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15 de julio de 2008


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Más de veintitrés años amparan una carrera ejemplar, hoy orgullo de de varias generaciones

El legado siempre vigente de Margarito Arizpe Rodríguez

J. Jesús Santos González

Acercamiento a la vida y obra de uno de los grandes maestros juristas y poetas de Coahuila. Su nombre está inscrito en el mural del Palacio de Justicia de Saltillo, al lado de los más grandes jurisconsultos del Estado

 

Decía el licenciado Felipe Sánchez de la Fuente, uno de los más grandes ex alumnos del Ateneo Fuente, al hablar de la condición humana: es privilegio de las grandes almas redimirse de la vida material; sustraerse a las limitaciones del tiempo y del espacio; vencer el imperioso llamado de las pasiones, que atan a la tierra; penetrar en el mundo de las esencias inalterables, en el ámbito de la libertad verdadera, de la serenidad mística, para confundirse con su creador; alzarse sobre las miserias humanas y dictar su mensaje para la inmortalidad.
Dicho pensamiento, bien puede aplicarse a la vida del hombre que en estas líneas evocamos, pues a dicho linaje de almas superiores perteneció el licenciado Margarito Arizpe Rodríguez, quien, al llevar a la práctica la frase de Warfell: vive en contra de los intereses materiales, si haz de conquistar la verdad y la vida, nos legó a las nuevas generaciones no sólo su condición de jurista, maestro y poeta; sino también su modestia y sencillez de hombre sabio y hombre bueno, atributos que a treinta años de su sentida ausencia siguen siendo los rasgos distintivos de su personalidad, que nos muestran aún hoy en día, la verdadera dimensión de su grandeza.
Dicho ex alumno, maestro y director del Ateneo Fuente, quien hizo de esta ciudad su provincia, a la que tanto amó y dedicó lo mejor de su vida y obra, nació en la Hacienda “El Venado”, municipio de Ramos Arizpe, Coahuila, el 20 de diciembre de 1895, siendo sus padres el señor Don Crisóstomo Arizpe y la señora Concepción Rodríguez.
Cursó sus estudios primarios en el Colegio de San Juan Nepomuceno, mientras que los de secundaria y bachillerato los llevó a cabo en el antiguo Ateneo Fuente, ubicado al lado de la plaza San Francisco de Saltillo.
Fue su contacto con esta institución lo que moldeó su carácter y definió no sólo su gusto por las letras y la poesía, sino también su vocación por las ciencias sociales, llevándolo a abrazar la carrera de abogado, inscribiéndose en 1915 como alumno de la Escuela de Jurisprudencia y Notariado de dicha institución, siendo contemporáneo de los entonces también estudiantes y después destacados profesionistas Praxedis García de la Peña, Feliciano Cordero, Francisco García Cárdenas, Luis Lajous Madariaga, Palemón Valero Recio y Praxedis de la Peña Sánchez, entre otros.
Como estudiante de la institución, tuvo por maestros a destacados abogados de la judicatura coahuilense, quienes encauzaron el carácter del entonces estudiante en adquisición de la sólida formación profesional que siempre lo distinguió, destacando entre ellos los nombres de los licenciados Melchor G. Cárdenas, Manuel J. Rodríguez, Matías L. Carmona, Jacobo Vélez, Severiano García, Félix Flores, Herminio Siller y Romualdo Dávila de la Peña.
Su examen profesional para obtener el título de licenciado en Derecho lo sustentó el día 20 de noviembre de 1920, ante el jurado presidido por el Lic. Matías L. Carmona e integrado por los abogados Romualdo Dávila de la Peña, Praxedis de la Peña y Flores, Severiano García y Félix Flores, quienes después de tres horas de haberlo examinado “sobre las diversas materias que constituyen la profesión” según reza así el acta No. 183 del libro de exámenes de recepción, lo aprobaron por unanimidad.
