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1 de julio de 2008


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Tú cuerpo se irá a la tumba intacto de emociones: Lorca

FEDERICO GARCÍA LORCA: CON UN GRAN SOL POR BÁCULO.
(entre la muerte y el agua)

Rafael de Águila

Símbolo de España y de injusticias cometidas. El asesinato del poeta es lo que más lo mantiene con vida. Mientras Vallejo tuvo para su muerte la visión de la ciudad, del día, del mero aguacero; el poeta español, por su parte, visionó el sitio rural que le cubriría

 

Federico García Lorca, niño y poeta, fue uno de los poseídos por el duende que él mismo enunciara. Ni ángel ni musa que desde fuera arriban; duende, gnomo que sólo se anuncia si la muerte circunda y avanza porque el duende (bien lo sabía él) gusta de los bordes del pozo. Si el paisaje es una constante en la obra de Federico, el agua resulta de los elementos más aludidos. Agua en cualquiera de sus insinuaciones; fuentes, riachuelos, estanques, lluvia, ríos, océanos, nieve. Nació él en Fuente Vaqueros, en el número cuatro de la calle Trinidad, tierras de los antiguos reyes nazaríes de Granada. Murió en Fuente Grande, un punto en la carretera que une Viznar y Alfacar, villorios aledaños a su Granada amada. En Fuente nace, en Fuente muere. En Fuente Vaqueros, muy cerca, se desliza el río Genil, afluente del Guadalviquir, agua primigemia del poeta. El río Guadalviquir / va entre naranjos y olivos / los dos ríos de  Granada /  bajan de la nieve al trigo. (1)  En aquella horrible madrugada de agosto el plomo encuentra su pecho en un sitio de tierra gris donde se había intentado cavar, infructuosamente, un pozo. Andalucía, siempre Andalucía, y agua, siempre agua. En cada cosa hay una insinuación de muerte, dirá, inmerso en el trágico espíritu  de su  vida y  de su tierra. Viznar (sitio en el que apenas viven hoy ochocientos dieciocho habitantes), a sólo dieciséis kilómetros de Granada y mil setenta y cuatro metros de altitud, es un cerro al pie de las montañas de Alfaguara, se dice que hay frescas arboledas y que el clima es algo frío. Federico, según otra versión, encontró sepultura muy cerca de un olivo. (2) Verde que te quiero verde, verde viento, verde ramas. Agua, tierra, un olivo, la muerte, quizá la luna con su reflejo de plata, símbolos todos en la obra Lorquiana. El mítico juego del duende, el oscuro drama del pozo: Vecinitas, les dije, ¿dónde está mi sepultura?
Apenas el 24 de junio, aún en Madrid, había leído, en casa de los condes de Yebes, La casa de Bernarda Alba. Los padres del poeta solían mitigar los vapores del verano en la Huerta de San Vicente, Granada. Hacía allá parten el 5 de julio. El 11 Federico cena en casa de Pablo Neruda. Antes, Federico ha leído a Jorge Guillén y Pedro Salinas La casa de Bernarda Alba. (3) Los acontecimientos en Madrid le intimidan; manifiesta deseos de viajar a Granada, alejarse de, lo que piensa, será el centro de la tormenta, no se decide; duda. Los consejos le llaman a permanecer en la capital, estará más seguro, se le dice. El 13 de junio había sido asesinado Calvo Sotelo, la insurrección falangista, ya en ciernes, se precipita.  Por esos días José Bergamín encuentra en su despacho el manuscrito de Poeta en Nueva York, fiel a ese legado, lo publicaría en México, cuatro años después. (4) La noche del 13 de julio Rafael Martínez Nadal acompaña al poeta a la terminal de trenes; Federico viaja en busca del abrigo de Granada. Un abrigo que le rodeará, ya para siempre, con el musgo de la tierra. Cuando niño a mí me dijo / un día mi pobre abuela / que al morirme yo me iría / sobre las hojas más tiernas. Con esa lucidez conmovedora y premonitoria que suele acompañar a algunos seres, alerta al amigo: Rafael, estos campos se van a llenar de muertos.
