|
El asesinato del señor Juan Jesús fue directo e intencional: Luis Reynoso, obispo de Cuernavaca
Caso Posadas Ocampo: Quince años después,entre el absurdo y el perdón divino |
|

Sandoval Íñiguez.
¿Saber para perdonar?
|
Narcotraficantes y eclesiásticos se tienden la mano “en lo oscurito”. Los primeros regalan millonarias limosnas a cambio de que los segundos les absuelven vesanias y pecados. Doble moral: el nuncio apostólico, Jerónimo Prigione, sostenía reuniones con los Arellano Félix

Posadas Ocampo.
Investigación en el limbo
|
Los políticos, como los religiosos o narcotraficantes, son gente extraña, contradictoria, medio exótica y ridícula. Habría que hacer una especie de bestiario de seres quiméricos, un nuevo manual de zoología fantástica o entidades portentosas, incluyendo en un apartado especial a esta serie de licántropos.
Ese nuevo manual de criaturas imaginarias (digámoslo eufemísticamente) no puede estar completo si soslayamos la presencia del burócrata, el taxista, el vendedor de Biblias, el predicador o el líder sindical. Entes modernos de la creación citadina que dan mucha tela de dónde cortar y sus perfiles pueden llegar a formar parte, insisto, de un excelente volumen de narrativa.
Mientras lo anterior, posiblemente, algún día lo lleve a buen puerto, hoy indagaré un poco en la teoría con la cual inicié el presente escrito: los políticos, los religiosos y los narcotraficantes son gente extraña, curiosa; individuos extravagantes. Voy por partes: la mayoría de los narcotraficantes son católicos. Lo cual no está reñido con un sadismo que va en aumento en la manera de ejecutar a sus enemigos o bien, en la gente que los traiciona, que al final de cuentas se convierten en sus enemigos.
Los poderosos jerarcas del negocio de estupefacientes pueden conmoverse hasta las lágrimas mientras ven en la televisión alguna escena donde un tierno gatito es maltratado por algún rufián hollywoodense; incluso gritarán y proferirán secretas amenazas contra semejante ser humano que no tiene consideración alguna con los pobres animalitos. Pero, lo anterior no lo exenta de que, en algún intermedio de la película y mientras le alcanzan un refresco frío y botanas preparadas para la ocasión, emita la orden fulminante a su séquito de seguridad, de que ajusticie a tal o cual vendedor por no haber pagado a tiempo su mesada de protección.
Los narcotraficantes de hecho van a misa, sus esposas y madres también y suelen ser generosos en sus limosnas para comprar indulgencias. Los narcos hacer rodar —literalmente— las cabezas de sus enemigos, pero son absueltos por curas bondadosos que reciben gustosos las llamadas narcolimosnas. Todo mundo sabe que en Sinaloa, los principales capos del crimen organizado le rinden tributo y fe a la “alma bendita de Jesús Malverde”, el llamado “Santo Patrono de los narcotraficantes.” La iglesia católica no se pronuncia en contra, ni lo niega, ni lo acepta... sino todo lo contrario.
La leyenda cuenta que mafiosos y jefes de la droga van a encomendarse a su santa protección y a pedirle favores especiales, dejando generosas limosnas que luego se reparten entre los más necesitados. Justo como hacen los políticos... con dinero ajeno y del pueblo.
Los religiosos, por su parte, también son personajes raros, al igual que los narcotraficantes o los políticos. Hace poco —24 de mayo— se cumplió el décimo quinto aniversario del asesinato del cardenal Juan Jesús Posadas Ocampo. Ríos de tinta, reportajes y libros completos han tenido por figura central al malogrado religioso, muerto a balazos en el aeropuerto de Guadalajara, Jalisco.
Con una fineza de colección, don Jesús Blancornelas publicó en su momento que en el aeropuerto Miguel Hidalgo, de Guadalajara, aterrizan tantas versiones como aviones sobre el asesinato del cardenal Juan Jesús Posadas Ocampo.