Es también en el Ateneo Fuente, cuando aún era alumno de la carrera de Derecho, que inició el 1 de mayo de 1920 una de las facetas que lo distinguiría con el tiempo en la comunidad cultural de esta ciudad, al iniciar su larga trayectoria de maestro de Literatura Mexicana e Introducción a la Filosofía, cátedras que impartió durante quince años y cinco meses; trayectoria que lo llevaría a desempeñar el cargo de vigésimo segundo director de dicha institución durante los años de 1938 a 1940; prestigio académico que acrecentó al figurar en 1946 como uno de los fundadores de la Escuela Normal Superior, desempeñándose en calidad de Catedrático Titular de las asignaturas de Literatura Mexicana III y Literatura Española I y II curso, las que impartió de manera ininterrumpida por espacio de veintitrés años y diez meses.
En 1924 contrajo nupcias con la señorita Elena Narro Theard, en cuyo matrimonio procreó cuatro hijos, Roberto, Enrique, Guillermo y Eduardo Arizpe Narro (q.e.p.d), todos destacados profesionistas.
Margarito Arizpe Rodríguez, incursionó también en el campo de la política al desempeñar en 1934, el cargo de presidente municipal de Piedras Negras; pero fue en el ámbito judicial donde su vocación de jurista encontró su mejor desempeño, al ocupar en 1933, durante la administración del gobernador Jesús Valdés Sánchez, el cargo de procurador general de justicia en el estado; ingresando posteriormente al Poder Judicial de la entidad, donde desempeñó los puestos de juez de primera instancia en Materia Penal y Civil, magistrado de la Tercera Sala del Tribunal Superior de Justicia durante el período comprendido de 1949 a 1953, y secretario auxiliar de la Primera Sala a partir del 10 de abril de 1970, hasta su jubilación en 1974, recibiendo por tan destacada trayectoria la medalla al Mérito Judicial.
Margarito Arizpe Rodríguez no sólo incursionó con éxito en el campo de la política y la judicatura, sino que su quehacer intelectual, aparejado a su sensibilidad y vocación por la literatura, lo llevaron a adentrarse también con renombre en los círculos literarios de la ciudad y del Estado, conformando así en 1925, conjuntamente con Federico Berrueto Ramón, Jesús Flores Aguirre, Otilio González, Ponciano Guerrero G., Luis Lajous Madariaga, Raúl Neira Hernández, Felipe Sánchez de la Fuente, María Suárez, Rosalinda Valdéz y Sergio R. Viesca, el grupo conocido en la literatura de Coahuila como “Los once poetas de nueva extremadura”.
Es en este selecto grupo de distinguidos coahuilenses donde Margarito Arizpe Rodríguez alcanza la talla no sólo de hombre de letras, sino también la cualidad de hombre preocupado por lo universal, pues aparte de innovar a juicio del después su alumno y crítico literario Federico González Nañez la poesía de su tiempo, hizo de ésta el recurso para reflejar su entorno provinciano, imbuido de la influencia de Amado Nervo y Ramón López Velarde.
Así, dentro de la corriente literaria del post modernismo, se inscriben sus poemas dedicados a Saltillo, Piedras Negras, Monclova y Parras de la Fuente así como sus sonetos decasílabos, endecasílabos y alejandrinos “Pecadora”, “La Capilla”, “El Crucifijo”, “Plegaria”, “En mi Obscuro Camino”, “Oración”, “Prisionera de Amor”, “La Campana”, “La Higuera”, “Quinceañera”, “La Despedida”, destacando también su poema “Un Libro y Una Cruz” leído el 7 de septiembre de 1940 ante la tumba de su amigo Hildebrando Siller Farías, así como su “Oración Fúnebre” pronunciada al inhumar en el Panteón de Santiago de ésta ciudad los restos de su compañero y poeta Jesús Flores Aguirre, muerto trágicamente en la Habana, Cuba, el 24 de agosto de 1961.
A Margarito Arizpe Rodríguez le corresponde el honor de haber sido el precursor de una generación de abogados, egresados de la Escuela de Jurisprudencia, hoy Facultad del mismo nombre, que al igual que él desarrollaron y desempeñaron su vocación por las letras, como son los licenciados Arturo Ruíz Higuera (q.e.p.d), Federico González Nañez (q.e.p.d), Felipe Gámez Ríos (q.e.p.d), Roberto Orozco Melo y Armando Fuentes Aguirre “Catón”.