En Lorca, ¿quién lo duda?, la poesía es teatro y el teatro es poesía. En su poesía aparecen, desde los inicios, formas típicamente teatrales: personajes, escenas, diálogos, parlamentos. Balada de la Placeta, el primero de los poemas que publica Lorca, nos regala, fiesta iniciática, dos personajes perfectamente delimitados: los niños y Yo, antes, se ha  acotado la escena: los niños están cantando la noche quieta. Ya en Poema del Cante Jondo, libro publicado en 1921, pero compuesto por piezas anteriores, las formas teatrales emergen con toda claridad; en Escena del Teniente Coronel de la Guardía Civil otra vez se acota debidamente la escena: es un cuarto de banderas. Tres personajes se mueven en ese poema; un teniente coronel, un gitano, un sargento. Al final se lee: (en el patio del cuartel cuatro guardias civiles apalean al gitanillo). Se ha concluido la lectura, podría convenirse, de una pequeña escena de teatro. Un segundo poema de este libro reincide en lo que Juan Chabas llama esbozos dramáticos; se trata de Diálogo del Amargo, pieza esta más extensa en la que a través del corpus poético deambulan cuatro personajes, poema que no pocas veces se ha representado. A Carlos Arnichez, el dramaturgo más representativo del sainete madrileño, Lorca lo calificaría como más poeta que todos los que escriben teatro en verso actualmente. El énfasis en las cualidades poéticas de Arnichez pone de manifiesto cuan importante es para Lorca la poesía en el teatro. Más tarde, las formas teatrales desaparecen de su poesía, quizá puedan encontrarse, raramente, en alguna que otra obra suelta. Recordemos que Poema del Cante Jondo data de 1921; por esa fecha la producción teatral del andaluz sólo contaba con una pieza; El maleficio de la mariposa, escrita en 1919. Una vez libre el duende del teatro queda la poesía sin sus aladas incursiones. El teatro, en cambio, se inunda de poesía. 
Se fue a Granada por silencio y / tiempo nos insinúa Juan Ramón Jiménez. La prensa reflejó la llegada del poeta a su Granada. El 15 de julio de 1936 el Defensor de Granada anunciaba en primera plana el arribo del poeta: Se encuentra en Granada desde ayer el poeta granadino don Federico García Lorca. Tres son los periódicos que lo anuncian; uno de ellos, el Diario Granadino, le llama: nuestro ilustre paisano. La Huerta San Vicente, construida en 1880, tuvo inicialmente por nombre Huerta de los Mulos; al enviudar el padre de Federico y casar en segundas nupcias con doña Vicenta Lorca, la Huerta, en honor a ella, tomó su nombre. Era una casa típicamente labriega de la vega de Granada. En el jardín crecían jazmines, higueras, un nogal. En algunas de sus cartas Lorca hace alusión a ello. Muy cerca, la Huerta del Tamarit, propiedad de un tío del poeta. A ella se referiría Federico en sus poemas últimos. A pocos días del arribo de su arribo, los falangistas tienen su alzamiento en Granada. El miedo invade al poeta; ¡cuánto no lamentaría en tales instantes el no haber atendido el consejo de permanecer en Madrid! ¡El 9 de agosto los falangistas se acercan a la Huerta, un segundo grupo irrumpe más tarde en ella, Federico es golpeado y vejado. Alfredo Rodríguez Orgaz, joven arquitecto de filiación socialista que allí había encontrado asilo, logra escapar, antes ha instado a Lorca a seguirlo, este se niega. Una junta familiar debate qué hacer para proteger al poeta; nadie piensa en la posibilidad de muerte, sólo protegerlo de malos tratos y vejámenes. El propio Federico llama por teléfono a Luis Rosales quien acude solícito. Los Rosales eran connotados falangistas; Luis, falangista y  poeta, le invita esa misma noche a trasladarse a su casa. En la madrugada del 16 de agosto es fusilado en el cementerio de Granada el cuñado de Federico, Manuel Fernández Montesinos, ex alcalde de Granada, socialista. Apenas veinticuatro horas separaban a Federico de su sitio de tierra gris en Fuente Grande. A las 3:30 de la tarde fue detenido por una patrulla en casa de los Rosales. Todas las tardes en Granada se muere un niño, había escrito en uno de sus últimos poemas. (5)