Desde entonces se han manejado las siguientes “teorías”: 1) lo mataron en una desgraciada confusión; y 2) el fuego cruzado entre bandas rivales causó su deceso. Por esos aciagos años —lo siguen siendo— había una interpretación más: desapareció un maletín que portaba en su mano derecha el prelado y, a decir de los conspiradores de tiempo completo, dicha valija traía algo muy importante, posiblemente —dijeron— “una lista con nombres de involucrados en la mafia.”
Una digresión rápida en el asunto: la mejor teoría y solución que he escuchado al respecto es la de un viajero que le explicó a su hijo los pormenores del crimen. Al llegar a Guadalajara y señalarle el lugar donde cayó abatido el cardenal, le espetó al crío: Mira hijo, es que Posadas Ocampo fue confundido con un refrigerador.
Lo anterior viene a cuento porque luego de quince años de su asesinato, el arzobispo Juan Sandoval Íñiguez declaró que la Iglesia quiere saber la verdad, siquiera para saber a quién perdonar... ¿Esto dijo? Efectivamente, fue lo que declaró el purpurado. Saber para perdonar, confesar a los narcotraficantes para absolverlos, condonarlos, —acaso— alentarlos...
Declaración bizarra, absurda, amparada en ese viejo dogma católico y cristiano de perdonar a tu enemigo, perdonar a quien te haya hecho daño.
El hecho se da cuando empieza a circular un libro publicado por la Arquidiócesis tapatía, donde entre otras cosas, se refiere el dicho del sacerdote José Uribe Nieto —primero al cardenal Sandoval, en nota “escrita a mano y en latín”, y luego al Ministerio Público—, en el sentido de que, en junio de 1999, el obispo Luis Reynoso (de Cuernavaca) me dijo, ante testigos, que el asesinato del señor Juan Jesús fue directo e intencional, que de ninguna manera fue por confusión, sino (que resultó perpetrado) por sicarios foráneos… más aún —indicó— el obispo aseguró que conocía el nombre del mandante… (Nota de Enrique Aranda).
Insisto, los narcotraficantes tienen mucho que ver con los curas, con los sacerdotes, con los religiosos. Contó Blancornelas en su leída columna de “Conversaciones privadas”, editada en varios diarios del país, y luego las columnas recogidas en libros, que el padre Gerardo Montaño, en mayo de 1993, bautizó a un ahijado de Benjamín Arellano Félix, uno de los temidos miembros del cartel de los Arellano. La ceremonia tuvo lugar en un domicilio particular y las fotografías fueron editadas por el legendario director y fundador del semanario Zeta de Tijuana. El padre Montaño ratificaría después que, efectivamente, sí había realizado el bautizo, en una declaración para el diario Frontera, en 1993. Luego, por si no bastara, haría lo mismo con el Excélsior en 1994 y, finalmente, transcurrido cinco años, ante el Ministerio Público.
Uno de las principales voces críticas que se ha levantado con singular reclamo por la muerte del cardenal, es la de Sandoval quien, según una encuesta efectuada recientemente por el diario Mural de Guadalajara, refiere que el cuarenta y un por ciento de los católicos en Guadalajara considera que el principal error de Sandoval Íñiguez como líder de la Arquidiócesis es hablar mucho de política.
En el ejercicio de su vocación, comenzó en 1957 con su ordenación sacerdotal, Sandoval Íñiguez también ha sido vicerrector del Seminario, obispo coadjutor de Ciudad Juárez y, desde 1994, tras el asesinato de Posadas Ocampo, arzobispo de Guadalajara.
Hoy, a poco más de quince años de la muerte del cardenal, Sandoval insiste en que la autoridad encuentre a los responsables bajo una razón cristiana: “saber a quién perdonar.”
Habría que hacer un nuevo bestiario de seres “fantásticos”, con estampas como la de un burócrata, un religioso, un narcotraficante, un político... E4 
|