Por cierto, es su participación en los trabajos preparatorios que llevaron a la fundación de esa institución el 1 de abril de 1943, así como su posterior desempeño como ameritado maestro, lo que lo ubica al lado de Severiano García, Francisco García Cárdenas, Alejandro V. Soberón, Eduardo J. Hernández Elguezabal, Antonio Guerra y Castellanos, Alberto Fuentes Flores, Ernesto Cordero de la Peña y Evelio H. González Treviño, firmantes del acta de su fundación de fecha 20 de febrero de 1943, como uno de sus más destacados y distinguidos maestros.
Así, por acuerdo del 22 de febrero de 1943, fue propuesto al cargo de primer catedrático de Introducción al Estudio del Derecho para el primer grado, impartiendo posteriormente en el devenir del desarrollo y consolidación de dicha institución, las cátedras de Doctrinas Económicas, Sociología, Quiebras y Derecho Civil (Contratos).
En acta de fecha 15 de marzo de 1943, el entonces Consejo Consultivo de la Escuela de Leyes del Estado, lo designó encargado de pronunciar a nombre de la naciente institución, el discurso oficial en la ceremonia de apertura de cursos, celebrada el 13 de agosto de 1943; presidida por el entonces titular del Ejecutivo, Benecio López Padilla.
Es en su calidad de catedrático, que Margarito Arizpe Rodríguez, adquirió el rango de ameritado maestro de la hoy Facultad de Jurisprudencia, y donde su condición de hombre de bien, sencillo y modesto, lo sitúa en el grado de grandeza sólo comparado con el de Francisco García Cárdenas y Antonio Guerra y Castellanos, fundadores de dicha entidad, al desplegar en la cátedra toda su sabiduría y experiencia de gran jurisconsulto; y hacer de su generosidad y bondad dentro y fuera del aula, su sello personal de destacado y queridísimo maestro como aún se le recuerda hoy en día.
Bien puede decirse que él. Al igual que los grandes maestros, no tuvo alumnos sino discípulos; a quienes enseñó con el ejemplo cotidiano de su vida, que la aplicación de la norma jurídica debe ir siempre aparejada de la sensibilidad del espíritu, para no hacer de esta sólo un gélido conjunto de principios, ayunos de equidad y de justicia.
Es bajo esta premisa, que Margarito Arizpe Rodríguez, rigió siempre todos los actos de su vida, aún en los más mínimos detalles, como lo ilustra la anécdota que en este sentido lo retrata cabalmente.
En un examen profesional en la entonces Escuela de Jurisprudencia, donde participaba en función de sinodal al lado del director Francisco García Cárdenas, Don Margarito consideraba que debería aprobarse al alumno, mientras que Cárdenas sostenía lo contrario. Después de largas deliberaciones al respecto, y viendo que el entonces director no cambiaba de postura, a fin de no ahondar tal diferendo, pero sin consentir aquel acto a su juicio de inminente injusticia que se avizoraba y tratando de salvar al infortunado alumno, reconvino a Cárdenas diciéndole con la confianza que se prodigaban: ¡No le repruebes Pancho, deja que eso lo haga la vida!
Su nombre está inscrito en el mural del Palacio de Justicia de Saltillo, al lado de los más grandes jurisconsultos del Estado, y su retrato aparece incluido en el que con motivo del sexagésimo aniversario de la fundación de la Facultad de Jurisprudencia, elaboró en el año del 2003, la pintora Mercedes Murguía, a la entrada del auditorio “Lic. Antonio Guerra y Castellanos” de dicha institución; pero su presencia y legado como ser excepcional, sigue estando en el corazón de todos los que tuvimos la oportunidad de conocerlo y tratarlo con su bondad infinita que a todos prodigaba, así como abrevar como alumnos suyos que fuimos, en la fuente de sabiduría.
Rodeado del cariño, aprecio y respeto de su familia, discípulos y autoridades educativas y judiciales, Margarito Arizpe Rodríguez falleció hace tres décadas, el 24 de enero de 1978, a la edad de ochenta y tres años, siendo inhumados sus restos en el Panteón Santo Cristo de Saltillo, donde reposa sus fatigas y nos convoca a sus miles de ex alumnos con su ejemplo, a no olvidar que el hombre vale más por los valores morales que trascienden más allá de la muerte, diciéndonos con su voz casi inaudible, serena, tranquila y apacible, como el poeta Antonio Machado: vivid, la vida sigue, hacedme un duelo de trabajos y esperanzas.

 
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