El duende gusta del drama y la poesía irrumpe sin ataduras; Yerma y Bodas de Sangre son excelentes ejemplos. Es el Cuadro Segundo de Bodas de Sangre la suegra de Leonardo entona una nana, un segundo personaje repite un ritornelo: Duérmete, rosal / que el caballo se pone a llorar. El Cuadro Segundo tiene, a la  grupa de la poesía, sus inicios. En el Acto Tercero, Cuadro Primero, somos testigos del contrapunto entre Luna y Mendiga.  El clímax de la tragedia arrebata las voces cuando la Novia y Leonardo intercambian palabras de fuego: que yo no tengo la culpa / que la culpa es de la tierra / y de ese olor que te sale / de los pechos y las trenzas. Todo hace recordar la intacta belleza de La casada infiel, poema anterior a la tragedia nupcial. El clímax se desata desde el magnetismo de la poesía. Clavos de luna nos funden / mi cintura y tus caderas; la poesía: alma que levanta y deja caer el telón. La enorme virilidad de la poesía lorquiana le confiere a su teatro una savia imponente. Bodas de Sangre es teatro, y es, nadie lo duda, poesía. También música; las formas poéticas se funden con el pentagrama como en la lírica de amor de los antiguos provenzales; coplas, canciones, cantares, nanas. En Yerma, un año después, Lorca concibe un poema trágico en tres actos y seis cuadros. Un poeta tiene que ser profesor en los cinco sentidos corporales declara Federico en La imagen poética de Luis de Góngora, también andaluz. Abierto debe estar al mundo el poeta. Abierto al salto del poema por aldeas y  cañadas. Abierto cuando la cornada taurina cause la muerte al torero Sánchez Mejías en agosto de 1934; abierto cuando en el verano de 1928 Federico, que descansa en la Huerta de San Vicente, descubre en la prensa un suceso de crónica roja. La tragedia tuvo por escenario Níjar, Almeria. Francisca Cañada, de veinte años, a horas de la boda, se fuga con su amado primo, los ofendidos buscan a los amantes para lavar la afrenta, el primo recibe tres tiros, Paca logra sobrevivir, a las tres de la madrugada habría quedado unida en matrimonio con Casimiro Pérez Pino. Lorca, profesor de todos los sentidos, tiene ya el argumento de una futura tragedia, dibujará, romántico donaire, una novia linda; Paca no lo era; desgarbada, coja, de dentadura prominente. Casimiro Pérez se casó con otra mujer, murió en 1990, a los noventa y dos años. Paca La Coja vivió toda la vida en Níjar; su casa estuvo siempre rodeada por la curiosidad de los niños. La realidad se nos antoja hoy irreal; lo real para todos está en la obra de Lorca: el 8 de marzo de 1933, sin que Paca y Casimiro lo sueñen siquiera, se estrena en Madrid Bodas de Sangre.
Todas las versiones concuerdan en ello: una patrulla lo detiene en el número 1 de la calle Angulo, son las tres y media de la tarde. Un absurdo despliegue de armas medra por las azoteas, piquetes cortan las calles como si la poesía resultase peligrosa. La tarde era calurosa, Federico, en el patio de los Rosales, bajo la frescura de un toldo, reposaba el almuerzo. Se le conmina a acompañar a la patrulla al Gobierno Civil, le aseguran que se le requiere para unas declaraciones. Pálido, sube al segundo piso a vestirse. Se despide. En el Gobierno Civil permanece en despacho cercano al del Gobernador. Los que le ven coinciden en su abatimiento. Casi a la medianoche se le traslada a Viznar. El villorrio había por esos días devenido sitio macabro; hacia allí se trasladaba cada noche, con el sigilo de los que pretenden encubrir el crimen, a los reos de muerte. La orden, para muchos aún hoy de impreciso emisor, estaba ya dada. En las afueras de Viznar se levantaba un viejo molino que en verano se empleaba como albergue de niños. Los fascistas instalan allí una pequeña capilla y le convierten en corredor de la muerte. Esa noche, ante el peligro de que la poesía les doble en fuerzas y armas, nuevos hombres son llamados a vigilancia. En un sitio donde aún revoloteaban juegos infantiles, el poeta, con traje oscuro, aguardaba al duende. En Granada, su Granada de agua, plata, luna y verde, encontraría, como antes su heroína y coterránea Mariana Pineda, la muerte. 
