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Transición truncada Contra la advertencia de Fidel Velázquez de que sólo mediante las armas el PRI perdería el poder, pues a través de ellas lo había conquistado, la transición democrática en México se formalizó en las urnas sin un solo disparo. Por eso, más que doloroso, el paso de un sistema hegemónico a uno basado en la competencia real, ha resultado frustrante, enojoso. Además, la falta de cultura política la ha limitado a la alternancia en cargos de elección popular; señaladamente, el de presidente de la República.
En una conferencia que dictó en Torreón, todavía como presidente del IFE, Luis Carlos Ugalde se confesó preocupado porque que en América Latina, según un estudio de la ONU, la mayoría de los países preferiría volver a los regímenes totalitarios, por la tardanza de los gobiernos democráticos en resolver problemas sociales seculares. Como si la transición obrara milagros y no requiriese tiempo para dotar al país de normas jurídicas y políticas nuevas. También es cierto que los gobiernos responsables no siempre son populares.
La propensión latinoamericana a gobiernos de hombres fuertes, sátrapas, providenciales, es lógica pues los pueblos sólo añoran lo que les resulta familiar —no lo ajeno—, así sean dictaduras de izquierda o derecha, sin olvidar que la ignorancia también lo es. Si la democracia constitucional no se valora aún en su justa medida, es porque apenas empieza a arraigar en el subcontinente; lo que explica, asimismo, el atraso de la mayoría de los países que la
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México se halla atrapado en un círculo vicioso por falta de vocación democrática, de patriotismo, y el exceso de dogmas e ideologías incompatibles con la realidad del mundo actual, abierto ya en todas direcciones y a todas las corrientes. La discusión sobre la reforma energética ha consumido no sólo tiempo, sino oportunidades que otros aprovechan para progresar y abatir pobreza, marginación e injusticia. Pocos se atreven a proponer soluciones drásticas a problemas en apariencia insolubles, por miedo a perder puntos en las encuestas.
En un mundo interdependiente, donde los bloques de países apuntan hacia nuevos equilibrios de poderes, el discurso exaltado y nacionalista, tipo Bartlett, López Obrador y otras rémoras del viejo sistema, está fuera de contexto. No es en el pasado, lleno de prejuicios y discordias, donde México encontrará salida a sus necesidades acuciantes, sino en su fortaleza como nación capaz de adaptarse a las circunstancias, en la comprensión de que el mundo es otro y en el acuerdo político de cara al futuro. |