todos los perdedores que se arremolinan igual a moscas en el panteón, pero que aun así le rinden admiración a un par de dioses que a partir de ese momento se convierten en una leyenda en el Danash, el sitio mas concurrido de Laredo, lugar al que acuden los despechados para pedir un milagro de amor y besar la urna de cristal en la que colocaste el cuerpo de Natalie y desde el que mira aún a los miles de curiosos con sus interminables ojos verdes.
Salvador F. Aldape.
Artista visual. Es licenciado en Diseño Gráfico por la Univesidad Autónoma de Coahuila. Ha colaborado en diferentes medios del país como El Diario de Campeche, Plataforma News, El Dictamen, Sur de Veracruz, Vanguardia, El Guardián y Palabra. En 2007 trabajó para la UNICEF en el Forum Internacional de las Culturas en Monterrey. Ganador del Premio Estatal de Periodismo Cultural 2008, otorgado por la Universidad Autónoma de Coahuila, en la categoría de artículo.
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