Un muerto está más muerto en España que en cualquier otra parte del mundo le escuchó el auditorio en Las nanas infantiles. En Teoría y juego del duende quizá el mismo auditorio escuchó lo opuesto: un muerto en España está más vivo como muerto que en ningún otro sitio del mundo. La muerte: obsesión que signó el vía crucis de Lorca. Desde sus primeros poemas, escritos entre 1918 y 1920, esos que aparecen en Libro de Poemas, apenas con veinte años, la muerte es la más asidua de las alusiones: si la muerte es la muerte / ¿qué será de los poetas?, se pregunta. En Cigarra, de 1918, alaba a una cigarra porque muere borracha de luz. En Elegía sostiene: Tú cuerpo se irá a la tumba / intacto de emociones. La premonición resulta escalofriante en Sueño: mi corazón reposa junto a la fuente fría. Y un año después: Hay en mi pecho una hondura / de sepultura. En La Luna y la Muerte aúna dos de sus más empecinados símbolos. Y no es sólo él quien muere, ni siquiera es la humana muerte; en esos poemas se muere todo: se muere un chopo, se muere la luna, se muere un trigal, es la muerte polimórfica y ubicua, la muerte total lanzando su cornada hiriente. Es 1936 y son los poemas previos a su ascenso aquella madrugada a Viznar, han transcurrido dieciocho años, la mitad de la vida de un hombre que muere a los treinta y ocho, mas la muerte, despectiva del tiempo, se adhiere con mayor fuerza a cada página. El duende, que se deleita en los bordes, se acerca paso a paso al límite. En Gacela del amor imprevisto alude a tu boca ya sin luz para mi muerte. Leemos Gacela del amor desesperado y mueren dos amantes. Me separa de los muertos / un muro de malos sueños, nos lanza en Gacela del recuerdo. En Gacela de la muerte oscura lo tanático irrumpe en remolinos negros desde el título mismo para más tarde asombrarnos: quiero dormir el sueño de las manzanas / alejarme del tumulto de los cementerios. Vallejo, muerto en 1938, tuvo la visión de la ciudad, del día, del mero aguacero; Lorca, visionó el sitio rural que le cubriría. En Casida de la huída (tuvo como primer nombre Gacela de la muerte clara) escribe ignorante del agua voy buscando / una muerte de luz que me consuma. Así como antes hermanó a la luna con la muerte, enyuga ahora la muerte con el agua. Agua, luna y muerte; triunvirato que no faltará en aquel sitio postrero en Viznar. Al líquido elemento retorna Federico en Casida del herido por el agua donde la muerte es blanca y (lance la ciencia sus doctos microscopios sobre premoniciones de poetas) señala quiero bajar al pozo / quiero morir mi muerte a bocanadas. La muerte es tan muerte en Lorca que se le dota de los más conspicuos y viriles atributos de vida; en Casida de la mujer tendida, ante el deleite del cercano cuerpo desnudo, seducidos por la voluptuosidad de la carne, los muertos, en fúnebre libido, gimen esperando turno. Y es que en España, recordémoslo, los muertos están más vivos que en cualquier otra parte. Es la Casida del sueño imposible y se clama una mano para tener un ala de mi muerte. Una pregunta nos despide de Diván del Tamarit: Vecinitas, les dije, ¿dónde está mi sepultura? (6) Veintiuno son los poemas que pueblan este libro; nueve nos hablan de muerte. No es un libro póstumo; es un cementerio. La muerte, como el duende, flotaba insinuante en el aire.                                             
Federico fue fusilado por la atrocidad a las cuatro de la madrugada. Un certificado de defunción, absurdo como todos ellos, indica heridas de guerra. Como en todas las dictaduras la inteligencia es cercenada por las truncas manos de la bestialidad y la ignorancia. Quizá en lo alto brillase la luna. Quizá muy  cerca un olivo; Andalucía es pródiga en ellos. Quizá Federico pensara en su madre; doña Vicenta. Puede que en la infancia allá en Fuente Vaqueros. En el Madrid que no debió abandonar. En Granada que, igual a los grandes amores, le traicionaba. Dicen que era un sitio de tierra gris. Un pozo. Que encima colocaron unas piedras. Jesús de Nazaret fue a la crucifixión con dos bandidos; Federico con dos toreros y un maestro de escuela; escolta que es todo un símbolo: bedeles del reino de la muerte y de la infancia, la viejísima y completa sustancia de España (7). El maestro, como Paca, la novia real de Bodas de sangre, era cojo. En agosto fueron fusiladas en Viznar mil cincuenta y nueve personas. El duende estaba yerto, ateridos dentro del pozo, luminosos de luna y agua, sus pies de escarcha. Lejos de los cementerios, con un sol por báculo, ya tenía Federico, niño y poeta, su sueño de manzanas. Cuenta él mismo que los amigos de Góngora al descubrirle muerto decidieron no llorar; se sientan al balcón de aquella casa de Córdoba a ver pasar la vida. Nosotros, acá, en La Habana, acodados al balcón, hemos llorado lo nuestro. Debajo, torpe y absurda, transita la vida.

