Juan Tovar convence una vez más desde una metáfora ficticia para una realidad brutal
Una propuesta teatral. Tlatoani.
Las muertas de Suárez
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Cirilo Recio Dávila |

La tensión de la vida y la muerte, el destino y el libre albedrío, la inocencia y la culpa se entrelazan constantemente para dar luz, a partir de una obra de teatro, reflexiones en torno a nuestra realidad. Rafael Hernández, Lucía Sánchez y Jesús Valdés sobresalen con excelentes actuaciones.
Durante el mes de mayo de este año se presentó los fines de semana, en el Teatro de Cámara de la Ciudad, esta vigorosa farsa dramática de Juan Tovar, uno de los mejores dramaturgos de México. Tlatoani… es una pieza poderosa en su construcción argumental y por su tema, porque está elaborada a partir de un duelo de inteligencias entre sus protagonistas y porque trata una cuestión inquietante: la frontera a veces endeble —pero a veces también infranqueable— que separa el crimen de la inocencia.
La puesta en escena de Jesús Valdés es un acierto patente desde la creación de esa atmósfera de opresión que se vive en esa frontera ficticia que es Ciudad Suárez, hasta en el desarrollo paulatino de las acciones que los actores y la actriz del reparto definen para dar realidad a la farsa quiliásmica —apocalíptica— de Juan Tovar. Un ambiente cargado por la densidad de las maquiladoras, el desierto y la frontera hipotética, irreal y una apuesta dramatúrgica que se establece paso a paso para lograr la tirantez de lo inminente.
Los espectadores ingresan a un medio donde la música de Papa Tarahumara genera la tensión de la vida y la muerte, el destino y el libre albedrío, la inocencia y la culpa. La mesera conduce entonces a Mr. Frye y a Quintero hasta la mesa de un lugar situado entre la vigilia y el sueño, donde se verificará ese diálogo imposible, pero no inverosímil, porque la magia del teatro consiste justamente en presentar la ilusión, el sueño, la fantasía, la imaginación y la ficción con los elementos de la realidad, darles la verosimilitud más precisa, de modo tal que la creación, el arte sea una realidad viva. Es decir crear un universo palpitante donde se reconocen todas las dimensiones humanas.
En el duelo dialógico que tiene lugar entre Mr. Frye (Jesús Valdés) y Quintero (Rafael Hernández) cada personaje emplea a fondo su astucia y su ingenio. Pero como pertenecen a dos culturas diferentes y en ocasiones hasta opuestas —uno viene del poderoso país de Yanquilán, mientras que el otro es oriundo de la mítica República Huaxilana— su entendimiento tiene que basarse en una constante confrontación de sus mutuos prejuicios, en una continua y absurda demostración de fuerza y superioridad y en poner en juego sus respectivos y fatuos valores. Aunque este intenso enfrentamiento podría llevar, como ocurre en la realidad cotidiana, a un intrascendente pleito de cantina, aquí es teatro de primer nivel y Frye y Quintero se abisman en un terreno apocalíptico: ¿qué es el crimen?, ¿quién es la víctima? La respuesta los conduce a una situación límite en la cual, Martha Bárbara (Lucía Sánchez) la mesera y cantante del cabaret de los dos mundos, tendrá el papel más brillante de su carrera.
Martha Bárbara no participa de esa competencia irracional en la que están enfrascados los policías. Su presencia es un contrapunto, un oasis femenino que lleva la belleza, la bebida y la botana, pero que también proporciona a los parroquianos una conversación limpia, agradable y cordial, por lo que contrasta con el entorno cruel e inhumano de Ciudad Suárez. Es la mujer que da su persona con desenfado e ilusión, con una ilusión desbordada, infantil y hasta peligrosa. A ella no le interesa ese pulso verbal entre los gladiadores, pero lo atestigua divertida como un juego del que no conoce sus consecuencias.
El arte de la actuación se basa en las acciones externas —físicas, espaciales y temporales— y en las acciones internas —emotivas, psicológicas e intelectuales— de los actores que corresponden a los estímulos exteriores que la obra propone. El actor realiza estas acciones con sus destrezas innatas y adquiridas como son la voz, la presencia física, las habilidades y los valores que ha aprendido, sus convenciones y convicciones. En este punto vale comentar que en Tlatoani… la actuación fue un logro fundamental para alcanzar el suspenso y el impacto dramático que plantea Juan Tovar.
Rafael Hernández como Quintero, expresó convincentemente esa actitud prepotente y descastada de un policía huaxilano que ha perdido los valores de la vida y la dignidad, aunque en ocasiones su tarea escénica parecía displicente, tal vez porque su personaje lleva la mayor carga verbal y esto requiere sostener una energía constante en el espacio escénico. Lucía Sánchez dio vida esmeradamente a una Martha Bárbara ilusionada por superarse en la vida, dulce y peligrosamente condescendiente con los clientes del cabaret; sin embargo algunas veces su presencia escénica se ve apresurada por la dificultad de encontrar el lugar apropiado para su expresión. Mientras tanto Jesús Valdés, en su papel de Mr. Frye, creó un personaje desencantado de la vida y del ser humano, pero inmerso aún en el juego del policía frío e inteligente que combate al crimen con total convicción aunque sin esperanzas. Su actuación fue precisa y emotiva, con matices cuidadosos, pero en algunos momentos con cierta indecisión, posiblemente porque la lógica que determina el texto es sorprendente. En resumen, la farsa de Juan Tovar alcanza con este montaje un grado cercano al pulque: produce esa embriaguez de vértigo que solamente la verdadera reflexión sobre la condición humana —frágil, vulnerable y proclive a deshacerse ante la menor provocación— provoca. La fortaleza que tiene esta obra fársica comunica el desamparo de la víctima y la prepotencia irracional del criminal. 
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