     
NOTAS:

(1) En el primero de los Poemas del Cante Jondo Federico alza su voz para ensalzar los tres ríos de Granada: el Guadalviquir, el Duero, el Genil.
(2) Cito la versión de Ian Gibson en El asesinato de Federico García Lorca, Editorial Crítica, Barcelona, (1979) y la versión de Eduardo Molina Fajardo en Los últimos días de Federico García Lorca, Plaza & Janes, 1983.
(3) La obra fue terminada apenas dos meses antes de la madrugada trágica en Viznar. En ella no falta la poesía. En el Segundo Acto disfrútese los coros de los segadores: Ya salen los segadores / en busca de las espigas / se llevan los corazones / de las muchachas que miran.  
(4) Ni aún en este libro, escrito lejos de España, puede Federico expulsar al paisaje; sólo lo metamorfosea, ahora el entorno se conforma desalentador, apesadumbrado; hasta el agua y la luna tienen otro rostro: agua harapienta, agua que no desemboca, luna enterrada, luna incomprensible.  
(5) Gacela del niño muerto. Todas las citas de poemas de Federico se toman de Poesía  Federico García Lorca, Editorial Arte y Literatura, 1977.
(6) Aún hoy es controvertido el sitio donde fue sepultado el poeta. Ian Gibson lo sitúa ochocientos metros más allá de donde lo sitúa la tesis de Eduardo Molina Fajardo.
(7) La imagen poética de Luis de Góngora. Federico García Lorca.

 
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